
Hay personas que recuerdan el 11 de septiembre por una imagen en televisión. Fernando Cwilich Gil lo recuerda por el sonido. “Era un avión volando muy bajo”, dice. Lo siguió con la mirada hasta que lo vio incrustarse contra una de las Torres Gemelas. Tenía 24 años y estaba sentado en una plaza del SoHo con un mate y el diario recién comprado. “La explosión parecía de película”.
Vivía a pocas cuadras del World Trade Center y, según cuenta, aquel martes despejado parecía un día más. “Yo nunca me levantaba antes de las 14 porque trabajaba en la revista Black Book y mi laburo era salir de noche. Tenía todas las fichas para estar durmiendo, pero me desperté temprano”. Después del primer impacto llamó a su madre. “Le dije: ‘Un avión chocó contra las Torres Gemelas’. No me creyó”. Cuando el segundo avión golpeó la otra torre, la duda se terminó.
A partir de entonces comenzaron las pesadillas. “Empecé a tener unas pesadillas muy locas de que se caían aviones, pero igual seguí viajando”, recuerda. Una década después, esa relación con el cielo volvería a ponerse a prueba.


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En enero de 2011 regresaba desde Río de Janeiro a Nueva York. El avión estaba por aterrizar cuando escuchó gritos y vio a un hombre correr hacia la cabina. Un auxiliar intentó frenarlo con el carrito de bebidas. No alcanzó. Fernando miró a su amigo Ramiro Silos y avanzó. “Le metí un tacle y me tiré encima”, relata. El impacto los hizo caer al piso y comenzó un forcejeo.
El pasajero —luego identificado como Michael Isabelle— tenía sangre en la cabeza y gritaba con violencia. Las azafatas acercaron precintos plásticos. “Ramiro se los puso y el tipo los rompió. Tenía mucha fuerza”. Tras varios intentos lograron inmovilizarlo y lo ataron con cinturones de seguridad. Cuando quedó reducido, otros pasajeros intentaron golpearlo. “A mí ganas no me faltaban, me había mordido muy fuerte, pero me dio lástima. ‘No sé su historia’, pensé”.

El avión aterrizó en el aeropuerto John F. Kennedy rodeado de policías, ambulancias y agentes especiales. “Entró el SWAT al avión”, recuerda. La escena contrastó con lo que vendría después: no hubo juicio mediático ni proceso prolongado. Según trascendió, el hombre era veterano de Vietnam y terminó internado en un neuropsiquiátrico. “Fue todo muy raro, como dicen allá, sweep it under the rug, lo barrieron debajo de la alfombra”.
Entre esos dos episodios —las Torres Gemelas y el intento de irrupción en cabina— se fue construyendo una vida atravesada por viajes y arte. Nacido en Buenos Aires, Fernando se exilió con su familia en 1982 y creció en Nueva York. “Primero viajó mi papá; después mi mamá con mi hermano y conmigo. Fue en el ’82, justo antes de que volviera la democracia. No sabíamos, pero se dio así”.
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En 2001 fundó Proyectarte, una ONG dedicada a formar jóvenes artistas de bajos recursos. Más adelante profundizó su vínculo con la tecnología. Descubrió por azar un efecto visual en el sistema operativo iOS que transformó en obra artística. El proyecto llegó al Museo de Diseño Cooper Hewitt del Smithsonian y abrió una etapa centrada en lo algorítmico.
Hoy vive en Lisboa y prepara un nuevo trabajo que vuelve, de algún modo, a aquellos recuerdos. Lo bautizó “Mimento”, una herramienta que organiza archivos digitales —mensajes, fotos, publicaciones— para reconstruir autobiografías. Según explica, todos ya escribimos nuestra historia sin notarlo. El sistema ordena ese material y lo convierte en relato.
La novela que surgirá de esa experiencia, The Losing Hand Band, incluye un episodio “medio turbio” en un avión. Para él no es casual. La memoria, dice, nunca desaparece: cambia de forma. Y a veces despega sin avisar.















