
La tecnología entra a la oficina, pero la productividad no siempre la acompaña
Actualidad22/02/2026
REDACCIÓNLa inversión digital no garantiza mejores resultados ni bienestar laboral. Datos OCDE, salarios que corren atrás y el trabajo fragmentado explican el desencanto.

La discusión sobre el trabajo suele mirar hacia adelante, pero el problema aparece en el presente y en los números. Según el Compendio de Productividad 2025 de la OCDE, la productividad laboral en países miembros creció 0,6% en 2023 y se estima cerca de 0,4% para 2024, mientras que en la zona euro ese crecimiento resultó negativo el mismo año. Esos registros conviven con una sensación extendida: hay más herramientas, más software y más métricas, pero no necesariamente más eficiencia ni mejores jornadas.
Esa brecha no es nueva y tiene una frase que funciona como recordatorio incómodo. En 1987, Robert Solow dejó una sentencia que todavía se cita porque sigue encajando: “la era de la informática se ve en todas partes excepto en las estadísticas de productividad”. El punto no plantea nostalgia, sino una advertencia simple: la tecnología puede multiplicarse sin que los resultados agregados suban al mismo ritmo.


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La economía del trabajo agregó matices con investigaciones que evitaron promesas automáticas. Estudios de Daron Acemoglu y David Dorn sobre transformación tecnológica en sectores industriales sostienen que los efectos de la digitalización no se reparten de forma pareja ni aparecen por arte de magia. En otras palabras, la herramienta no define el resultado si el proceso no cambia con la misma intensidad.
En la práctica, ese “cómo” pesa más de lo que suele admitirse en los anuncios de modernización. La incorporación de equipamiento y software pide capacitación, rediseño organizacional y una adaptación cultural que no se resuelve con un login nuevo. La fuente remarca que las mejoras más consistentes aparecen cuando las herramientas se construyen junto a quienes las usan y cuando los indicadores de desempeño alinean expectativas de la organización con la experiencia cotidiana del trabajo.
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Ese enfoque choca con una conversación frecuente: culpar a la edad o a la generación por la falta de compromiso. La nota plantea una pregunta que incomoda a las empresas tanto como a los empleados: la supuesta apatía joven, ¿no tiene espejo en el desapego corporativo hacia quienes pasan los cincuenta, incluso mientras crece la esperanza de vida y circula la etiqueta “generación silver”? En paralelo, trabajadores de todas las edades miran de reojo el mismo fantasma: ser reemplazados por sistemas automatizados, algoritmos o robots.
El problema no se reduce a salario, aunque el salario explica mucho. Una tendencia que destaca la fuente es la ruptura del vínculo entre productividad y remuneración, documentada por investigaciones comparativas en países OCDE y estudios centrados en Estados Unidos. Cuando el esfuerzo extra no mejora de manera tangible las condiciones de vida, el incentivo económico pierde fuerza y el rendimiento deja de ser una promesa creíble.
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La motivación también se desgasta cuando el trabajo se parte en tareas mínimas y repetibles. Investigaciones clásicas de psicología organizacional de J. Richard Hackman y Greg Oldham señalan que el propósito, el uso de habilidades diversas y la percepción de una contribución significativa influyen sobre desempeño y satisfacción. En ese marco, la tecnología puede ayudar a eficientizar, pero también puede empujar alienación si suma control sin reforzar sentido.
A ese cuadro se le agrega otra capa: el traslado de riesgos hacia el trabajador en esquemas flexibles o mediados por plataformas. La fuente menciona que algunos autores describen estas configuraciones como “tecno-feudalismo”, por la concentración de poder en intermediarios tecnológicos que fijan reglas, acceso y visibilidad. En ese mundo, la autonomía formal puede convivir con dependencia estructural y exposición financiera, incluso con costos propios para sostener activos o actualizar capacidades.
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La conclusión operativa no va por el lado de apagar la tecnología, sino por pensar la complementariedad como ventaja real. Las empresas no compiten solo por automatizar, sino por diferenciarse en cómo combinan capacidades humanas y tecnológicas en entornos donde la digitalización tiende a homogeneizar. Si la productividad y la motivación se mueven juntas, la pregunta deja de ser qué herramienta se compra y pasa a ser qué organización se construye para que esa herramienta ordene el trabajo, reduzca fricciones y vuelva más previsible el día a día.
Fuente: LA NACION.















