
Parar en vacaciones sin culpa: la ciencia explica por qué el cuerpo también rinde cuando descansa
Actualidad19/01/2026
REDACCIÓN
Responder “estoy a full” se volvió una forma de presentarse ante los demás, como si el cansancio confirmara valor. En esa lógica, el descanso queda atrapado en la misma rueda: incluso el ocio se mide, se agenda y se carga de objetivos. La socióloga británica Judy Wajcman, investigadora sobre cultura del tiempo, lo resumió con una frase directa: “la aceleración no se detiene en el tiempo libre, simplemente cambia de escenario”, una descripción que encaja con vacaciones convertidas en listas y fines de semana transformados en maratones.


En esa cultura del rendimiento permanente, la pausa suele traer culpa. La escritora estadounidense Anne Lamott dejó una imagen que circula como recordatorio y también como provocación: “casi todo vuelve a funcionar si lo desconectás por unos minutos, incluso vos”. Y el británico George Orwell reforzó esa idea desde otra esquina cuando escribió que “el perfeccionismo no consiste en hacer las cosas bien, sino en no dejar de hacerlas nunca”. No se trata solo de una sensación subjetiva: la ciencia asocia ese modo de vida con señales medibles de desgaste.
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Investigaciones de la Universidad de Stanford dirigidas por la psicóloga Kelly McGonigal vinculan el estrés crónico asociado a la hiperproductividad con un 27% más de riesgo de enfermedades cardiovasculares, además de aumentos en ansiedad y trastornos del sueño. En la misma línea, el equipo del neurocientífico Daniel Levitin, de la Universidad McGill, advirtió que “el multitasking sostenido, característico de la vida siempre conectada, reduce hasta un 40% la eficiencia cognitiva, obliga al cerebro a trabajar más para lograr menos y acelera la fatiga mental”, un dato que pone en discusión la idea de “hacer muchas cosas a la vez” como sinónimo de eficacia.
En consultorio, la neuropsicóloga y pediatra Carina Castro Fumero observa síntomas que se repiten. “El cerebro no está diseñado para funcionar en modo full permanente”, sostiene, y explica que cuando una persona frena “se activan circuitos fundamentales para procesar emociones, consolidar aprendizajes y reorganizar ideas, mientras la corteza prefrontal baja su nivel de exigencia y se recupera”. En ese proceso, agrega, también se ordena la química cerebral: “disminuyen el cortisol y el glutamato, asociados al estado de alerta constante, y gana protagonismo el GABA, el neurotransmisor que permite desacelerar y entrar en una calma real”.
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El cuerpo acompaña ese mismo desgaste. Datos del Laboratorio de Fisiología Integrativa de la Universidad de Colorado señalan que quienes sostienen altas cargas sin recuperación presentan más inflamación sistémica y una recuperación muscular hasta un 30% más lenta. La idea no sorprende en el deporte, donde el descanso siempre fue parte de la planificación; lo difícil, para muchas personas, es trasladar ese criterio al trabajo y a la vida cotidiana. La psicóloga Silvia Alava Sordo pone esa contradicción en palabras: “Hemos confundido la actividad con bienestar… Descansar no es de vagos, es una parte del ciclo natural que necesita tanto el cuerpo como el cerebro”.
La discusión también llega al modo de entrenar. “Siempre pensé que, si frenaba, perdía todo”, contó Hilda L., docente universitaria de 44 años, al describir años de rutina encadenada entre trabajo, casa y entrenamiento matutino. Su primera decisión de bajar la carga en verano le resultó incómoda al inicio, pero la experiencia terminó en otra dirección: “Solo caminé, hice estiramientos suaves y dormí más. Me sentía culpable al principio, pero después volví con más energía y, paradójicamente, con mejores marcas que antes”.
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La evidencia respalda que “desentrenar” no implica abandonar. La Universidad de Copenhague observó que una reducción del estímulo físico de una a cuatro semanas, según la intensidad previa, permite que tejidos y sistema neuroendocrino recuperen equilibrio. El fisiólogo Nikolai Madsen lo explicó con una frase sintética: “La reducción de carga no elimina las adaptaciones, las consolida y prepara al organismo para un nuevo ciclo más eficiente”. Ese enfoque diferencia reposo pasivo, reposo activo y desentrenamiento planificado, que combina movilidad leve con una baja de intensidad, sin cortar del todo el vínculo con el cuerpo.
La pausa planificada también tiene un capítulo emocional y cognitivo. Castro Fumero sostiene que “cuando desentrenamos, se activa la red neuronal por defecto, fundamental para procesar emociones y experiencias vividas”, mientras la corteza prefrontal deja de sostener decisiones y demandas constantes. En otra escala, investigaciones de la Universidad Autónoma de Madrid señalan que las personas que integran pausas planificadas durante el año registran una mejora del 35% en la percepción de bienestar y una reducción de síntomas de ansiedad y agotamiento. “La clave está en la intencionalidad. No se trata de dejarse estar, sino de escuchar al cuerpo y ofrecerle el descanso que necesita para reorganizarse”, plantea Alava Sordo.
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El testimonio de Ramiro Z., de 28 años, suma otra escena. “Las primeras semanas sin entrenar fuerte me sentía raro, como si me estuviera faltando a algo”, contó, después de cambiar series exigentes por caminatas y movilidad. Con el correr de los días, notó un cambio concreto: “Después de unos días empecé a dormir mejor, a levantarme con menos rigidez y, sobre todo, con más ganas de volver cuando llegara el momento”. Estudios de la Universidad de Queensland, dirigidos por el fisiólogo Stephen Harridge, observaron que tres semanas de reducción planificada bajan marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva en un 25%, y el propio Harridge explicó: “El músculo no pierde calidad en el corto plazo, gana eficiencia al dejar de estar sometido al estrés constante de las microlesiones”.
La pausa no se limita al músculo. Un trabajo de la Universidad de Toronto, bajo la dirección del especialista en biomecánica David Pearsall, registró una disminución del 30% en la sobrecarga articular en personas que incorporaron períodos de desentrenamiento activo, y Pearsall lo resumió así: “La pausa permite que tendones y ligamentos completen procesos de regeneración que, de otra manera, quedan siempre a medias”. Desde Suecia, el Instituto Karolinska mostró que bajar entrenamientos intensos durante dos semanas reduce niveles basales de cortisol y mejora indicadores hormonales de recuperación, mientras la endocrinóloga Ingrid Larsson señaló que “un pequeño descenso en la exigencia dispara un reajuste hormonal que favorece la energía, el estado de ánimo y la capacidad futura de esfuerzo”.
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El verano aparece como una ventana natural para ese tipo de pausa. Temperaturas altas, rutinas más flexibles y cambio de horarios favorecen una reducción de carga sin que se viva como ruptura. La Universidad de Kioto observó que en los meses más cálidos el organismo incrementa gasto energético para regular temperatura, y la cardióloga japonesa Aiko Tanaka advirtió que “bajar el ritmo en ambientes calurosos reduce la fatiga acumulada y protege el corazón de sobreesfuerzos innecesarios”. En la Universidad de Sídney, el investigador Gregoire Millet remarcó el valor del descanso planificado en ese período: “El descanso estratégico no rompe el proceso, lo potencia. Es en esta etapa donde el cuerpo asimila lo entrenado”.
En el alto rendimiento, esa lógica se conoce como off season y forma parte de cualquier temporada seria. Un informe del Centro de Alto Rendimiento de Barcelona, con el preparador físico Javier Caparrós, señaló que atletas que respetan al menos dos semanas anuales de baja intensidad registran un 22% menos de lesiones en la temporada siguiente. “El secreto de la continuidad está en permitir que el cuerpo y la mente respiren antes de volver a exigirles”, explicó Caparrós.
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Volver también requiere criterio. La Universidad de Friburgo observó que retomar actividad con un aumento progresivo del 10% semanal consolida adaptaciones y reduce riesgos, y el fisiólogo Hans Braun lo sintetizó con otra frase breve: “Volver despacio no es ir más lento, es ir más lejos”. En ese recorrido, la pausa deja de ser un vacío incómodo para transformarse en una parte necesaria del ciclo, con efectos medibles en el cuerpo y en la mente, y con un aprendizaje cultural pendiente: descansar no es un premio, es una condición para sostener cualquier rutina.
Fuente: LA NACION.






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