La mentira puede salir cara: el cerebro lo registra antes de que te des cuenta y lo hace hábito

Actualidad22/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Una conducta que parece “inofensiva” activa redes de control y estrés, y con la repetición pierde freno emocional. Especialistas explican por qué escala.

El costo de mentir. Foto Freepik
El costo de mentir. Foto Freepik

Mentir para zafar de una charla, quedar bien o evitar un silencio incómodo suele pasar como un detalle menor, pero la fuente advierte que el costo no queda en lo social. Aunque la mentira no se descubra, el cuerpo y el cerebro reaccionan, y esa reacción deja huellas medibles en circuitos vinculados al control, el conflicto interno y el estrés. Lo que al principio se siente como un atajo, con el tiempo puede transformarse en un patrón que pide cada vez más energía.

La nota reconstruye ese mecanismo desde una escena cotidiana: un “sí, lo leí” que abre una puerta a la pertenencia y al alivio inmediato. Ese refuerzo, casi imperceptible, empuja a repetir la fórmula y a sumar detalles inventados para sostenerla. En ese punto, la mentira deja de ser excepcional y empieza a funcionar como una respuesta automática.


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Una de las claves aparece en una investigación de University College London (2016), que describe un proceso de desensibilización emocional. La idea central es que pequeñas mentiras reducen la incomodidad inicial y facilitan que después se mienta con más facilidad y con mayor magnitud. La autora principal, Tali Sharot, lo sintetiza con una frase directa: “Cuando mentimos por beneficio personal, nuestra amígdala produce una sensación negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir”, pero ese freno se debilita cuando la conducta se repite.

En esa misma línea, el neurólogo Alejandro Andersson, director del Instituto de Neurología Buenos Aires (INBA), describe el fenómeno como una escalera que se sube sin ruido. “La deshonestidad aumenta gradualmente con la repetición”, plantea, y agrega que la señal de aversión se atenúa con el tiempo. En palabras todavía más llanas, remarca: “cuanto menos te mueve la aguja emocionalmente mentir hoy, más probable es que mañana te animes a mentir un poco más”.


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El problema no se reduce a la moral, porque mentir demanda trabajo mental extra. Andersson explica que al hacerlo se activa una red distribuida de áreas cerebrales vinculadas al control cognitivo y a la gestión del conflicto interno, como la corteza prefrontal lateral y la corteza cingulada anterior, además de regiones asociadas a señales corporales y representación mental. Esa arquitectura obliga a inhibir la verdad, sostener una versión alternativa en la memoria de trabajo y vigilar que no se desarme.

Desde la psicología, Macarena Gavric Berrios suma otra capa: sostener una mentira exige monitoreo constante y anticipación de inconsistencias. “Ese esfuerzo continuo se asocia a una mayor activación del eje del estrés”, advierte, y lo vincula con fatiga mental, irritabilidad y dificultades para concentrarse. También describe un impacto más silencioso, pero persistente, cuando se instala una brecha entre lo que se piensa, se siente y se comunica.


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Ese desgaste no queda solo dentro de la cabeza, también se mete en la vida vincular. Gavric Berrios sostiene que un patrón crónico mantiene al sistema nervioso en vigilancia y erosiona la regulación emocional, con efectos que pueden aparecer como agotamiento y distancia afectiva. “La persona no puede apoyarse de manera genuina en los vínculos cuando teme ser descubierta”, señala, y asocia ese estado a mayor riesgo de ansiedad y síntomas depresivos.

En ese punto, la mentira deja de ser “inofensiva” aunque nadie la descubra, porque opera sobre la confianza. Gavric Berrios lo explica así: “Aunque no sea revelada, la mentira interfiere tanto con los sistemas neurobiológicos de confianza y apego, como con la confianza implícita y la intimidad emocional”. También remarca una idea central para la interacción: “La autenticidad percibida es clave para la cercanía emocional y la sintonía afectiva”, y que ocultar información relevante puede debilitar la sensación de seguridad en el vínculo.


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El psicólogo Klaus Boueke pone el foco en la contradicción que se sostiene puertas adentro. “El costo de una mentira es lo que llamamos contradicción”, afirma, y describe el esfuerzo de sostener algo que no cierra como un gasto emocional, energético e intelectual alto. En su mirada, más allá de contextos y tolerancias, el resultado general se repite: “El sentido común: mentir no fortalece ningún vínculo”.

Sobre el origen, la nota propone una lectura menos simplista que el “es mentiroso y listo”. Gavric Berrios sostiene: “Desde la psicología social, mentir no se interpreta como un rasgo moral ni una característica de ser mala persona, sino como una conducta compleja que cumple funciones adaptativas en determinados contextos”. En esa lógica, aparecen motivaciones como evitar rechazo o vergüenza, protegerse de un castigo, sostener un vínculo o buscar un beneficio social inmediato, y también historias personales donde decir la verdad se percibía como riesgoso.


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Cortar el ciclo no se presenta como una promesa instantánea, sino como un proceso gradual. Gavric Berrios plantea que el primer paso pasa por aceptar que la conducta pudo servir en algún momento, pero ahora genera más malestar que alivio, y que el entrenamiento implica tolerar la ansiedad de decir verdades parciales sin controlar la reacción ajena. Boueke propone dos preguntas simples para desarmar la mecánica: “Porque, en algún sentido desfigurado, algo se gana mintiendo”, y luego la contracara: “Después de tener una respuesta, tendrás que decidir qué es más importante para vos”.

Fuente: LA NACION.

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