Península Valdés: cuatro siglos de intentos, retrocesos y un giro que la hizo mundial

Por Segio Bustos

Mi Archivo18/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Península Valdés
Península Valdés

Península Valdés no se explica solo por su geografía ni por la postal de ballenas y pingüinos que hoy recorre el mundo. Su historia es una secuencia extensa de exploraciones, proyectos productivos, ocupaciones fallidas, ciclos extractivos y transformaciones políticas que, recién en la segunda mitad del siglo XX, terminan por darle un rumbo estable: la conservación ligada al turismo. Vista en perspectiva, Valdés pasa de ser un territorio buscado por sus recursos a convertirse en un espacio protegido por decisión pública, sostenido por investigación científica y reconocido internacionalmente.

El primer hito documentado se ubica en 1520, cuando la expedición de Fernando de Magallanes navega por estas costas y la existencia de esas tierras queda registrada en el diario de abordo de Francisco Antonio Pigafetta. Ese dato temprano no implica ocupación ni asentamiento, pero funciona como la primera constancia europea sobre un territorio que por siglos seguirá siendo periférico, distante y difícil de integrar a circuitos estables.

Con el paso del tiempo, el interés estratégico por la costa sudamericana crece. La Corona española ordena relevamientos, y en ese contexto el trabajo cartográfico de Alejandro Malaspina deja una marca decisiva en el nombre. Una caleta del este recibe la denominación de Antonio Valdés y Bazán, ministro de Marina de España, y más adelante los cartógrafos ingleses extienden esa referencia hasta usar “Valdés” para identificar a toda la península. El nombre queda fijado antes de que exista una ocupación sostenida: primero se bautiza, después se intenta habitar.

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La primera experiencia de presencia estable y de proyecto productivo aparece hacia fines del siglo XVIII. En 1779, Juan de la Piedra impulsa el asentamiento español desde el Fuerte de la Candelaria en el Golfo San José, con apoyo en la zona de Salina Grande. La idea, planteada en informes al Virrey Vértiz, es directa: poblar y sostener población a partir de actividades concretas. Se menciona pesca comercial y, con claridad, la caza de ballenas, lobos marinos y pingüinos, además de ganadería. Es un modelo de ocupación basado en recursos, típico de época: extraer, producir, establecer control.


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En 1783 llegan animales destinados a fundar la “Estancia del Rey”, una apuesta ganadera que busca darle estabilidad al asentamiento. Sin embargo, la experiencia se desarrolla en un marco de conflictividad constante. La frontera es frágil y el control efectivo sobre el territorio no está garantizado. El 2 de diciembre de 1808 un malón arrea gran parte del ganado, golpeando el corazón económico del proyecto. La situación es tan delicada que se llega a proponer una zanja en el Istmo Ameghino para defensa, una obra que muestra hasta dónde se pensaba en términos de fortificación territorial. Pero la caída llega poco después: el 7 de agosto de 1810 una avanzada indígena rodea el fuerte, lo ataca e incendia. El saldo que queda registrado es contundente: 15 españoles muertos y 19 cautivos. Con ese hecho se desploma el primer intento colonizador y la península vuelve a quedar sin asentamiento estable.

En paralelo, incluso antes de ese final, aparece otro rasgo de la historia de Valdés: la extracción sin control. En 1796 Félix de Azara denuncia ante el Cabildo el contrabando de pieles de lobos marinos. En solo cuatro años se registran 17.565 pieles exportadas ilegalmente, sin contar capturas previas de flotas del hemisferio norte. El dato ilustra una realidad que se repetirá: recursos abundantes, controles débiles, intereses económicos dispuestos a explotar sin preocuparse por sostenibilidad ni poblamiento.

Tras ese primer ciclo y su fracaso, la historia productiva se reconfigura recién en el siglo XIX, ya bajo otras condiciones políticas y con un territorio patagónico que comienza a integrarse lentamente al proyecto nacional. Desde 1865, en el marco de la colonización galesa del Valle Inferior del Río Chubut y el acompañamiento del Estado, circula información sobre la potencialidad de Península Valdés. En esa etapa aparece la figura que el texto ubica como central para el segundo intento productivo sostenido: Gumersindo Paz. En 1882 el gobernador Fontana le asigna derechos sobre tierras en el área sur de las Salinas, y Paz se instala con una lógica colonizadora ganadera. Su llegada marca el inicio de una ocupación rural con intención de permanencia.

Esa expansión no se produce en soledad. Paz convoca a su amigo Félix Olazábal, que llega desde Tandil arriando 800 lanares. Hacia 1895 Olazábal ya está instalado con un establecimiento ganadero en el valle de Las Pirámides, donde después se consolidará Puerto Pirámides. Sin embargo, la dinámica del territorio vuelve a mostrar fricciones: la empresa salinera lo desaloja y Olazábal se ve obligado a trasladarse y poblar otros parajes. El episodio sintetiza una tensión que atraviesa el período: Valdés es, al mismo tiempo, espacio ganadero y espacio de explotación salinera, y según el peso económico de cada actividad se reacomodan ocupaciones, rutas y asentamientos.


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La explotación de sal se formaliza con fuerza hacia fines del siglo XIX. En 1898 se constituye una empresa salinera con participación de Piaggio, Ferro y otros socios. Para poder exportar, montan infraestructura: un ferrocarril “decauville”, de trocha económica, que transporta sal desde Salina Grande hasta Puerto Pirámides. La península comienza a generar un movimiento productivo que exige logística y conectividad. Para 1900 ya funciona en el puerto de San José un comercio de ramos generales vinculado al embarque de sal, con nombres como Peirano Hermanos y el propio Gumersindo Paz. Es un circuito pequeño pero significativo: la península deja de ser “vacío” y empieza a tener nodos de actividad.

En 1905 la Armada Argentina inicia la construcción del Faro de Punta Delgada, que con ampliaciones posteriores queda consolidado en 1944 y llega incluso a funcionar como escuela de fareros. Más allá del servicio a la navegación, el faro representa presencia estatal sostenida en un punto estratégico. Al año siguiente, en 1906, la Dirección General de Tierras de la Nación pone en venta gran parte de la Península Valdés. Es una decisión que impacta en el mapa de propietarios y abre un ciclo de operaciones comerciales sobre la tierra. En paralelo, el aprovechamiento salinero entra en retroceso y prácticamente desaparece en la segunda década del siglo XX. Con esa caída, el peso económico vuelve a concentrarse en la ganadería ovina, alineada al gran ciclo lanero patagónico.

Durante la Primera Guerra Mundial, el auge de la lana impulsa una etapa de prosperidad. Pero ese progreso trae un efecto inesperado: el despoblamiento. Con mejores medios de transporte, muchas familias vinculadas a los establecimientos se trasladan a Puerto Madryn o incluso a Buenos Aires, mientras mantienen la producción en campos con menos presencia permanente. Es un cambio cultural y logístico: la vida rural pierde densidad humana y el territorio se vuelve cada vez más dependiente de ciclos productivos que no garantizan población estable.

En 1923 aparecen concesiones para matanzas de lobos marinos como una alternativa estacional de empleo y actividad económica. El dato es importante porque muestra que, aún avanzado el siglo XX, la fauna sigue siendo considerada parte del recurso explotable. Esa etapa se prolonga hasta 1958, cuando se decide no renovar permisos por gestiones vinculadas a la Comisión Regional de Turismo de Puerto Madryn. En retrospectiva, esa decisión anticipa un cambio profundo: la fauna deja de ser “material” y empieza a ser “atractivo”.


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La transición entre 1940 y 1960 es crítica. La incorporación de tecnología en el campo reduce la demanda de mano de obra y acelera la salida de trabajadores y familias. Puerto Pirámides queda particularmente expuesto: sin agua potable suficiente, se desertifica y los arenales avanzan empujados por los vientos del oeste. El panorama llega a ser tan preocupante que se evalúa levantar dependencias públicas y completar el despoblamiento. Valdés, por esos años, no parece un destino; parece un territorio que se apaga.

El giro político llega con el primer gobierno provincial constitucional, en 1957, encabezado por Jorge Galina. A partir de ese momento se modifica la mirada: el turismo se empieza a ver como una salida posible para un área que, desde el punto de vista productivo clásico, muestra límites y retrocesos. En 1958, visitas de especialistas vinculados a la Fundación Cultural Natura aportan ideas para proyectar un uso ecoturístico de la fauna marina y refuerzan una decisión estratégica: no otorgar más permisos de matanzas ni permitir traslados de mamíferos marinos a zoológicos. Con ese cambio, el activo principal de Valdés deja de ser la extracción y pasa a ser la observación.

En los años previos y posteriores se sostiene una tarea de promoción y de construcción institucional desde Puerto Madryn. Entre 1955 y 1964, el Club Náutico Atlántico Sud y la Comisión de Turismo empujan la valorización de la península y de toda la región. En el verano de 1964 se produce un encuentro que el texto presenta como decisivo: la visita del director del Zoológico de Nueva York, William Conway. La consulta que se le realiza es concreta: si lo observado podía generar interés turístico internacional. La respuesta es afirmativa y viene acompañada de una condición que define el camino: orientar el desarrollo a partir del cuidado de los atractivos. Conway se convierte desde entonces en un orientador técnico para el proceso que empieza a desplegarse en la provincia.

Ese mismo año se construye el respaldo normativo. Al redactarse la Ley de Turismo provincial se incluye una obligación conservacionista. En julio se aprueba la norma y en octubre se crea un organismo clave: la Dirección Provincial de Turismo como entidad autárquica, con deber expreso de conservar zonas turísticas y adoptar medidas para proteger bellezas naturales, flora y fauna. Para una provincia con poca infraestructura, el razonamiento es pragmático: si no hay rutas, hotelería ni servicios suficientes, al menos hay que garantizar lo más valioso, que es aquello que la gente va a venir a ver.


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Desde 1965 se impulsa un modelo de áreas protegidas con una característica singular: se busca conservar sin expulsar a propietarios privados ni alterar de manera abrupta los usos rurales. El enfoque toma referencias europeas, donde la protección convive con propiedad y actividades tradicionales, siempre que existan reglas y compromisos. En enero de 1966 se pone en marcha el primer eslabón del sistema con la Reserva de Fauna de Punta Loma. Al año siguiente, por ley, se crean reservas marinas en Punta Norte e Isla de los Pájaros y se institucionaliza Punta Loma. A partir de allí el sistema se expande a otras zonas, incluyendo Caleta Valdés, Punta Delgada, Punta Pirámide, Punta Tombo, Cabo Dos Bahías, Golfo San José y el Bosque Petrificado de Sarmiento. El rasgo que se destaca en el texto es el modo: acuerdos, anuencias, construcción con actores locales, sin expropiaciones.

El crecimiento del sistema obliga a sumar base científica. En 1968 se instala un laboratorio de investigación en Isla de los Pájaros con apoyo institucional y se asigna un profesional para esa tarea. En 1969 se gestiona un centro de investigación de vida silvestre en Puerto Madryn para dar asistencia técnica al sistema provincial, y en 1970 esa iniciativa se traduce en la creación del CENPAT, que luego se transforma en referencia regional. En paralelo, fundaciones internacionales financian estudios clave: investigaciones sobre ballenas y sobre pingüinos que aportan conocimiento aplicado y refuerzan el valor del área para el mundo científico y turístico.

En 1971 se implementa un sistema de auditoría científica de las áreas protegidas y se organiza un seminario internacional que se repite de manera bianual durante años, con visitas de especialistas, evaluaciones y recomendaciones. En 1974 se crea el Parque Marino Provincial Golfo San José, el primero de su tipo en el litoral atlántico argentino, sumando un instrumento específico para proteger ambientes marinos. Hacia fines de la década se fortalece la infraestructura de interpretación y equipamiento, esencial para sostener turismo y control.

En 1980 se elabora el primer plan de manejo de Península Valdés, que funciona como base para una medida de gran alcance: en 1983, por ley, toda la Península es convertida en Reserva Integral Natural-Turística. Ese salto consolida el cambio de época: el territorio deja de organizarse alrededor de ciclos extractivos y pasa a regirse por una lógica de conservación y manejo. Al año siguiente, el proceso suma un símbolo nacional: la declaración de la ballena franca austral como Monumento Natural en aguas argentinas, con un peso particular para Chubut por ser área de reproducción.


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Durante los años siguientes se modernizan marcos institucionales y se refuerza el vínculo entre turismo, conservación y manejo. En 1992 se licita y adjudica un sistema de avistaje de ballenas que ordena la actividad y potencia el principal producto turístico de la región. Con ese paso, Valdés ingresa a una etapa donde el atractivo no solo existe: se gestiona, se regula y se ofrece con estándares crecientes. Hacia mediados de los noventa, aparecen ideas para sumar figuras como custodios rurales y parques naturales privados, con el objetivo de sostener el sistema pese a limitaciones presupuestarias y a problemas del mercado lanero. La propuesta apunta a una diversificación que mantenga a pobladores históricos y a pequeñas unidades productivas dentro del esquema.

En el tramo final del recorrido, la provincia actualiza su sistema de áreas naturales protegidas y avanza hacia el reconocimiento internacional. La declaración como Patrimonio de la Humanidad se presenta como resultado de un proceso largo, respaldado por investigación científica, por un modelo de manejo y por una construcción participativa que involucra actores públicos y privados. En esa evaluación, además del valor natural, se destaca el modo de administración y la conciencia colectiva que se logra alrededor del cuidado del territorio.

Así, la cronología de Península Valdés termina cerrando un arco completo. De las primeras menciones europeas y los proyectos colonizadores fallidos, pasando por la explotación de recursos y los ciclos ganaderos y salineros, hasta llegar al despoblamiento y al borde del abandono, la península atraviesa siglos de inestabilidad. El punto de inflexión aparece cuando se toma una decisión política: convertir aquello que antes se cazaba y se depredaba en aquello que se protege y se muestra. En ese viraje se funda el Valdés contemporáneo, no como una postal aislada, sino como el resultado de décadas de planificación, acuerdos, ciencia y reglas. Si hoy el mundo la identifica por su naturaleza, es porque antes hubo una historia larga que la empujó al límite y, finalmente, la obligó a cambiar de rumbo.

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