El ADN habló en Pompeya y dejó en evidencia siglos de errores sobre quiénes eran esas personas

Actualidad08/02/2026Sergio BustosSergio Bustos
victimas volcan
Nueva evidencia en Pompeya.

La imagen de Pompeya quedó grabada en la memoria colectiva como una escena detenida en el tiempo. Cuerpos inmovilizados por la ceniza, gestos finales interpretados como abrazos, protecciones o despedidas. Durante generaciones, esos moldes alimentaron relatos que parecían obvios a simple vista, pero que hoy empiezan a desmoronarse frente a una evidencia inesperada.

Un reciente análisis de ADN antiguo aplicado a las víctimas del desastre del año 79 d.C. reveló que muchas de las historias que se contaron durante siglos estaban basadas en suposiciones erróneas. Lo que parecía una madre con su hijo, o dos mujeres unidas por lazos familiares, no siempre lo fue. La ciencia abrió una puerta incómoda: la apariencia engañó durante demasiado tiempo.

Desde el siglo XIX, los moldes de yeso creados por arqueólogos se convirtieron en la principal herramienta para reconstruir escenas finales. Las posturas corporales, los objetos personales y la cercanía entre los cuerpos fueron leídos como pruebas de vínculos afectivos. Sin embargo, el ADN mostró que un adulto con un brazalete de oro que sostenía a un niño no tenía relación sanguínea con él.


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Otro caso emblemático también quedó expuesto. Dos personas halladas abrazadas fueron interpretadas durante décadas como hermanas o madre e hija. El estudio genético reveló que al menos una de ellas era genéticamente masculina, desarmando por completo la narrativa instalada. Las certezas visuales se volvieron frágiles.

Estos resultados dejaron al descubierto hasta qué punto las interpretaciones arqueológicas estuvieron atravesadas por expectativas modernas. La lectura de los cuerpos respondió más a ideas contemporáneas sobre familia y género que a evidencias reales. El ADN obligó a revisar esos filtros culturales.

El impacto del estudio no se limitó a las relaciones individuales. El análisis genético también mostró que Pompeya era una ciudad mucho más diversa de lo que se creía. Los restos evidencian orígenes vinculados al este del Mediterráneo, confirmando que la población romana no era homogénea.


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Pompeya funcionaba como un nodo comercial clave y ese rol dejó huellas biológicas. Migrantes, comerciantes y personas de distintos puntos del imperio convivían en un mismo espacio urbano. La genética confirmó que esa mezcla no era solo cultural, sino también corporal.

Este hallazgo marca un quiebre en la manera de estudiar restos humanos antiguos. Durante siglos, la arqueología se apoyó casi exclusivamente en el contexto visual. Hoy, el ADN permite contrastar, corregir y hasta desmentir interpretaciones que parecían incuestionables.

Además de parentescos y sexo biológico, estas técnicas ofrecen información sobre salud, dieta y enfermedades, ampliando la mirada sobre cómo vivían —y no solo cómo murieron— esas personas. En Pompeya, el resultado fue incómodo: muchas historias románticas se sostenían sobre bases endebles.


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Las consecuencias ya llegaron a los museos. Algunas exposiciones comienzan a replantear la forma en que presentan a las víctimas, abandonando relatos cerrados para dar lugar a narraciones más complejas y honestas. La ciencia obliga a reescribir los carteles.

Pompeya, lejos de ser un conjunto de escenas congeladas, aparece ahora como una ciudad viva, diversa y difícil de encasillar. El ADN no solo corrigió errores históricos: recordó que el pasado también merece ser contado sin prejuicios.

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