Hallan una casa prehispánica en Tlatelolco con huellas de ritos funerarios

Actualidad18/01/2026Sergio BustosSergio Bustos
templo maya
Vivienda prehispánica.

Bajo una de las zonas más transitadas de la Ciudad de México, arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) identifican una vivienda prehispánica que, tiempo después, se usa como espacio funerario para menores. El hallazgo aparece en la colonia Guerrero, cerca de la Zona Arqueológica de Tlatelolco, y aporta una escena poco visible: la convivencia entre lo doméstico y la muerte dentro de un mismo ámbito. La información también obliga a revisar hasta dónde llegaba el antiguo islote tlatelolca en el lago de Texcoco.

La intervención se realiza entre octubre y diciembre de 2025 en un predio del Eje Central Lázaro Cárdenas, en el sector conocido como La Lagunilla. Allí, el equipo registra una secuencia de capas y rellenos que muestran cómo el terreno se adapta a distintas ocupaciones a lo largo del tiempo. No se trata de una excavación aislada sin contexto: la estratigrafía permite leer cambios de uso con precisión y ubicar cada etapa en relación con las demás. Esa lectura, capa por capa, sostiene la interpretación del sitio como parte de un entorno urbano mucho más amplio.

El registro muestra 24 capas arcillosas con evidencias de intervención humana para nivelar el suelo en al menos tres momentos. Ese dato no describe solo una técnica constructiva: también sugiere decisiones colectivas sobre cómo habitar un borde urbano que combina tierra consolidada con áreas modificadas. La excavación no encuentra una sola “foto” del pasado, sino un proceso de ocupación que se reacomoda con el paso del tiempo. Esa acumulación de capas arma el marco para entender por qué una casa termina convertida en lugar de entierro.


OTRAS NOTICIAS

Península ValdésPenínsula Valdés: cuatro siglos de intentos, retrocesos y un giro que la hizo mundial

En la primera etapa, los investigadores detectan fragmentos cerámicos dispersos que indican presencia humana, pero sin estructuras completas preservadas. El conjunto sugiere grupos con paso transitorio o con recursos limitados, al menos en ese nivel inicial. La ausencia de arquitectura no significa ausencia de vida: la cerámica marca actividad sostenida en el lugar. Ese piso temprano funciona como antecedente antes de una ocupación más estable.

La segunda etapa deja señales más claras de una vivienda: paredes, pisos y un tlecuil de piedra, el fogón de uso cotidiano. Ese elemento resulta decisivo porque ancla la interpretación en prácticas domésticas concretas, como la preparación de alimentos dentro del espacio habitable. En ese mismo nivel aparecen materiales que hablan de una vida familiar con objetos de uso diario, sin rasgos de élite pero con cierta capacidad económica. El sitio muestra una casa “de verdad”, con estructura y herramientas, no un campamento pasajero.

La cerámica atribuida a estilo Azteca III se suma a vasijas, malacates, cajetes y navajillas de obsidiana en varios tonos. En conjunto, esos restos ubican la ocupación en el Posclásico Tardío (1325–1521) y conectan el predio con el entramado tlatelolca y mexica previo a la llegada europea. Los materiales no aparecen sueltos: se asocian a la arquitectura y a la vida de puertas adentro. Esa asociación permite proponer que el lugar sostiene rutinas, circulación y permanencia.


OTRAS NOTICIAS

desplaza hermitte1Comodoro: 90 familias evacuadas por desplazamiento del cerro Hermitte

La tercera etapa muestra el cambio más fuerte: la vivienda se reutiliza como espacio funerario y el equipo localiza tres entierros, todos de menores. Ese giro de uso abre preguntas sobre vínculos familiares, prácticas mortuorias y decisiones comunitarias frente a la muerte infantil. La excavación registra que los cuerpos quedan en asociación directa con los restos arquitectónicos, lo que refuerza la idea de una reutilización del mismo espacio doméstico. La casa no queda “abandonada” sin más: el lugar adquiere otra función.

En el Pozo 2, el equipo encuentra un infante de entre 2 y 5 años, dispuesto boca arriba, con una ofrenda que incluye una copa bicónica de estilo Texcoco, roja con una banda negra doble en el borde, y huesos de un animal aún sin identificar. Durante ese trabajo, aparece un segundo entierro: un neonato de 0 a 3 meses sin cráneo, con los pies orientados en sentido opuesto al del infante mayor. La ausencia de cráneo admite más de una explicación dentro de la información del hallazgo, desde procesos tafonómicos hasta prácticas específicas. En el Pozo 10, los arqueólogos recuperan un subadulto de 12 a 15 años también sin cráneo y en posición fetal, un dato que los investigadores vinculan con concepciones cosmológicas mesoamericanas sobre vida y muerte.

El hallazgo no se limita a los entierros: también aporta una lectura urbana. La excavación no encuentra sedimentos típicos de un lecho lacustre, lo que sugiere que el lugar corresponde a tierra firme consolidada en época prehispánica. Ese detalle tiene peso porque implica que el islote de Tlatelolco podría extenderse hacia el suroeste y el sur más de lo estimado. En términos simples, el mapa posible del asentamiento crece y se corre, y eso cambia la manera de pensar los bordes de la ciudad antigua.

Junto a la arquitectura y los restos humanos, el equipo recupera figurillas antropomorfas, más fragmentos cerámicos, obsidiana negra y de tonos verde, gris y dorado, y un sello con la imagen de un mono asociado al dios del viento Ehécatl. Esos objetos amplían el retrato de la vida cotidiana, de los intercambios y de las referencias simbólicas del grupo que habita el lugar. Al mismo tiempo, la combinación de vivienda y entierros infantiles vuelve más complejo el vínculo entre hogar y ritual. La excavación deja una escena concreta: un espacio que cambia de función sin perder significado para quienes lo usan.

Te puede interesar

Suscribite al newsletter de #LA17