Perros protectores logran frenar los ataques al ganado en zonas rurales de Neuquén

Actualidad08/02/2026Sergio BustosSergio Bustos
perros cuidadores
Perros cuidan el ganado.

En distintas zonas rurales de Neuquén, una experiencia concreta empieza a modificar un problema histórico para la ganadería familiar. Los ataques de pumas, zorros y otras especies silvestres al ganado ya no se asumen como inevitables. La incorporación de perros protectores de ganado muestra resultados contundentes y cambia la dinámica diaria en los campos de trashumancia.

La evidencia surge del trabajo documentado en Centinelas de la estepa – Perros protectores de ganado, una producción periodística dirigida por Carla Porro. El material recorre territorios donde la fauna nativa mantiene una presencia activa y comparte espacio con crianceros que dependen casi por completo de su hacienda. Allí, la pérdida de animales impacta de manera directa en la subsistencia familiar.

Durante años, los ataques de depredadores generaron un desgaste constante. En campos del norte neuquino, cada episodio podía significar la pérdida de más de una decena de chivos u ovejas. Esa mortandad acumulada reducía el capital productivo y obligaba a tomar decisiones de emergencia que alteraban los ciclos normales de cría y veranada.


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La situación se agravaba en los meses de traslado estacional hacia las zonas altas. En plena veranada, la mortandad llegaba a cifras que comprometían seriamente la continuidad de la actividad. Las herramientas tradicionales de disuasión, como trampas o dispositivos luminosos, mostraban una efectividad limitada frente a animales que se adaptan con rapidez al entorno.

El cambio comenzó con la implementación de perros protectores de ganado, una práctica con miles de años de historia que se basa en la integración temprana del perro al rebaño. A diferencia de los perros de arreo, estos animales no acompañan al criancero, sino que permanecen de forma permanente con las cabras u ovejas, a las que reconocen como su grupo social.

Los resultados actuales marcan un quiebre. En varios establecimientos, las pérdidas por depredación se reducen al 0%, mientras que en otros casos la efectividad se mantiene por encima del 80%. El simple hecho de la presencia constante del perro modifica el comportamiento de los depredadores y evita el ataque sin necesidad de confrontación directa.


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Este esquema no solo protege al ganado. También permite reducir la persecución de especies silvestres, muchas de ellas fundamentales para el equilibrio ambiental. En zonas donde el puma y el zorro eran vistos únicamente como una amenaza, hoy se reconoce su función dentro del ecosistema.

El impacto alcanza incluso a especies en situación delicada, como el gato andino, uno de los felinos más amenazados del planeta. Al disminuir la presión de represalias humanas, se amplían las posibilidades de conservación en territorios donde el clima y la geografía ya imponen límites severos a la biodiversidad.

El acompañamiento de organizaciones como Wildlife Conservation Society (WCS) resulta central en este proceso. A través del asesoramiento técnico y la educación ambiental, los crianceros incorporan una mirada más amplia sobre la relación entre producción y naturaleza, sin resignar rentabilidad ni seguridad.


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Más allá de los números, el cambio más profundo aparece en la mentalidad rural. El puma deja de ocupar el lugar exclusivo de enemigo y pasa a ser entendido como parte del paisaje. La coexistencia reemplaza a la eliminación, y los perros protectores se consolidan como un puente práctico entre la cultura productiva y la conservación.

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