Solimeno lanzó una frase que incomoda: “Cada tres años le tengo que dar un barco al Estado”

Actualidad03/02/2026Sergio BustosSergio Bustos
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Antonio Solimeno.FOTO: Revista Puerto.

En la pesca, la discusión sobre competitividad suele sonar abstracta hasta que alguien la baja a números concretos. Antonio Solimeno lo hace con una facilidad que incomoda, porque transforma un reclamo habitual en una cuenta cerrada y fácil de entender. Su diagnóstico no se apoya en slogans: se apoya en costos diarios, tiempos de espera y una cadena productiva que, según él, se volvió lenta y cara. Y en el medio, una frase que eligió repetir como resumen brutal: “Cada tres años le tengo que dar un barco como el Luigi al Estado”.

Solimeno se presenta como un obsesivo de los detalles, alguien que anota todo y no deja gastos sueltos en la planilla. Puede decir cuánto cuesta el gasoil de un cajón de merluza hubbsi y no duda al marcarlo: “10.447 pesos”. Esa precisión, lejos de ser un dato pintoresco, funciona como una forma de explicar por qué la rentabilidad se achica incluso cuando el trabajo no afloja. Para él, el problema no es solo cuánto se pesca, sino cuánto cuesta sostener la rueda.

En su relato, el golpe más fuerte llega por la suma de impuestos y derechos que se acumulan a lo largo del año. “Hoy hay que trabajar muchísimo sobre los costos, en la mano de obra, en los insumos, los impuestos nacionales, provinciales, municipales, tenés un montón de ingredientes”, afirma. En esa lista mete números duros: “Este año, que exportamos sobre 70 millones, pagué el 7% de derecho de exportación, más 2% del DUE, ahí tenemos 6 millones de dólares”. Y remata con la imagen que elige como símbolo: “Quiere decir que yo cada tres años le tengo que dar un barco como el Luigi al Estado”.


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La frase no queda solo como queja, porque la usa para plantear una alternativa concreta. Solimeno asegura que si se redujeran esos costos fiscales, se movería una cadena de inversión local que hoy aparece congelada. “Si a mí me quitan los derechos y si me reducen el DUE, pongo una orden de compra para un barco nuevo, lo hago en el país, fomento la industria naval y le doy trabajo a 120 obreros navales todos los días”, desafía. El planteo apunta a un círculo virtuoso que, según su visión, hoy no se activa por falta de decisiones.

Pero el dinero no es el único problema: también está el tiempo. Solimeno insiste con una frase que se le vuelve muletilla y síntesis de época: “No fluye, todo está muy trabado”. Y explica que la pesca no es solo sacar producto del mar, sino financiar meses de proceso hasta cobrar la venta final. “Pescás, estoqueás y vendés; de punta a punta, como rápido, tardás más de 120 días, ahora estamos en 150 días porque sumamos las demoras de las navieras”, describe.

Las demoras logísticas aparecen como un costo invisible, pero determinante. Según su ejemplo, antes un contenedor tardaba tres semanas en llegar a destino y ahora el viaje se estira sin previsión. “Antes un contenedor tardaba 21 días en llegar a Europa o Estados Unidos y todas las semanas teníamos barco, ahora pasa, llega y descarga cuando quiere”, cuenta. Incluso aporta una escena que grafica el desorden: “Hemos cargado contenedores en septiembre que llegaron a destino en enero”.


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Esa lentitud impacta de lleno en el capital de trabajo, sobre todo para empresas que no tienen espalda financiera para sostener stock y gastos durante meses. Solimeno pide mirar Rawson para entenderlo en términos reales: “tenés que salir a pescar y metés cinco mil cajones en la planta por día, son noventa toneladas, 45 mil kilos de cola, hay que tener espacio, cámaras y finanzas”. En su lectura, cuando la rueda gira lento, el daño aparece primero en la caja y después en todo lo demás. “Es una rueda que va lenta y cuando esto pasa te empezás a resentir económicamente”, advierte.

A ese escenario le agrega un punto que, para él, agrava todo: el tipo de cambio. Habla de “un dólar muy flaco comparado con la inflación” y sostiene que la competitividad se erosiona mientras los costos internos suben sin pausa. En paralelo, marca un malestar político que no se reduce a una gestión en particular, sino a una falta de diálogo que se repite. Dice que el sector no encuentra a quién plantearle el problema cara a cara, ni a nivel nacional ni provincial.

En esa línea, su crítica apunta a la ausencia de interlocutores con peso real. “Hoy mi interlocutor se supone que es el Subsecretario de Pesca. Yo no conozco quién es el Secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca, no lo vi nunca, no sé ni cómo se llama”, dispara. También cuestiona la falta de discusión de fondo: “En la provincia de Buenos Aires pasa lo mismo, no se discuten los problemas de fondo de la actividad. Al Gobernador lo conozco por los medios”. Para Solimeno, esa distancia política termina de empujar a la pesca a un lugar de invisibilidad.


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Cuando habla de retenciones y derechos, el empresario ubica el problema como algo que se arrastra hace años. “Cuánto hace que estamos hablando de este problema de los derechos de exportación… Los problemas empezaron en el gobierno de Macri y siguieron en el de Fernández, no hicieron nada”, se lamenta. También liga esa falta de respuestas a un deterioro general del entramado productivo, con empresas que no resisten y empleo que se pierde. “¿Para qué querés una reforma laboral si no tengo trabajo?”, pregunta, y recuerda el peso que tiene el puerto en empleo cotidiano: “Todos los días, como poquito, 80 obreros navales”.

El mapa que traza no se limita a quejarse del presente: también discute qué modelo de ciudad y de puerto queda en pie si el negocio se achica. Sobre Mar del Plata, dice que todavía hay futuro, pero condicionado a sostener volumen y trabajo integrado. “Mar del Plata es un clúster pesquero, industrial y comercial”, afirma, y defiende que las exportaciones se mantienen. Sin embargo, advierte que el problema aparece cuando se termina el langostino y la actividad vuelve a depender casi solo de la merluza: “el día que tengamos que depender de la merluza de nuevo, solamente, no habrá forma de sostenerlo”.

Los costos operativos vuelven a aparecer como límite concreto, incluso para sostener barcos en condiciones. Solimeno menciona reparaciones, talleres lentos y pérdidas de facturación por días parados. “Hoy el dique para un barco como el Luca Mario, como barato, sale un millón y medio de dólares”, señala. Y suma: “Nosotros gastamos en reparaciones navales por año diez millones de dólares y los tiempos de los talleres son infinitos, yo perdí dos mareas, me perdí de facturar un millón de dólares”. En ese combo, repite la idea que atraviesa todo su diagnóstico: “todo va muy lento”.


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En el cierre de su mirada aparece un tema que se discute cada vez más en el sector: la futura cuotificación del langostino. Solimeno dice que ordenar es inevitable, pero anticipa que el proceso dejará heridos. “Para mí tiene que haber un ordenamiento y una de las soluciones es que cada uno pesque con su permiso”, plantea, y agrega que con “una limpieza de los permisos” el escenario se acota. Aun así, marca un riesgo concreto: “La flota de Rawson está pensada pura y exclusivamente para el langostino. Cuando vos le quites el langostino, ¿a qué van a ir?”.

Cuando se mete en la discusión de cómo repartir, Solimeno no esquiva números ni tensiones. Asegura que primero hay que ordenar el caladero y después discutir distribución, y deja una frase que muestra el conflicto que se viene: “Ahí va a correr mucha agua bajo el puente”. Propone topes y cantidades para distintos actores, cuestiona a algunos sectores y hasta dispara contra Río Negro: “Río Negro no debería estar incluida porque no aporta nada”. También dice que el reparto por promedio de años puede evitar un daño mayor: “la propuesta del promedio de los ocho mejores años, más o menos en esa foto puede dejar menos heridos”.

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