
La escena no ocurre en un museo ni en una excavación reciente, sino en una cueva conocida desde hace años en Neuquén. Sin embargo, lo que ahora revelan los análisis científicos sobre ese espacio obliga a revisar buena parte de lo que se creía sobre el arte en Sudamérica. Un equipo de investigadores logró ponerle fecha concreta a una serie de pinturas rupestres y el resultado sorprendió incluso a especialistas.
El dato central no surge de una estimación indirecta, sino de una técnica precisa. A través del método de carbono 14, los investigadores determinaron que las pinturas de la cueva Huenul 1 tienen alrededor de 8200 años de antigüedad, lo que las ubica como las más antiguas del continente con datación directa.
Ese detalle técnico cambia el eje de la discusión científica. Durante décadas, gran parte del arte rupestre se ubicaba en el tiempo a partir de comparaciones o contextos arqueológicos. En este caso, el equipo logró fechar directamente los pigmentos utilizados, lo que reduce el margen de error y abre una nueva etapa en el estudio de estos registros.


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La investigación, publicada en la revista Science, tiene como autora principal a la arqueóloga Guadalupe Romero Villanueva, quien remarcó el valor del hallazgo. Según se detalla en el trabajo, “se ha determinado que estas obras de arte tienen una antigüedad de aproximadamente 8200 años”, un dato que redefine la cronología del arte rupestre en Sudamérica.
Pero el valor del descubrimiento no se limita a la antigüedad. La cueva alberga más de 440 motivos pintados, realizados con pigmentos rojos, amarillos, blancos y negros. La mayoría son formas geométricas, repetidas y acumuladas a lo largo del tiempo, lo que evidencia una continuidad cultural sostenida durante generaciones.
Esa acumulación no es casual. Los investigadores interpretan que las pinturas fueron realizadas por comunidades de cazadores-recolectores que atravesaban un período de condiciones ambientales extremas. En ese contexto, el arte no era solo una expresión estética, sino una herramienta de comunicación y supervivencia.
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De hecho, el estudio plantea que estas representaciones cumplían múltiples funciones. No solo transmitían información sobre el entorno, sino también sobre vínculos sociales y dinámicas de grupo. En territorios amplios y con baja densidad poblacional, ese tipo de registros visuales podía facilitar la conexión entre comunidades.
El análisis también pone el foco en la resiliencia de esas poblaciones. La transmisión de conocimientos a través del arte habría sido clave para sostener estrategias frente a cambios ambientales. En ese sentido, los investigadores sugieren que estos registros podrían aportar información útil incluso para comprender desafíos actuales vinculados al clima.
En paralelo, la continuidad en los estilos, colores y materiales utilizados refuerza la idea de una tradición compartida. No se trata de intervenciones aisladas, sino de una práctica sostenida que se mantuvo a lo largo del tiempo y que refleja una identidad cultural persistente en la región.
Más allá del impacto académico, el hallazgo vuelve a poner en valor el patrimonio arqueológico de la Patagonia. La cueva Huenul 1 se consolida como un sitio clave para entender no solo el pasado de la región, sino también la manera en que las sociedades humanas construyeron conocimiento en contextos adversos.
El estudio deja abierta una pregunta que ahora empieza a tomar fuerza: cuántos otros sitios similares pueden cambiar lo que se cree sobre los orígenes del arte en América del Sur. Por lo pronto, este caso ya obligó a reescribir una parte de esa historia.
















