


“Una mujer debe tener la libertad de ser sin estructuras impuestas por el género”, afirmó Estela Harrison en diálogo con #MODO17. Durante marzo, distintas instituciones propusieron espacios colectivos que sirvan para hablar, escuchar, sanar y pensarse. “No se trata de un día, sino de un camino compartido”, expresó.
Las actividades se realizan en los barrios, lejos de los lugares burocráticos, donde las voces cotidianas pueden decir lo que les pasa. Mujeres de diferentes edades y trayectorias se reúnen en estos espacios para reconocerse y dar lugar a nuevas decisiones. “Buscamos que cada mujer pueda definirse desde su realidad”, explicó.
Harrison subrayó que la tarea no es solo con las mujeres, sino también con los varones. La Dirección de Mujeres, Género y Diversidad también trabaja con quienes ejercen violencia, en espacios donde se plantea desaprender. “Marleen es pionera en trabajar con varones desde el año 2011”, destacó.
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Los grupos permiten abordar vínculos violentos, dependencias emocionales y mandatos que sostienen relaciones tóxicas. “A veces nos juntamos el hambre y las ganas de comer”, dijo Harrison, refiriéndose a la repetición de patrones. El espacio apunta a romper con esas lógicas y reconstruir desde el respeto.
La violencia, explicó, no nace de un día para el otro, sino que se forma desde la niñez en hogares donde el maltrato se naturaliza. Luego, se replica en las parejas y vuelve a aparecer en la crianza de hijos. “La violencia se enseña sin querer y se sostiene sin darnos cuenta”, explicó.
Las denuncias aumentaron, pero el acceso a la justicia sigue siendo limitado. Falta de abogados, turnos que se consiguen con dificultad y poca información hacen que muchas mujeres abandonen el intento. “Una sola denuncia bien sostenida puede cambiarlo todo”, remarcó.
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El empoderamiento no es una palabra vacía, sino un proceso interno que nace del límite. “Trabajamos para que cada mujer pueda decir basta desde el conocimiento de sí misma”, afirmó. El proceso es lento, pero cuando ocurre, es irreversible.
La dependencia económica sigue siendo una gran traba. Muchas mujeres no pueden irse de relaciones violentas porque no tienen los medios para sostenerse. “La libertad también necesita un plato de comida asegurado”, dijo Harrison.
Además, la dependencia emocional ancla a muchas en vínculos donde no pueden verse fuera del maltrato. “Durante años les dijeron que no podían solas”, explicó. Sanar significa volver a mirarse y descubrir que eso no era verdad.
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Durante la entrevista, se remarcó la importancia de quienes sí pueden ejercer sus profesiones y tener independencia. “Tenemos el deber de hablar por quienes no pueden todavía”, comentaron. Ambas coincidieron en que la palabra compartida transforma.
La violencia de género no es un hecho aislado, sino parte de una cultura del maltrato. El insulto en la calle, el mal humor en la oficina, el grito en casa forman parte de lo mismo.
Los grupos de trabajo permiten que mujeres y varones compartan experiencias y se contagien herramientas. Muchas llegan porque alguien les contó que existía ese espacio. “Una mujer que habla puede hacer que otra se salve”, insistió Harrison.
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El camino de la transformación es lento, pero deja huella. “Paciencia, conciencia y tiempo”, son tres palabras que definen la propuesta, según la psicóloga. Cada encuentro suma a una sociedad que se piensa distinta.
La Dirección propone acompañar, no imponer. Las herramientas están, pero necesitan continuidad y compromiso del Estado. “Queremos más personas que se sumen a trabajar con nosotros”, convocó.
La entrevista se cerró resaltando el valor de estas charlas. “Son actos enormes que cambian lo cotidiano”, sostuvo. Y dejó un mensaje: la transformación empieza en cada uno, pero se construye con otros.
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“La transformación se logra cuando alguien te dice que podés”, concluyó Harrison. Con esa frase, dejó abierta la puerta a un nuevo comienzo para muchas que aún están buscando su voz.






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