
La frase llegó durante un homenaje académico en Bar-Ilan y llevó su apoyo a Israel a un punto más duro, porque dejó de hablar sólo de aliados y pasó a hablar de culturas.

Javier Milei eligió un auditorio universitario en Israel para pronunciar una de las frases más ásperas de su gira. Después de recibir un doctorado Honoris Causa en la Universidad Bar-Ilan, afirmó: “Con determinadas culturas no vamos a poder convivir. Porque nosotros defendemos la vida y ellos nos van a querer matar”. La declaración, formulada en un acto de reconocimiento académico, empujó su posicionamiento internacional a un terreno mucho más filoso que el de la solidaridad diplomática habitual.
La escena no fue menor ni lateral dentro de la agenda oficial. Bar-Ilan había programado para este lunes la ceremonia de entrega del reconocimiento, y Milei recibió una ovación en un auditorio colmado. La propia universidad anunció el evento con anticipación, y la prensa israelí mostró que el homenaje se desarrolló como uno de los momentos centrales de la visita presidencial.


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La frase quedó además pegada a un contexto bélico especialmente inestable: la guerra que involucra a Israel y Estados Unidos contra Irán, y la tregua entre Washington y Teherán atraviesa horas de fuerte fragilidad, con nuevos choques y dudas sobre su continuidad. Milei, así, no habló desde una ceremonia aislada del conflicto, sino desde una gira atravesada por la guerra y por la posibilidad de una nueva escalada regional.
El tono del discurso también encajó con los pasos políticos que ya había dado en Jerusalén durante las horas previas. El domingo se reunió con Benjamín Netanyahu, firmó acuerdos bilaterales y reafirmó la alianza política entre ambos gobiernos, mientras se reportó la firma de los llamados “Acuerdos de Isaac” como un nuevo marco estratégico entre Argentina e Israel. Dentro de esa secuencia, la frase sobre las “culturas” funcionó menos como un exabrupto suelto que como una pieza coherente de una visita diseñada para exhibir alineamiento pleno.
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Ahí aparece el dato político más delicado del episodio. Milei no habló solamente de gobiernos enfrentados, de intereses geopolíticos ni de organizaciones armadas: habló de culturas con las que, según su definición, no se puede convivir. Esa formulación corre el conflicto desde el plano estratégico al plano civilizatorio, y esa lectura es una inferencia directa apoyada en sus propias palabras y en el contexto en el que las pronunció.
El discurso en Bar-Ilan no se agotó en esa frase, aunque quedó marcado por ella. Milei mezcló economía, política, religión y filosofía; habló de la ética en la política, atacó al periodismo, volvió sobre su nuevo libro y lanzó definiciones provocadoras sobre el marxismo. La ceremonia combinó así dos planos al mismo tiempo: el del homenaje académico y el de una intervención política con lenguaje de confrontación total.
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La recepción del auditorio terminó de reforzar esa imagen de respaldo sin matices. El Presidente fue recibido de pie, con aplausos y banderas argentinas e israelíes, y entre los presentes hubo ex rehenes argentinos secuestrados por Hamas. Ese marco le dio a la frase una potencia adicional, porque no surgió en una conferencia áspera o en una discusión partidaria, sino en un espacio que combinó emoción, reconocimiento y aval público.
La declaración también endurece el lugar que Argentina busca ocupar en Medio Oriente bajo la conducción de Milei. El Presidente volvió a prometer el traslado de la embajada argentina a Jerusalén, una medida que ya venía anunciando y que vuelve a subrayar la profundidad de su vínculo con Israel. Cuando esa promesa se junta con una frase que plantea la imposibilidad de convivencia con “determinadas culturas”, la política exterior deja de expresarse sólo en acuerdos y se vuelve también una política de lenguaje.
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Lo que deja esta jornada no es únicamente una nueva postal de cercanía entre Milei y el gobierno israelí. Deja una vara discursiva más alta, más rígida y con menos margen para las sutilezas diplomáticas, justo cuando la región sigue bajo amenaza de una reanudación abierta de la guerra. La consecuencia pendiente ya no pasa por lo que dijo en un aula universitaria, sino por el costo político y externo que puede tener sostener desde la Presidencia argentina una idea de conflicto expresada en términos de culturas incompatibles.
Fuente: NA, Infobae, Reuters, LA NACION.






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