
Cuando el malestar se convierte en enfermedad: cómo se construyen nuevos pacientes y mercados
Enfoques30/08/2026
REDACCIÓNCuándo un malestar comienza a ser interpretado socialmente como una enfermedad que necesita tratamiento o medicamentos.


Hubo épocas en las que la acidez parecía estar en todas partes, otras en las que el estrés se convirtió en una explicación cotidiana y años en los que dormir mal comenzó a percibirse como un problema que requería medicación. La sucesión puede parecer una simple consecuencia de los avances médicos, pero desde hace décadas investigadores de distintas disciplinas estudian un fenómeno mucho más complejo: la expansión de la medicina hacia experiencias que anteriormente podían considerarse parte de la vida cotidiana. La pregunta que atraviesa esas investigaciones no es si los síntomas existen, sino cuándo un malestar comienza a ser interpretado socialmente como una enfermedad que necesita tratamiento.
La sociología de la medicina tiene incluso un concepto para analizar ese proceso: medicalización. Uno de sus principales investigadores, el sociólogo estadounidense Peter Conrad, publicó en 1992 en Annual Review of Sociology un trabajo de referencia, "Medicalization and Social Control", donde examinó investigaciones desarrolladas desde la década de 1980 sobre la incorporación de comportamientos y condiciones humanas al campo médico. La medicalización no implica necesariamente inventar enfermedades ni supone por sí misma una conspiración: describe el proceso por el cual situaciones antes entendidas mediante categorías sociales, personales o culturales comienzan a definirse y tratarse como problemas médicos. Una sociedad puede ampliar el territorio de la enfermedad aun cuando los padecimientos que dieron origen al proceso sean completamente reales.


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La diferencia resulta fundamental porque permite alejar el debate de una explicación simplista. El cansancio existe, la ansiedad existe, la acidez existe, la tristeza existe y millones de personas padecen auténticos trastornos del sueño que necesitan atención profesional. El interrogante científico aparece cuando se intenta determinar dónde termina una experiencia humana frecuente y dónde comienza una patología, quién establece esa frontera y qué intereses participan en su modificación. El punto crítico no consiste necesariamente en crear un síntoma inexistente, sino en modificar el significado que una población atribuye a síntomas que ya experimentaba.
Ese debate adquirió otra dimensión en 2002, cuando el periodista especializado en salud Ray Moynihan, la médica Iona Heath y el profesor de farmacología clínica David Henry publicaron en The BMJ el artículo "Selling sickness: the pharmaceutical industry and disease mongering". Allí desarrollaron el concepto de disease mongering, traducido habitualmente como promoción, mercantilización o comercialización de enfermedades. Los autores describieron mecanismos mediante los cuales podían ensancharse las fronteras de determinadas condiciones tratables mientras, paralelamente, se ampliaba el mercado potencial de quienes comercializaban los tratamientos. La enfermedad podía convertirse así no solamente en una categoría médica, sino también en la puerta de entrada a un mercado.
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El mecanismo señalado por esos investigadores tampoco necesitaba funcionar mediante una orden centralizada ni mediante la falsificación directa de información. El artículo describió posibles alianzas entre compañías farmacéuticas, profesionales y organizaciones de consumidores involucradas en campañas destinadas a instalar determinadas enfermedades como frecuentes, graves y tratables. El problema aparece cuando las estrategias comerciales se confunden con campañas aparentemente independientes de concientización y quedan relegadas otras alternativas, como observar la evolución natural del problema, modificar hábitos o utilizar estrategias no farmacológicas. Una campaña puede informar sobre una enfermedad genuinamente subdiagnosticada, pero también puede ampliar la cantidad de personas que comienzan a reconocerse como potenciales pacientes.
Esa distinción obliga a introducir una cautela indispensable. La existencia del disease mongering como fenómeno estudiado no demuestra que cada aumento de diagnósticos responda a una maniobra empresarial, del mismo modo que el crecimiento en el consumo de un medicamento no prueba que la enfermedad tratada haya sido inventada. Nuevos métodos de diagnóstico, mayor acceso al sistema sanitario, descubrimientos científicos y campañas de información pueden revelar problemas que anteriormente estaban desatendidos. La investigación rigurosa comienza precisamente donde termina la sospecha: hay que demostrar quién promovió una condición, cómo lo hizo, qué evidencia utilizó y qué consecuencias produjo.
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El sueño proporciona uno de los ejemplos más interesantes porque permite observar el fenómeno con datos y no solamente mediante interpretaciones. Investigadores analizaron información representativa de consultas médicas de adultos en Estados Unidos entre 1993 y 2007 y compararon tres variables diferentes: pacientes que manifestaban dificultades para dormir, diagnósticos médicos de insomnio y prescripciones de medicamentos. En 1993 se estimaron unos 2,7 millones de consultas en las que aparecían quejas relacionadas con la falta de sueño; para 2007 eran aproximadamente 5,7 millones. El número de personas que consultaban por dormir mal aumentó, pero determinados diagnósticos y tratamientos crecieron a una velocidad muy superior.
La diferencia fue considerable. Los diagnósticos de insomnio pasaron de aproximadamente 840.000 en 1993 a unos 6,1 millones en 2007, mientras las prescripciones de hipnóticos no benzodiazepínicos aumentaron desde unas 540.000 en 1994 hasta 16,2 millones en 2007. Los investigadores observaron que esas prescripciones habían aumentado unas treinta veces y que su crecimiento había superado ampliamente tanto las quejas por dificultades para dormir como los propios diagnósticos de insomnio. La expansión farmacológica del problema fue mucho mayor que el crecimiento registrado en las personas que llegaban al consultorio diciendo que no podían dormir.
Los autores interpretaron esos resultados como compatibles con la hipótesis de una medicalización creciente del sueño, aunque no afirmaron que todo tratamiento fuera innecesario. El insomnio puede deteriorar seriamente la salud, el desempeño laboral y la calidad de vida, por lo que su diagnóstico y tratamiento pueden resultar plenamente justificados. La preocupación estaba en otro punto: convertir episodios ocasionales de falta de sueño —una experiencia humana prácticamente universal— en condiciones médicas tratables de manera automática puede conducir al sobretratamiento y a una exposición innecesaria a medicamentos con efectos adversos. Entre ignorar una enfermedad y convertir cualquier dificultad cotidiana en una enfermedad existe una frontera que la medicina debe administrar con enorme precisión.
La historia posterior del insomnio aporta además una evidencia valiosa contra las explicaciones excesivamente lineales. Una investigación posterior examinó las consultas estadounidenses entre 2008 y 2015 para determinar si aquella tendencia había continuado y encontró un comportamiento diferente: la única variación estadísticamente significativa durante ese período fue una reducción de las prescripciones de hipnóticos no benzodiazepínicos. Después de alcanzar casi 22 millones en 2011, habían descendido hasta aproximadamente 14,5 millones en 2015, una caída cercana al 34%. La medicalización también puede retroceder cuando cambian la percepción de los riesgos, las prácticas profesionales, la publicidad o las recomendaciones sanitarias.
El mismo estudio resulta particularmente relevante para comprender cómo puede construirse una demanda. Los investigadores recogieron antecedentes que señalaban la influencia de la publicidad farmacéutica dirigida directamente al consumidor sobre pacientes que llegaban al consultorio solicitando medicamentos nuevos y fuertemente promocionados, como Ambien, además de las dificultades de los médicos para ofrecer alternativas no farmacológicas por restricciones de tiempo y recursos. Esto revela un circuito mucho más complejo que la imagen de una compañía imponiendo unilateralmente un producto: publicidad, expectativas del paciente, disponibilidad de tratamientos, tiempos de consulta y decisiones profesionales pueden retroalimentarse. El consumidor no es necesariamente una víctima pasiva de la medicalización; también puede transformarse en demandante activo del medicamento que aprendió a identificar como solución.
Ese mecanismo permite comprender por qué la discusión excede ampliamente a las pastillas para dormir. Una persona puede experimentar ardor estomacal ocasional, cansancio, preocupación, timidez, dificultades de concentración, disminución del deseo sexual, tristeza o alteraciones asociadas con el envejecimiento sin que ninguna de esas sensaciones sea imaginaria. La cuestión cambia cuando campañas publicitarias, discursos públicos, contenidos periodísticos, conversaciones sociales y categorías médicas proporcionan una interpretación específica para esas experiencias y una solución asociada. El mercado sanitario puede crecer no porque aparezcan necesariamente nuevos síntomas, sino porque cambia la manera en que millones de personas interpretan los que siempre tuvieron.
La comunicación ocupa entonces un lugar decisivo. Repetir síntomas, divulgar cuestionarios de autoevaluación, enfatizar cifras de prevalencia o presentar un problema como ampliamente subdiagnosticado puede conseguir que una persona observe su cuerpo y sus emociones de manera diferente; al mismo tiempo, esas mismas herramientas pueden resultar fundamentales para detectar enfermedades reales que antes permanecían ocultas. Allí reside una de las mayores dificultades del problema: concientización y promoción comercial pueden utilizar lenguajes parecidos y producir efectos aparentemente similares. Que millones de personas comiencen a reconocer determinados síntomas no demuestra por sí solo una manipulación, pero obliga a investigar quién financió el mensaje y qué intereses existían detrás de su difusión.
La discusión alcanza incluso la definición de normalidad. Si los límites diagnósticos se amplían, una población que no cambió biológicamente puede contener de pronto una proporción mayor de individuos susceptibles de diagnóstico; algo semejante puede ocurrir cuando un factor de riesgo comienza a percibirse prácticamente como una enfermedad en sí misma. Por eso la medicalización no debe estudiarse únicamente contando medicamentos vendidos: también exige reconstruir criterios diagnósticos, recomendaciones profesionales, campañas de concientización, financiamiento de organizaciones, publicidad, cobertura periodística y cambios culturales. La frontera entre sano y enfermo no depende exclusivamente de la biología: también está atravesada por decisiones científicas, profesionales, económicas y sociales.
Nada de esto invalida los extraordinarios beneficios producidos por la medicina moderna ni permite concluir que detrás de cada diagnóstico existe un interés comercial. De hecho, una lectura responsable de estas investigaciones obliga a rechazar justamente esa generalización: hay enfermedades infradiagnosticadas, pacientes que necesitan medicamentos, campañas que salvan vidas y tratamientos que han reducido sufrimientos antes considerados inevitables. Pero también existe suficiente literatura científica para estudiar críticamente qué ocurre cuando el negocio farmacéutico, la comunicación sanitaria y la ampliación de categorías diagnósticas convergen sobre experiencias humanas comunes. El verdadero problema no es elegir entre creer ciegamente en la medicina o desconfiar de ella, sino exigir evidencia para distinguir enfermedad, riesgo, malestar y mercado.
La sucesión histórica de épocas dominadas por la acidez, el estrés, la ansiedad, el colesterol, el insomnio u otros problemas abre finalmente una pregunta que todavía merece una investigación periodística de mayor escala. Sería necesario cruzar durante varias décadas las ventas y prescripciones de medicamentos con campañas publicitarias, cobertura de medios, aparición de nuevos fármacos, modificaciones en manuales diagnósticos y cambios en la cantidad de consultas para comprobar si esas aparentes "olas" existieron realmente y qué ocurrió primero en cada caso. Los trabajos sobre medicalización y disease mongering demuestran que el fenómeno es científicamente investigable, pero no autorizan a atribuir todos esos ciclos a una única causa. La pregunta más inquietante ya no es si alguien puede inventar una enfermedad, sino cuánto puede modificarse nuestra percepción de la salud cuando cambia la definición social de aquello que consideramos normal.
Fuentes centrales: The BMJ, Annual Review of Sociology y los estudios sobre medicalización del insomnio basados en datos nacionales de consultas médicas de Estados Unidos. Son particularmente útiles porque permiten separar las hipótesis sociológicas de los datos cuantitativos comprobables, evitando presentar como probado lo que todavía requiere demostración.
Estudio original sobre disease mongering en The BMJ⁠ · Medicalization and Social Control de Peter Conrad⁠ · Estudio 1993-2007 sobre medicalización del insomnio⁠ · Seguimiento 2008-2015 sobre insomnio y prescripciones⁠















