Rescate de fauna y riesgos reales: por qué intervenir sin formación puede terminar en tragedia

Enfoques15/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Lobo marino y gaviotas cocineras
Lobo marino y gaviotas cocineras

El rescate de fauna silvestre suele verse como un gesto solidario, pero en el terreno implica riesgos concretos, protocolos estrictos y preparación técnica. Así lo explicó Víctor Fratto, responsable de Fundación RefauNar, al relatar un operativo reciente con una loba marina en la zona portuaria de Rawson.

El animal presentaba una soga profundamente incrustada en el cuello, lo que le generaba dolor constante y un nivel elevado de estrés. El procedimiento demandó varios intentos y una coordinación precisa con la red de fauna costera. Cuando finalmente se logró cortar la soga, la reacción fue inmediata y defensiva: “cuando la liberamos el animal se dio vuelta y me mordió”, contó Fratto, al describir una respuesta típica de una especie sometida a presión extrema.


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La mordida, explicó, no fue un hecho azaroso ni excepcional dentro de este tipo de tareas. Los lobos marinos poseen una potencia considerable y reaccionan ante la manipulación. Fratto precisó que “es una mordida que tiene 450 kilos de fuerza” en el caso de una hembra, y aclaró que la de un macho puede ser muy superior. Esa capacidad explica por qué no cualquiera puede interactuar con animales silvestres sin entrenamiento.

La diferencia entre una lesión grave y una herida controlada estuvo dada por la preparación y la lectura del momento. Fratto señaló que supo cómo actuar para lograr que el animal soltara el brazo y minimizar el daño. “Yo supe qué era lo que tenía que hacer en el momento y logré que el animal me soltara”, afirmó, al subrayar que una persona sin formación podía haber sufrido consecuencias mucho más severas.

La atención sanitaria inmediata también resultó determinante. En el lugar intervino un veterinario del equipo, lo que permitió una respuesta rápida. “Tardamos menos de un minuto y medio entre la mordida y los primeros auxilios”, explicó Fratto, y destacó que esa rapidez evitó infecciones y complicaciones asociadas a heridas abiertas, consideradas de riesgo por tratarse de mordidas de fauna marina.


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Consultado sobre la posibilidad de sedar al animal, Fratto detalló por qué esa alternativa no siempre es viable. Aplicar un sedante profundo con dardos implica el riesgo de que el animal ingrese al agua y se ahogue. Además, los tiempos juegan en contra: “hasta que el sedante hace efecto pasan entre 10 y 15 minutos y nosotros cortamos la soga en menos de 30 o 40 segundos”, explicó, al marcar la diferencia entre una maniobra breve y una exposición prolongada, peligrosa para ambas partes.

Tras la liberación, el comportamiento del animal cambió de manera visible. Días después, registros fotográficos mostraron a la loba sin la soga, con otra actitud y compartiendo el espacio con un macho. Para el rescatista, esa observación confirma el impacto que tienen los elementos artificiales sobre la fauna y cómo su retiro mejora de inmediato la condición del animal.

El testimonio de Fratto también se extendió a otros escenarios donde la interacción humano–fauna genera confusión y reacciones desinformadas. Al referirse a la situación de los carpinchos en ambientes urbanizados, explicó que las decisiones de manejo no responden a molestias vecinales, sino a criterios técnicos. “Lo que se hizo fue por los carpinchos”, sostuvo, al describir problemas de sobrepoblación, peleas, enfermedades y atropellamientos.


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En ese punto, citó relevamientos científicos que evidencian crecimientos poblacionales desmedidos en áreas modificadas por el hombre, con trabajos realizados por investigadores del CONICET. La traslocación, aclaró, se aplica a grupos específicos y bajo controles sanitarios, con períodos iniciales de adaptación antes de su liberación en ambientes naturales adecuados.

Para Fratto, el contexto actual exige un cambio de mirada social. La expansión humana sobre espacios naturales incrementa los encuentros con fauna y obliga a aprender a convivir. “Nosotros ya ocupamos el espacio de ellos”, expresó, al remarcar que no todas las situaciones admiten intervención directa y que, en muchos casos, no hay acciones para “espantar” animales sin generar más daño.


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El mensaje final apunta a la responsabilidad colectiva. Los animales no explican fallas de infraestructura ni eventos climáticos, y no pueden convertirse en chivos expiatorios de problemas ajenos. Desde la experiencia en rescate, Fratto insistió en informar, prevenir y profesionalizar cada intervención. La convivencia con la fauna, concluyó, requiere conocimiento, límites claros y respeto por procesos que no admiten improvisación.

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