
La categoría multiplica marcas y sabores mientras crece el consumo como reemplazo de comidas en jornadas laborales con menos poder de compra.

El alfajor atraviesa un momento extraño: vende cada vez más en un país donde buena parte del consumo sigue retraído. Los kioscos suman marcas, sabores y formatos a una velocidad inédita, pero detrás de esa expansión aparece una explicación menos festiva. Para muchos trabajadores, el producto dejó de ser solo una golosina y empezó a ocupar el lugar de una comida rápida, barata y posible.
La categoría acumula alrededor de 30 nuevas marcas en lo que va del año y supera el centenar de etiquetas activas en puntos de venta. El fenómeno combina lanzamientos de grandes empresas, propuestas premium, productos de bajo precio y marcas nuevas que buscan aprovechar la fuerza cultural del alfajor. Esa variedad explica por qué los mostradores están más cargados, incluso en un escenario donde el consumo masivo todavía no recupera dinamismo.


Según datos de NielsenIQ, los alfajores son el segundo rubro con mayor crecimiento dentro del universo de chocolates, con una expansión del 10% en el mix de la categoría. La suba se apoya sobre una base alta, porque el año anterior el sector ya había registrado incrementos de entre 30% y 40%. Esa continuidad convirtió al alfajor en uno de los pocos productos capaces de crecer durante dos años consecutivos.
El contraste aparece cuando se mira el consumo general. El último informe de Scentia marcó una caída interanual del 1,6% en mayo para el consumo masivo, con una mejora mensual casi nula de 0,1%. En los primeros cinco meses del año, el acumulado mostró una baja de 3%, mientras que kioscos y almacenes de barrio también retrocedieron.
La explicación del boom no está solo en la tradición argentina. Los propios fabricantes reconocen que el alfajor ganó espacio como sustituto de comidas en jornadas laborales ajustadas por el bolsillo. “Hace unos años que ya venimos viendo que el alfajor es almuerzo o cena de mucha gente”, afirmó Hugo Basillotta, vicepresidente de Guaymallén.
La mirada coincide con lo que observa parte de la industria. Claudio Messina, director comercial de Fantoche, sostuvo que el producto “siempre reemplazó comidas” y destacó que puede funcionar como desayuno, almuerzo, merienda o postre. En promociones, un alfajor triple con gaseosa puede ubicarse cerca de los $3.500, un valor que lo deja por debajo de muchas opciones de comida al paso.
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Los datos sociales ayudan a entender ese corrimiento. Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA indicó que más de seis de cada diez asalariados formales admitió haberse salteado al menos una comida durante su jornada laboral por razones económicas. El mismo estudio señaló que el 78,5% optó por alimentos más económicos y menos nutritivos durante el día de trabajo.
Ese comportamiento no solo modifica hábitos individuales, también empuja decisiones comerciales. Los consumidores buscan productos que den saciedad, gratificación inmediata y precio accesible. En ese punto, el alfajor se mueve entre dos mundos: golosina de arraigo cultural y recurso de emergencia para resolver una comida.
El volumen del mercado confirma la escala del fenómeno. Los argentinos consumen un promedio cercano a 85 alfajores industriales por persona al año, aunque algunas estimaciones del sector elevan la cifra hacia las 100 unidades. En cantidad diaria, eso equivale a más de 10 millones de alfajores vendidos por día en todo el país.
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Las empresas responden con más producción y lanzamientos. Fantoche registró ventas 35% superiores a las de 2025, después de un año en el que ya había crecido 40% frente a 2024. Messina lo resumió con una lectura de continuidad: “Es una categoría que crece hace años. Después de la pandemia creció muchísimo”.
Guaymallén también siente esa demanda en sus líneas de producción. Basillotta aseguró: “Hoy tenemos mucha demanda. No damos abasto con las líneas que tenemos”. La frase muestra que el crecimiento no se limita a productos premium o de nicho, sino que alcanza de lleno a las marcas de precio más popular.
El segmento de mayor expansión es el de los alfajores llamados extra indulgentes. Son triples, más grandes, con mayor cantidad de relleno o combinaciones de sabores que antes no formaban parte del mercado tradicional. Según datos de Arcor, ya representan cerca del 9% de las ventas totales en kilos de la categoría.
Ese cambio alteró incluso la estacionalidad del negocio. Antes, las novedades solían concentrarse en el inicio de clases o en la llegada del invierno. Ahora los lanzamientos aparecen desde los primeros meses del año y las promociones empiezan antes, empujadas por una competencia más intensa.
La otra cara está en el canal de venta. Según la Unión de Kiosqueros Argentinos, cerraron 36.150 kioscos en los últimos dos años, con una pérdida estimada de más de 72.000 puestos de trabajo. El alfajor resiste como producto de alta rotación, pero muchos kioscos no logran sostenerse con un consumo general debilitado.
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El rango de precios muestra por qué la categoría se mantiene viva. Un alfajor simple puede encontrarse desde valores cercanos a los $500, mientras que propuestas premium en cafeterías o locales gourmet superan los $5.000. Basillotta explicó esa resistencia con una definición directa: “Tiene una relación precio-calidad que es una buena opción cuando la economía está sufriendo”.
El crecimiento del alfajor deja entonces una postal ambigua del consumo argentino. Hay más marcas, más sabores, más lanzamientos y más ventas diarias, pero también trabajadores que cambian una comida por un producto barato y accesible. El boom existe, aunque su explicación no está solo en el gusto: también está en el bolsillo, en el tiempo corto del almuerzo y en una alimentación cada vez más condicionada por los ingresos.
















