
Las “cataratas de sangre” del glaciar Taylor: por qué brota agua roja en la Antártida
Actualidad18/01/2026
Sergio Bustos
En la Antártida existe un paisaje donde el blanco del hielo se corta con una mancha roja intensa y difícil de olvidar. El fenómeno se observa en el glaciar Taylor, en los Valles Secos de McMurdo, y se conoce popularmente como “cataratas de sangre”. A simple vista parece un derrame, pero la ciencia señala que el color no proviene de sangre ni de restos orgánicos.


Lo que se ve salir del glaciar es una salmuera: agua con una concentración de sal muy alta y con minerales disueltos. Esa salmuera emerge en pulsos y se escurre sobre el hielo, dejando vetas rojizas en la superficie. El flujo no es constante, porque depende de cómo se mueva el líquido dentro del sistema del glaciar y de la presión que se acumule en su interior.
El tono rojo se explica por la presencia de hierro en esa salmuera. Cuando el líquido entra en contacto con el aire, el hierro reacciona con el oxígeno y se forman óxidos que tiñen el agua y el hielo con un color similar al de la herrumbre. El efecto visual es fuerte porque contrasta con el hielo limpio y con un ambiente casi sin colores.
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Hay un punto que suele generar sorpresa: cómo puede fluir agua en un lugar donde las temperaturas se mantienen muy por debajo de cero. La respuesta está en la salinidad extrema, que baja el punto de congelamiento y permite que el líquido permanezca en estado fluido. Además, dentro del glaciar pueden ocurrir procesos que mantienen bolsillos de salmuera en movimiento, aun en un ambiente muy frío. En conjunto, esas condiciones habilitan que el agua salga y se desplace.
El origen del líquido no está en la superficie, sino bajo el hielo. La idea más aceptada describe un reservorio subglacial donde la salmuera queda atrapada y circula por una red de canales y grietas internas. Cuando esa red conecta con una salida, el líquido encuentra un camino y se descarga hacia afuera. Esa dinámica transforma al glaciar en una especie de “tubería natural” que, cada tanto, muestra lo que ocurre en profundidad.
La historia del hallazgo también forma parte del interés científico. Las primeras observaciones en la región se remontan a las exploraciones antárticas de principios del siglo XX. En aquellos años, se discutieron distintas hipótesis para explicar el color, incluso ideas asociadas a organismos visibles. Con el tiempo, los análisis químicos y geológicos orientaron la explicación hacia los minerales disueltos y la oxidación del hierro.
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La antigüedad del agua es otro elemento que alimenta preguntas. La salmuera se asocia a un sistema aislado durante largos períodos bajo el glaciar, con condiciones distintas a las del exterior. Ese aislamiento ayuda a entender por qué el líquido conserva características particulares, como la alta salinidad y la composición mineral. También sugiere que el glaciar no es solo hielo “quieto”, sino un ambiente con procesos activos.
Lo más llamativo no queda en la química: también aparece la biología. En ese entorno oscuro, frío y con poco oxígeno, se detectó vida microbiana capaz de sostenerse en condiciones muy duras. Esos microorganismos amplían el mapa de lugares donde la vida puede persistir y muestran estrategias metabólicas adaptadas a ambientes extremos. El hallazgo no convierte al fenómeno en una rareza decorativa, sino en un sitio con valor científico.
Por esa razón, el caso suele aparecer en debates sobre ambientes extremos fuera de la Tierra, pero sin exageraciones. Un sistema con hielo, sales y agua líquida en el subsuelo sirve para pensar escenarios comparables en otros cuerpos, donde podría existir agua en reservorios protegidos. La utilidad está en estudiar procesos reales: qué mantiene el líquido, cómo circula y qué tipo de vida puede sostener. En ese sentido, las “cataratas” funcionan como un laboratorio natural.
El glaciar Taylor, entonces, no “sangra” por un hecho extraño, sino por una combinación de sal, hierro y circulación subglacial. El color rojo se explica por oxidación, y el flujo se mantiene por la salinidad que evita el congelamiento completo. A la vez, la presencia microbiana muestra que el hielo puede ocultar ecosistemas diminutos pero resistentes. Cada vez que el chorro rojizo aparece sobre el hielo, deja una pista tangible de lo que ocurre bajo la superficie antártica.




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