Caputo y la oferta importada en sectores como vehículos, autopartes, textiles y calzados

Política08/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Importaciones, Balanza comercial
Importaciones, Balanza comercial

El debate por la competitividad industrial volvió a calentarse con una frase que el ministro Luis Caputo soltó casi al pasar en una entrevista radial y que terminó pegando de lleno en un sector sensible como el textil.

“Nunca compré ropa en la Argentina porque era un robo. Entonces, los que teníamos posibilidad de viajar, comprábamos afuera”, dijo, y ese recorte se transformó en una señal política que excede a la indumentaria. En el mismo tramo, cuestionó la protección a la industria local y la definió como “una medida sonsa”, con el argumento de que en el país se paga mucho más que en el resto del mundo.

El ministro también trajo un ejemplo de obra pública y compras del Estado para reforzar su crítica a los precios internos. Mencionó que los tubos con costura que Techint produce en Valentín Alsina le costaron 4.000 dólares por tonelada al Estado, frente a US$ 1.400 por tonelada de tubos importados desde India que ganaron la licitación para el gasoducto que conectará Vaca Muerta con la costa atlántica en Río Negro. El mensaje fue claro: la discusión no se agota en “abrir o cerrar”, sino en cuánto paga Argentina por insumos clave y por qué. Y ahí la tensión se vuelve transversal, porque toca empleo, inversión, productividad y política de precios.


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El cuestionamiento no es nuevo y arrastra una historia larga de idas y vueltas entre proteccionismo y mercado. El texto recuerda que hace cinco décadas, en 1977, se le atribuyó a Alejandro Estrada, secretario de Comercio de Martínez de Hoz, aquella frase de que daba lo mismo producir “acero que caramelos” y dejar todo librado al mercado. Esa comparación funciona como recordatorio de un debate recurrente: cuándo la apertura empuja a mejorar y cuándo arrasa capacidades. En esa grieta aparece, también, la pregunta por el tiempo: cuánto dura una transición y quién paga el costo.

Desde la mirada académica, Bernardo Kosacoff planteó una advertencia que busca separar competencia de demolición. “La competencia es muy sana y necesaria, pero debe permitir no destruir las capacidades generadas y dar tiempo para ganar la necesaria competitividad superando las ineficiencias existentes”, sostuvo. Para explicarlo, recordó el caso de Estados Unidos a comienzos de los 80, cuando el gobierno de Reagan empujó en los hechos un cupo a Japón. “Eso dio tiempo a la reconversión a los modelos toyotistas de las tres grandes de Detroit e incentivando que los japoneses produzcan en EEUU.”, comparó, y lo contrastó con la Argentina de aquella época, cuando se retiraron terminales y el mapa automotor se achicó.


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En la lectura de Jorge Vasconcelos (IERAL), la discusión actual llega con una industria debilitada y con margen de maniobra limitado. “Pese a contar en teoría con un margen ocioso del 40% de su capacidad instalada, ha perdido mucho terreno frente a la oferta importada en sectores como vehículos, autopartes, textiles y calzados, maquinaria, metalurgia, plásticos y neumáticos”, señaló. El punto no se reduce a “fábricas viejas” o “empresarios caros”, sino a un combo que mezcla tecnología, escala, logística y costos. En ese diagnóstico aparece una traba que se repite: la dificultad de bajar rápido gastos que, en Argentina, suelen quedar clavados.

Vasconcelos lo explicó con una frase que ordena el problema desde adentro y desde afuera de la planta. “En parte, esa performance cuestiona el grado de actualización tecnológica de las plantas existentes. Pero también hay que contemplar que, en muchos casos, para ponerse a la altura de la demanda, la curva de oferta industrial debería tener un grado de flexibilidad del que no dispone”, analizó. Y remató con la lista de rigideces que, según su visión, ahogan la reacción competitiva: “Con precios de insumos, salarios, impuestos y costos financieros que son inflexibles a la baja, remontar las desventajas de competitividad se hace muy cuesta arriba”. En el fondo, la pelea por precios se convierte en pelea por estructura de costos.


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Dante Sica, exministro y titular de ABECEB, ubicó el proceso en un cambio de época dentro de las empresas. “La Argentina se encamina hacia una economía estabilizada, a competir en los mercados y estar integrada al mundo, y esa integración genera competencia”, afirmó, y marcó que ya no alcanza con el esquema que antes dejaba rentabilidades por simple ensamblado. “Hoy en las empresas están más pendientes de la competitividad puertas adentro y de la agenda legislativa que del tipo de cambio”, dijo, y dejó un dato que ilustra el reordenamiento interno: “en los últimos dos años las empresas argentinas se desprendieron de más de 70 CEOs. Cambió el esquema del negocio”.

En paralelo, Marina Dal Poggetto (Eco Go) describió el movimiento como un pasaje brusco entre dos modelos sin una etapa de amortiguación. “Se pasó sin solución de continuidad de un populismo que arrasó con precios relativos y con el equilibrio fiscal a un modelo de neoliberalismo apalancado en un tipo de cambio bajo y en la apertura de la economía”, planteó. Y avisó que ese salto, por su propia dinámica, empuja un tramo difícil: “Esa dicotomía no puede evitar tener que pasar por el intermedio recesivo”. Esa mirada suma una variable que suele aparecer tarde en el debate: el impacto macro sobre consumo, producción y empleo durante la transición.


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El propio texto describe una apertura con matices, que oscila entre un liberalismo casi total en puerta a puerta (con referencias a Shein y Temu) y una apertura regulada en rubros como el automotor, con importaciones desde Brasil y cupos sin aranceles desde China. En ese mapa, Vasconcelos sugirió un formato de reconversión pensado para licitaciones internacionales: “Lo que se necesita es un esquema que contemple e incentive la reconversión productiva acelerada”, y propuso que los planes industriales puedan incluir flexibilización de costos, incluso impuestos, para alinearse a precios de venta. La idea apunta a una discusión incómoda: sin cambios en el “entorno” y sin financiamiento, competir puede quedar como consigna más que como plan.

Sica, por su parte, descartó un escenario de desaparición masiva, pero anticipó concentración y reacomodamientos fuertes. “Va a haber mayor concentración y también reconversiones”, sostuvo, y lo explicó con un contraste concreto: mientras cerró una fábrica de electrodomésticos en La Matanza, otra empresa de Córdoba hizo su primer embarque a Estados Unidos. En su mirada, el foco político del proceso debería mirar menos la suerte de los dueños y más la de los trabajadores: “El verdadero desafío será volver a capacitar mano de obra”, advirtió, y sumó una frase que enmarca el problema de fondo: “hace 15 años que la Argentina no puede abastecer de empleo de calidad a su población”.

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