Dos semanas sin oler y nadie consulta: la señal que puede complicarlo todo

Enfoques03/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

La pérdida del olfato no sólo afecta el sabor: también altera la nutrición, el ánimo y la seguridad cotidiana. Especialistas advierten sobre subdiagnóstico y causas tratables.

Anosmia
Anosmia

Hay personas que dejan de percibir olores de manera tan gradual que recién lo notan cuando alguien se los pregunta, o cuando el café “ya no tiene gusto”. Ese corrimiento silencioso del sentido del olfato suele pasar por debajo del radar médico, aunque impacta de lleno en la vida diaria. Especialistas lo describen como una discapacidad invisible que puede volverse riesgosa si se la minimiza.

La anosmia es la pérdida del olfato y puede aparecer de forma súbita y abrupta, pero con frecuencia el cuadro empieza como hiposmia, una disminución lenta y progresiva. En muchos casos, esa caída avanza hasta llegar a la anosmia propiamente dicha. El problema es que, cuando el cambio se instala despacio, la persona se adapta y posterga la consulta.


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El impacto no se reduce a “no oler”: el olfato aporta gran parte de lo que se percibe como sabor. El informe al que accedió Noticias Argentinas señala que la pérdida del olfato aporta el 80% del sabor, por lo que compromete el estado nutricional. A eso se suma que algunas personas comienzan a aislarse y pueden desarrollar cuadros depresivos, un camino que se vuelve más probable cuando el síntoma se naturaliza.

En el Día Mundial de Concientización sobre la Anosmia, se remarcó que esta condición suele pasar desapercibida frente a otras discapacidades sensoriales, pero presenta una prevalencia significativa. Un estudio reciente en personas sin diagnóstico, aunque con condiciones asociadas, encontró que el 14% tenía el olfato disminuido sin advertirlo o sin hacer nada al respecto. Ese dato abre una pregunta incómoda: cuánta gente convive con el problema sin registrarlo.


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Las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) suman otra dimensión. Según esos cálculos, cerca del 5% de la población mundial vive con pérdida total del olfato y entre el 15 y el 20% presenta algún grado de disfunción olfativa. Extrapolado a Argentina, el informe plantea que más de 2 millones de personas podrían estar afectadas, aunque especialistas sostienen que esas cifras probablemente no reflejan la realidad completa.

La Dra. Stella Maris Cuevas, médica otorrinolaringóloga y alergista, experta en olfato y expresidente de la Asociación de Otorrinolaringología de la Ciudad de Buenos Aires (AOCBA), puso el acento en el subdiagnóstico. “El subdiagnóstico es sumamente elevado. Muchas personas pierden el olfato de manera progresiva y se acostumbran a vivir así, sin buscar ayuda médica. Otras lo asocian erróneamente al envejecimiento o a cuadros pasajeros como un resfrío, sin saber que puede haber una patología de base que requiere tratamiento, y otras personas pueden nacer sin olfato, lo que se denomina anosmia congénita”, señaló.


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La pandemia por COVID-19 hizo visible el tema por un tiempo, porque el virus provocó alteraciones olfativas en muchos casos sintomáticos. Sin embargo, una vez superada la fase aguda, en algunos pacientes las secuelas persistieron. En ese escenario, Cuevas describió el tipo de consulta que se multiplicó y el peso emocional que puede tener la pérdida del olfato.

“En los últimos años, recibimos un aumento notable de consultas por pérdida del olfato, en su mayoría transitorio, pero en otros casos se volvió crónico, generando un impacto psicológico considerable. Estamos ante una discapacidad invisible. Algunas personas llegan a sentirse desconectadas del mundo porque pierden vínculos sensoriales con su entorno; no pueden percibir su propio olor corporal o el perfume de un ser querido; comen sin disfrutar y/o no captan el aroma de la comida al ingresar a la cocina; lo que puede ser grave, algunos no detectan alimentos en mal estado, una hornalla mal cerrada, una fuga de gas o un incendio”, explicó.


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Las causas son variadas y no se limitan a un resfrío. El informe menciona infecciones virales como gripe o coronavirus, traumatismos cráneo-encefálicos, exposición a sustancias tóxicas y enfermedades crónicas. También aparecen causas neurodegenerativas como Parkinson o Alzheimer, el envejecimiento —sobre todo a partir de los 60 años— y la presencia de determinados tumores.

Entre los motivos más frecuentes, la especialista destaca la rinosinusitis crónica con pólipos nasales, conocida como poliposis nasal. En ese cuadro, pólipos benignos obstruyen las vías respiratorias superiores, bloquean la entrada de olores y se asocian a congestión y secreción nasal con pérdida progresiva. El detalle no es menor porque, con diagnóstico y tratamiento, el panorama puede mejorar.


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Cuevas lo sintetizó con una frase que apunta al hábito de convivir con síntomas sin consultar: “Muchos pacientes con poliposis nasal conviven años con síntomas como la nariz tapada y la pérdida del olfato sin consultar, pensando que es normal, pero no lo es. Con un diagnóstico adecuado y tratamiento pueden mejorar significativamente”, sostuvo. Y remarcó la necesidad de actuar cuando el síntoma se sostiene en el tiempo.

En esa línea, la médica insistió en no esperar demasiado. “Existen formas de abordar esta problemática; lo esencial es consultar a tiempo. Una pérdida de olfato no debe tomarse a la ligera, sobre todo si persiste por más de dos semanas. Hay que consultar con un otorrinolaringólogo, quien realizará un exhaustivo interrogatorio y luego de la inspección (endoscopía nasal) seguramente indicará el pedido de imágenes como una tomografía o resonancia, para lograr de esta manera llegar a un diagnóstico y luego poder realizar el tratamiento adecuado”, explicó.


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El abordaje preventivo incluye medidas simples: higiene nasal, evitar tabaco y sustancias tóxicas, vacunarse contra enfermedades respiratorias y usar protección en ambientes contaminados. También se recomienda no subestimar la congestión persistente o la alteración del sabor, porque muchas veces el gusto se altera cuando el olfato se pierde. La señal que parece menor puede ser la puerta de entrada a un diagnóstico que, si llega tarde, complica mucho más de lo necesario.

Fuente: NA.

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