Una esquina de Madryn que abraza a los pibes con el mural de Brus junto al pedido de su familia

Enfoques07/05/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Paola Vazquez prestó el paredón de su casa para recordar al joven asesinado y denunció el abandono que sufren los adolescentes de la calle. "Hay cien como él por mes", asegura.

Mural por Brus Lara
Mural por Brus Lara

En la intersección de Gales y José Contín, el paisaje urbano de Puerto Madryn se detiene frente a un rostro que ya es parte de la memoria colectiva del barrio. Grupos de adolescentes se reúnen cada tarde bajo la mirada pintada de Brus Lara, el joven que encontró la muerte en un boliche y que hoy protagoniza un homenaje que busca mucho más que justicia. No es solo pintura sobre un paredón, sino el resultado de una necesidad urgente de transformar el dolor de un grupo de amigos en un mensaje de permanencia para que la vida vuelva a tener valor.

Paola Vazquez es la dueña de la esquina donde se levanta la obra y la madre de Juan, uno de los compañeros más cercanos de la víctima. Ella decidió abrir las puertas de su casa hace años para que los jóvenes tuvieran un lugar seguro donde juntarse a tomar mate o estudiar peluquería, lejos de los peligros de la calle. "A Brus lo conocí así, él venía a cortarse el pelo, charlaba, las juntadas adentro de la casa", recuerda con la claridad de quien prefiere tener a los pibes cerca antes que juzgarlos desde la comodidad del anonimato.


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El proyecto artístico contó con la mano de Claudio Segundo, quien se encargó del retrato principal, y de David, hijo de Paola, responsable de las letras que sellan el compromiso. La frase "no se muere quien se va, se muere quien se olvida" funciona como un lema que Juan y sus amigos eligieron para aliviar la carga de una pérdida que todavía no asimilan. Los jóvenes terminaron el trabajo con la sensación de sacarse una mochila de encima, transformando la presión de la búsqueda de ayuda en un tributo visual que hoy es referencia para todo el vecindario.

Juan transita su adolescencia apoyado en la fe y asiste a reuniones de jóvenes por voluntad propia, sin presiones externas, para dialogar sobre los problemas que atraviesan a su generación. Su madre incluyó pasajes bíblicos en el mural porque cree que la esperanza es una herramienta necesaria ante el desamparo que sufren muchos chicos que se juntan afuera de su domicilio. Paola lamenta que las instituciones religiosas de la ciudad no siempre quieran involucrarse con estos grupos y pide "que las iglesias no tengan carteles, que vengan a hablarle con los jóvenes".


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La relación de Paola con los chicos que frecuentan su esquina desmiente los prejuicios de quienes los ven como una amenaza constante para la seguridad del barrio. Ella observa cómo la policía suele dispersarlos sin motivo aparente, a pesar de que ellos mantienen un trato respetuoso y cuidan la limpieza del lugar que habitan temporalmente. "No son delincuentes, tienen su mambo como todo joven", asegura mientras explica que la falta de escucha es lo que termina empujando a los adolescentes hacia conductas marginales o situaciones de riesgo.

El diagnóstico social que hace esta vecina es crudo: asegura que existen "20, 50, 100 Brus por mes" en las calles de la ciudad, desprotegidos ante el consumo de sustancias y los malos tratos. Muchos de estos jóvenes necesitan apenas un gesto de afecto, una merienda compartida o un espacio de escucha activa para sentir que su vida tiene algún valor para el resto de la comunidad. La propuesta es simple pero requiere un compromiso que el resto de la sociedad parece retacear mientras prefiere el juicio rápido, el aislamiento y el desinterés.


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El contacto con la familia de la víctima se mantiene de forma estrecha, especialmente con la hermana de Brus, quien se mostró profundamente agradecida por el gesto de ceder el paredón. Paola entiende que en momentos de tanto dolor el silencio compartido suele ser mucho más reparador que las palabras de consuelo que se dicen por simple compromiso social. La esquina se convirtió en un espejo donde muchos otros familiares de víctimas pueden reflejarse para intentar que tragedias similares no vuelvan a repetirse nunca más en la noche madrynense.

A pesar de padecer enfermedades crónicas como diabetes y fibromialgia que limitan su movilidad, Paola se mantiene firme en su postura de no abandonar a los amigos de su hijo. Ella aclara que no busca juzgar a nadie por lo sucedido, sino mostrar que existe una posibilidad de vida buena si se acompaña a la juventud desde el hogar y la empatía. Su estado de salud no le impide reclamar mayor solidaridad vecinal para gestionar espacios donde los pibes puedan compartir una ronda de mates sin ser perseguidos ni estigmatizados.

La causa por la muerte de Brus Lara sigue su curso en el ámbito judicial bajo la atenta mirada de sus seres queridos y su tío Luis, quien agradece cada mención al caso. Mientras la investigación avanza para determinar responsabilidades, el mural de Gales y José Contín cumple su función diaria de mantener viva la memoria en el cemento frío. Juan se siente ahora más liviano al ver cómo su homenaje sirve de punto de encuentro para que el olvido no gane la batalla final contra la historia de su amigo.

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