Bitcoin: por qué el relato del pendrive de Adorni resulta inverosímil

Enfoques15/06/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

El especialista Diego Torres explicó que Bitcoin permite rastrear transacciones, pero consideró inverosímil una inversión temprana de US$200.000.

Diego Torres emprendedor en finanzas
Diego Torres emprendedor en finanzas

La historia de un pendrive olvidado con claves privadas de Bitcoin puede existir, pero no cualquier versión de ese relato resiste el análisis técnico y económico. Esa fue la diferencia que marcó Diego Torres al explicar por qué un caso posible en términos informáticos puede resultar inverosímil cuando se lo cruza con fechas, montos y contexto. El punto central no está en si una clave pudo quedar guardada en un dispositivo, sino en si tiene sentido haber invertido 200.000 dólares en Bitcoin cuando el activo todavía era marginal.

En una entrevista realizada en #LA17, Torres abordó el tema a partir de los memes que circularon sobre personas que buscaban viejos pendrives con la esperanza de encontrar Bitcoins comprados a precios mínimos. El especialista aclaró que hubo casos reales de usuarios tempranos que recuperaron claves privadas años después y accedieron a sumas millonarias. Sin embargo, diferenció esos antecedentes del planteo atribuido a Adorni, al que definió como difícil de sostener por otras razones.


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El primer dato técnico que Torres puso sobre la mesa fue que, en los primeros años de Bitcoin, el manejo de claves privadas era mucho más rudimentario que en la actualidad. Según explicó, esas claves podían ser números hexadecimales extensos que algunas personas copiaban en documentos y guardaban en dispositivos externos. Aun así, remarcó que ese universo pertenecía a un grupo muy reducido de usuarios, especialmente programadores y personas vinculadas de manera temprana al ecosistema tecnológico.

Ese contexto vuelve relevante la pregunta sobre quiénes estaban realmente en condiciones de apostar por Bitcoin hace más de una década. Torres señaló que los primeros participantes eran perfiles muy específicos, ligados a comunidades de criptógrafos, anarquistas digitales o innovadores instalados en la frontera tecnológica. Para graficar el contraste, mencionó a Wenceslao Casares, emprendedor argentino vinculado a Silicon Valley, como ejemplo de inversor temprano con acceso directo a ese mundo.


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La explicación también apuntó al monto declarado en el relato. Torres sostuvo que, en aquellos años, la mayoría de las personas que tenían Bitcoin no necesariamente los compraban, sino que los minaban con sus computadoras. Por eso remarcó: “Él no dijo que minó, él dijo que compró 200 mil dólares”, una diferencia que para el especialista vuelve más débil la versión.

El cuestionamiento central aparece cuando se compara aquella supuesta inversión con el comportamiento posterior del activo. Torres afirmó que nadie en su sano juicio destinaba una suma de ese tamaño a Bitcoin en una etapa en la que todavía era poco conocido y extremadamente volátil. También señaló que, si alguien hubiera invertido 200.000 dólares en ese momento, el resultado no sería una ganancia de apenas 300.000 dólares, sino una cifra muchísimo más alta.


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La parte comprobable del caso está en la propia estructura de Bitcoin. Torres explicó que la red registra todas las operaciones de manera pública, permanente e imposible de alterar. En ese sentido, sostuvo: “Bitcoin es una red pública, es una red inmutable”, por lo que cualquier movimiento puede seguirse si se conocen las direcciones involucradas.

El especialista insistió en que la trazabilidad desmonta una idea muy repetida sobre las criptomonedas. Durante años circuló la creencia de que Bitcoin era una herramienta ideal para ocultar dinero, pero Torres planteó lo contrario. “La ruta del dinero es totalmente susceptible de ser verificada”, afirmó, al destacar que las transacciones quedan registradas y no pueden borrarse.


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La aclaración técnica no significa que cada dirección tenga nombre y apellido visible desde el inicio. Torres explicó que Bitcoin funciona como una red seudónima, porque la dirección no muestra automáticamente quién es su titular. Sin embargo, eso no impide reconstruir movimientos, seguir fondos entre cuentas y ubicar el destino final cuando existen datos suficientes para vincular una dirección con una persona o plataforma.

Para ejemplificarlo, contó el caso de una jubilada que sufrió una estafa con otra criptomoneda y a quien pudo ayudar a seguir el recorrido del dinero. Según relató, en pocos minutos reconstruyó cómo los fondos pasaron de una cuenta a otra hasta llegar a un exchange chino. Ese caso le permitió remarcar que el problema no es la falta de rastreo, sino la posibilidad concreta de obtener colaboración internacional cuando los fondos terminan en plataformas extranjeras.


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La lectura de Torres dejó dos planos separados. Por un lado, es posible que alguien haya guardado claves privadas antiguas en un pendrive y años después haya recuperado dinero. Por otro, el relato de una compra temprana de 200.000 dólares en Bitcoin, con una ganancia final relativamente menor frente a la evolución histórica del activo, queda bajo una sospecha de verosimilitud que solo podría despejarse con registros verificables.

La discusión, entonces, no se resuelve con memes ni con intuiciones sobre la tecnología. Si las operaciones existieron, la red de Bitcoin debería permitir seguir el camino de esos fondos y contrastar fechas, montos y direcciones. La cuestión pendiente queda en si ese recorrido puede ser presentado con datos concretos o si el relato seguirá dependiendo de una explicación que, para Torres, “no tiene ni pies ni cabeza”.

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