
Psiquiatras ven crecer el autodiagnóstico por redes e IA: etiquetas que ordenan la angustia, pero confunden síntomas con trastornos y retrasan la consulta.

En consultorios de salud mental infantojuvenil, una escena se repite con una seguridad que desconcierta a los profesionales: adolescentes que llegan con el “nombre” de lo que les pasa ya escrito en el teléfono. No traen un informe médico, traen una etiqueta, a veces armada por búsquedas en internet y, cada vez más, por una conversación con inteligencia artificial. Lo que aparece como una respuesta rápida, para muchos especialistas funciona como un atajo riesgoso cuando reemplaza la evaluación clínica.
La psiquiatra infantojuvenil Silvia Ongini, que atiende en el sector pediátrico del Hospital de Clínicas, lo describe sin vueltas. “Estoy cansada de que me digan: ‘Soy bipolar’, ‘Soy borderline’ o ‘Tengo trastorno de hiperactividad y déficit de atención’, sin tener realmente un diagnóstico médico”, sostuvo. Para ella, el fenómeno muestra algo más profundo que la moda de los términos: “muchos chicos buscan explicarse o encontrar identidad en una patología”.


OTRAS NOTICIAS:
Los especialistas remarcan que el impulso de buscar respuestas no nació con la tecnología, pero hoy se volvió inmediato, masivo y difícil de frenar. Antes, ese intento de encajar el malestar en una explicación aparecía en libros o revistas; ahora vive en redes sociales, en posteos virales y en chats interactivos que contestan al instante. En el medio, crece un riesgo: patologizar la adolescencia como si el “no estar del todo bien” no formara parte de una etapa atravesada por cambios, inseguridades y crisis típicas.
Ongini plantea que, en lugar de transitar esa incomodidad existencial propia de la edad, muchos chicos la convierten en autodiagnóstico para sentirse más ordenados por dentro. “En lugar de transitar la angustia existencial propia de su etapa de vida, la transforman en autodiagnósticos médicos para intentar explicarse a sí mismos”, detalló. También asocia esta tendencia con una menor tolerancia a la incomodidad emocional y con la búsqueda de una explicación rápida frente al malestar, aunque aclara que, en paralelo, también aparecen cuadros psiquiátricos reales que requieren atención y que incluso siguen subdiagnosticados.
OTRAS NOTICIAS:
La irrupción del chat con IA ya forma parte del intercambio dentro del consultorio y, a veces, ocurre en vivo. El psiquiatra Pedro Kestelman, presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatría Infanto Juvenil (AAPI), contó una escena que ilustra ese “doble chequeo” adolescente: “El otro día me mataba de la risa porque tengo un chico de 13 años en el consultorio que me pidió un diagnóstico de qué le pasa a él y por qué le pasa… el chico agarra el teléfono y abre su chat con la IA”. En ese caso, la respuesta de la IA coincidió con la explicación clínica y el paciente se fue conforme, pero el propio especialista subraya que el problema no es una anécdota simpática: es una práctica que se instala.
Kestelman advierte que la IA tiende a responder con lógica de cuestionario y que eso puede empujar a conclusiones lineales. “Es un tema que tenemos que trabajar mucho porque obviamente la IA hace un diagnóstico a través de un cuestionario. El cuestionario vale, pero eso que dice siempre hay que contextualizarlo con una mirada clínica mucho más amplia”, explicó. Para los especialistas, ahí aparece el punto crítico: una lista de síntomas en pantalla no reemplaza el contexto familiar, escolar, social y emocional de un adolescente.
OTRAS NOTICIAS:
No todos miran la tendencia únicamente como una amenaza y algunos marcan un costado útil si se entiende como “puerta de entrada” y no como sentencia. La psiquiatra Juana Poulisis, con trayectoria en adolescencia y trastornos de la conducta alimentaria, sostiene que el nivel de información puede ayudar a que el joven pida asistencia con más claridad. “Es cierto que muchos chicos vienen con un diagnóstico posible… Los chicos hoy están muy informados. Y me parece positivo”, señaló, al describir consultas en las que el adolescente ya llega con hipótesis como depresión, ansiedad o bipolaridad.
Poulisis insiste en que ese primer encuadre no tiene valor definitivo y que el trabajo clínico consiste en afinarlo con evaluación profesional. “Obviamente, el médico va a afinar ese diagnóstico”, aclaró, y explicó que un adolescente puede decir “trastorno bipolar” cuando en realidad aparece una desregulación emocional u otros cuadros que exigen otra lectura. También diferencia entre el autodiagnóstico que empuja a consultar y el que queda como “etiqueta ordenadora” para identificarse o incluso justificarse frente a otros.
OTRAS NOTICIAS:
Entre los diagnósticos que se vuelven “populares” entre adolescentes, los especialistas mencionan la ansiedad y el déficit de atención, y advierten sobre la confusión entre un síntoma y un trastorno. Poulisis lo resume con una distinción que cambia el rumbo de un tratamiento: “Hoy todos te dicen que tienen ansiedad, pero hay que diferenciar entre la ansiedad como síntoma y un trastorno de ansiedad”. Cuando esa diferencia se diluye, crece el riesgo de encasillarse en conductas y expectativas que terminan reforzando el problema en lugar de aliviarlo.
Detrás de la etiqueta también aparece una búsqueda identitaria que antes tomaba otras formas. Ongini propone un paralelo generacional: antes, la pertenencia se buscaba en tribus urbanas, música o estética; ahora, muchas veces se organiza alrededor de un diagnóstico. “Hoy lo que vemos muchas veces es que esta búsqueda de identificación, del ‘quién soy’, pasa a ser ‘qué tengo’ o ‘qué me pasa’. Están buscando el ‘quién soy’ en lo que padecen”, planteó, y advirtió que cuando el padecimiento se vuelve identidad, se construye un sistema de creencias sobre uno mismo que condiciona vínculos y decisiones.
OTRAS NOTICIAS:
El fenómeno también atraviesa a los adultos y, en particular, a los padres, que llegan con búsquedas hechas y conclusiones rápidas. Ongini relata que a veces recibe consultas donde el adulto menciona síntomas “de internet”, pero omite datos del entorno que cambian la lectura clínica: aislamiento, falta de juego, ausencia de intercambio familiar o exceso de pantalla. En ese punto, dice, parte del trabajo profesional se vuelve casi básico: reinstalar rutinas, juego y presencia, además de evaluar si existe un trastorno real o un malestar ligado a condiciones de vida que se pueden intervenir.
Fuente: LA NACION.


















