
Empresas usan el paintball para entrenar a su personal en liderazgo y toma de decisiones
Actualidad13/05/2026
REDACCIÓNRecursos Humanos busca líderes naturales en terrenos de Villa Tesei y el conurbano. Los gerentes enfrentan misiones de rescate para pulir la toma de decisiones.

Un gerente de una tecnológica porteña queda rodeado detrás de una barricada de neumáticos mientras sus compañeros esperan una orden que no llega. El plan original de capturar la bandera se desmoronó apenas silbaron las primeras cápsulas de pintura sobre el terreno de juego. En ese instante de saturación, el equipo de Recursos Humanos observa desde afuera quién se paraliza y quién toma el mando de la situación de forma instintiva.
Esta escena se repite cada vez más en los predios de Buenos Aires, donde el juego dejó de ser una simple salida de fin de semana para convertirse en un examen de aptitud. Las pymes, bancos y multinacionales contratan estas jornadas para someter a sus cuadros directivos a un entrenamiento que ningún aula puede replicar con la misma fidelidad. Rubén Omar Moreti, dueño de Comando Urbano Paintball, afirma que “el paintball pasó de ser una actividad meramente de aventura a una herramienta de management muy valorada en el ámbito corporativo de Buenos Aires”.
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La búsqueda de autenticidad es el motor que mueve estas capacitaciones fuera de la oficina, lejos de las presentaciones y los discursos ensayados. En la trinchera, las jerarquías formales suelen quedar de lado para dar paso a la resolución de problemas reales en tiempo récord. Pablo Funck, propietario de Escuadrón Paintball, explica que “más allá de ser una actividad de esparcimiento, es real que cuando jugamos sale a flote nuestra verdadera personalidad”.
Las organizaciones prefieren el formato Recball, que utiliza fábricas abandonadas o bosques naturales para simular misiones de rescate con reglas que imitan la complejidad del mercado laboral. Allí se evalúa la tolerancia a la frustración y la capacidad de procesar información parcial antes de gatillar una decisión definitiva. José Luis Tato, director operativo de La Colina Paintball, sostiene que esta práctica permite “identificar el perfil de atención y acción, reconocer fortalezas y debilidades, y evaluar el perfil de riesgo en la toma de decisiones”.
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Para que estas dinámicas funcionen, la industria debió profesionalizar sus estándares de seguridad y ajustarse a un marco legal que varía según el distrito. En la provincia de Buenos Aires rigen normas sobre el uso de marcadoras que obligan a tener al menos 16 años y contar con autorización de tutores. Jonatan Corbalán, responsable de comunicación de la Asociación Argentina de Paintball, recuerda que esto sucede porque “el juego reproduce situaciones reales de trabajo: planificación, toma de decisiones bajo presión, liderazgo, comunicación efectiva y resolución de problemas en equipo”.
La disciplina recorrió un largo camino desde que los primeros comisarios de vuelo de Aerolíneas Argentinas trajeron el equipamiento al país de forma casi artesanal en los años 90. En aquellos tiempos no existían los tutoriales de internet ni los escenarios montados con jeeps y paracaídas que hoy ofrecen los predios especializados del conurbano. “Llegó en una época donde no había ni tutoriales ni campos preparados: básicamente, si querías jugar, había que inventarlo”, detalla Corbalán sobre los inicios de una actividad que hoy tiene categorías competitivas.
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El rigor de la seguridad es lo que permite que directivos de alto rango se lancen al suelo con máscaras faciales obligatorias y chalecos de protección. Cada impacto de las cápsulas biodegradables debe ser reconocido bajo una estricta regla de Fair Play que obliga al jugador marcado a abandonar la partida de inmediato. Los campos cuentan hoy con dispositivos para regular la potencia del disparo y municiones de hidrogel para adaptar la experiencia a distintos públicos sin perder el sentido del riesgo controlado.
El interés de las compañías se centra en la capacidad de los mandos medios para comunicar movimientos coordinados en medio del ruido de la batalla. Un grupo que no se habla es un grupo que pierde la bandera en menos de cinco minutos, lo cual funciona como una metáfora efectiva de la competencia comercial. Los facilitadores de estas jornadas anotan qué personas muestran habilidades naturales para cubrir posiciones y quiénes prefieren esperar a que el terreno esté despejado antes de actuar.
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La subsistencia de este modelo de entrenamiento corporativo depende de que los predios mantengan el equilibrio entre la adrenalina del combate y la rigurosidad pedagógica. Si el paintball argentino logra sostener su crecimiento tras el impacto de la pandemia, su lugar en el mundo del management parece estar asegurado por la crudeza de sus resultados. El éxito de la jornada se mide cuando, al volver a la oficina el lunes, los empleados logran aplicar esa coordinación aprendida bajo el impacto de las cápsulas de pintura.
Fuente: LA NACION.
















