Día internacional de la mujer: el origen del 8 de marzo muestra una historia de protestas y derechos

Actualidad08/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

La fecha quedó asociada a flores y saludos, pero su origen está en reclamos políticos, derechos laborales y una disputa que todavía atraviesa a buena parte del mundo.

Reclamo de mujeres 1940
Reclamo de mujeres 1940

El 8 de marzo quedó fijado a escala internacional como una jornada vinculada a los derechos de las mujeres y a la paz internacional, pero su sentido original no nació en un calendario ceremonial ni en una conmemoración vacía. La fecha se apoya en una historia de organización política, luchas obreras, reclamos sufragistas y denuncias contra la desigualdad de género que empezaron a tomar forma entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Ese recorrido explica por qué, aún hoy, la jornada conserva un tono de exigencia pública mucho más que de simple homenaje.

Buena parte de esa construcción histórica se apoyó en los movimientos de mujeres socialistas y sufragistas de Europa y Estados Unidos, que comenzaron a impulsar jornadas específicas para reclamar derechos laborales, voto femenino y el fin de distintas formas de opresión. No se trató de un proceso uniforme ni de una campaña cerrada sobre un solo tema, sino de una acumulación de demandas que vinculó trabajo, ciudadanía y participación política. Desde ese origen, la fecha quedó mucho más cerca de la protesta que del gesto simbólico.


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Uno de los momentos decisivos de esa consolidación llegó en 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas realizada en Copenhague. Allí se propuso establecer una jornada anual de las mujeres para reclamar sufragio y otros derechos, una definición que abrió el camino para las primeras celebraciones en distintos países desde 1911, aunque todavía sin una fecha unificada. Ese dato permite entender que el 8 de marzo no surgió de una sola resolución aislada, sino de un proceso internacional que fue tomando cuerpo con los años.

Con el paso del tiempo, varios países del bloque socialista terminaron de afirmar el 8 de marzo como día de homenaje a las mujeres trabajadoras y lo transformaron en festividad oficial durante gran parte del siglo XX. Esa apropiación estatal no borró el contenido político de la fecha, aunque sí le dio una estructura más estable y una presencia más visible en la vida pública. La dimensión institucional llegó después, pero el impulso inicial ya estaba puesto en la calle, en la organización colectiva y en la disputa por derechos concretos.


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La escala global del 8 de marzo dio otro salto cuando intervino la ONU. En 1975, el organismo comenzó a celebrarlo oficialmente en el marco del Año Internacional de la Mujer, y dos años después la Asamblea General aprobó una resolución que invitó a los Estados a proclamar un “Día de las Naciones Unidas para los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional”. Aunque la resolución dejaba a cada país margen para fijar la fecha que considerara adecuada según sus tradiciones, en la práctica el mundo terminó consolidando el 8 de marzo como referencia central.

Desde entonces, la institucionalización internacional no implicó vaciar el contenido de la jornada, sino integrarlo a una agenda más amplia de derechos humanos y desarrollo. La ONU empezó a fijar cada año lemas temáticos vinculados con igualdad, participación política, trabajo decente o violencia de género, y colocó la discusión dentro de un marco permanente de seguimiento. Esa decisión ayudó a multiplicar la visibilidad del tema, pero también reforzó una idea que sigue vigente: el 8 de marzo no nació para celebrar una condición abstracta, sino para interpelar desigualdades muy concretas.

Los fundamentos de esa declaración internacional quedaron atados a cuatro ejes persistentes: igualdad de derechos, eliminación de la discriminación y la violencia contra mujeres y niñas, participación plena en la vida política, económica y social, y reconocimiento de su aporte histórico. La resolución de 1977 agregó además una dimensión menos citada, pero central en el texto: la relación entre los derechos de las mujeres y la paz internacional. Allí se sostuvo que la participación igualitaria de las mujeres no debía leerse como una concesión sectorial, sino como una condición para el desarrollo y la seguridad de los pueblos.


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Ese marco histórico también ayuda a explicar por qué el 8 de marzo sigue siendo una jornada de movilización y no una efeméride estática. La fecha funciona hoy como espacio de visibilización de brechas salariales, feminización de la pobreza, violencia de género y tareas de cuidado no remuneradas, además de servir como plataforma para reclamar políticas públicas y cambios culturales. En ese punto, la continuidad entre las primeras luchas obreras y las discusiones actuales no aparece como un gesto retórico, sino como una línea de conflicto que nunca terminó de resolverse.

La expansión internacional de la fecha también se refleja en su incorporación formal por parte de numerosos Estados. El reconocimiento oficial creció con fuerza después de 1975-1977, aunque algunos países lo habían adoptado antes, como Mongolia en 1957, Angola en 1961, Ucrania en 1965 y Cuba en 1966. Más adelante se sumaron otros casos, entre ellos Vietnam y Mozambique en 1975, Zambia en 1996 y Kazajistán en 1998, dentro de una lista que muestra cómo la fecha fue ganando estatuto legal en contextos políticos muy distintos.

Hoy el 8 de marzo es feriado o día oficial en numerosos países, pero esa formalización tampoco garantiza una práctica homogénea. Hay Estados donde la fecha tiene reconocimiento legal amplio y otros donde el gesto oficial convive con límites fuertes a la protesta o a la acción política feminista. En China, por ejemplo, puede existir un permiso simbólico como el medio día libre para las mujeres, mientras las manifestaciones ligadas a la igualdad de género encuentran restricciones; en Irán, las actividades públicas pueden ser vigiladas o reprimidas; y en Afganistán, las severas restricciones impuestas por el régimen talibán vuelven casi imposible organizar actos sin riesgo.


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Ese contraste entre reconocimiento formal y margen real de acción deja ver una tensión que atraviesa la fecha hasta el presente. No existe un listado oficial de países donde el 8 de marzo “no se conmemore”, porque la jornada es conocida en buena parte del mundo, pero su visibilidad, protección y alcance cambian según el contexto político y social. En muchos casos, el problema ya no pasa por la existencia de la fecha, sino por cuánto espacio efectivo existe para ejercer los derechos que esa misma fecha dice representar.

En América Latina y en buena parte de Europa, esa discusión empujó al 8 de marzo hacia una dimensión todavía más activa. En muchos países, la jornada se convirtió en día de marchas masivas, huelgas de mujeres y articulación de agendas feministas y de diversidad que reúnen reclamos laborales, políticos, ambientales y de cuidados. Esa transformación no contradice el origen histórico del 8M, sino que lo actualiza: la fecha sigue funcionando como memoria de luchas anteriores, pero también como un punto de apoyo para discutir desigualdades presentes.

Lo que persiste, entonces, no es solo una conmemoración internacional instalada por la ONU, sino una fecha atravesada por conflictos que siguen abiertos. El 8 de marzo conserva su peso porque vincula historia, derechos y disputa pública en un mismo plano, y porque obliga a mirar cuánto cambió el mundo y cuánto permanece pendiente. Por eso, más allá de los gestos protocolares o las lecturas superficiales, el sentido de la jornada sigue atado a una definición incómoda y concreta: no nació para adornar el calendario, sino para exigir igualdad real.

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