
La frontera entre Colombia y Venezolana se militariza y el cruce diario sigue con incertidumbre
Actualidad08/01/2026
REDACCIÓN
La frontera entre Colombia y Venezuela atraviesa días de presencia militar reforzada, pero sin interrupción total del movimiento cotidiano. En la ciudad de Cúcuta, el cruce diario de personas continúa, aunque con un clima distinto, atravesado por controles visibles, miradas atentas y una sensación de espera que se repite en cada conversación.
El gobierno de Gustavo Petro ordenó el despliegue de 30.000 efectivos a lo largo de 2.200 kilómetros de frontera, una decisión que se traduce en tanquetas, patrullajes y soldados apostados cerca de los puentes internacionales. La medida se adoptó tras la captura de Nicolás Maduro y las tensiones políticas posteriores.
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En el puente Simón Bolívar, principal vía de conexión con el estado Táchira, el tránsito peatonal y vehicular se mantiene activo. Del lado colombiano, no se exigen documentos adicionales a quienes cruzan, y la circulación avanza entre vendedores ambulantes, taxis y militares que recorren la zona con fusiles visibles.
El contraste aparece del lado venezolano. Personal de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) exige a los extranjeros cartas de invitación impresas y aplica controles variables según el criterio del agente. Taxistas que trasladan pasajeros aseguran que también revisan teléfonos celulares y recomiendan eliminar mensajes sensibles antes de cruzar.
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Entre quienes transitan la frontera, la incertidumbre domina el ánimo. “Vamos a ver”, “Dios dirá”, “Aún no sabemos cómo termina esto” repiten ciudadanos venezolanos que cruzan a diario para comprar alimentos y productos más económicos en Colombia. El entusiasmo de los exiliados contrasta con la cautela de quienes regresan cada día a su país.
Las expectativas políticas también se diluyen en el terreno. “Siguen los mismos tres: los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello Rondón, permítame dudar”, expresó un ciudadano venezolano con doble nacionalidad, al referirse a las negociaciones abiertas entre Estados Unidos y el entorno del poder en Caracas.
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La presencia de la prensa internacional se convirtió en otro elemento visible. Decenas de periodistas esperan autorización para ingresar a Venezuela, pero el régimen exige visas de prensa que los consulados no otorgan, lo que convierte a la frontera en un punto de retención informativa.
El comercio menor sigue marcando el pulso de la zona. Los taxis cobran 10 dólares por cruce, mientras que las motos ofrecen traslados por valores menores. Los antiguos bidones de combustible, antes comunes en carros improvisados, ya no aparecen debido al aumento de costos y a la virtual dolarización de la economía venezolana.
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Los horarios de apertura de los pasos ordenan el movimiento diario. Los puentes peatonales y vehiculares funcionan entre las 5 y las 20, mientras que el Atanasio Girardot, exclusivo para automóviles, extiende su actividad hasta las 23. Más allá de esos límites, el movimiento se reduce de forma abrupta.
Persisten, además, los pasos clandestinos conocidos como “trochas”, que crecieron durante los años de cierre formal de la frontera. Desde Colombia advierten sobre su peligrosidad. “Son pasos clandestinos y las fuerzas de seguridad se las dejaron a las bandas que controlan tanto el contrabando como las drogas, por eso intentar cruzar por ahí siendo extranjero es un verdadero peligro”, confió un baqueano local.
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Con el correr de los días, la tensión inicial se diluyó parcialmente, pero el escenario sigue cargado de expectativa. El flujo comercial volvió a su ritmo habitual, aunque ahora cada cruce está atravesado por la atención puesta en las decisiones políticas externas, en especial las que surgen desde Washington y su impacto regional.
Fuente: Clarín

















