
Paso a paso, por qué Río Negro está armando un “paquete” energético completo
Política08/03/2026
REDACCIÓNLa provincia arma un corredor energético al Atlántico con oleoductos, terminales y proyectos de GNL en Punta Colorada, mientras ofrece beneficios para que los yacimientos maduros no queden atrás.

En el mapa energético argentino hay una provincia que dejó de mirar solo hacia la meseta y empezó a mirar de frente al mar. Río Negro apuesta a consolidar un corredor energético al Atlántico que conecte el petróleo y el gas de la cuenca neuquina con buques que cargan directamente en su costa. No se trata solo de una obra de transporte más, sino de una estrategia para ocupar un lugar propio en la cadena de valor de Vaca Muerta y evitar quedar reducida a una zona de paso.
El corazón de ese plan es el oleoducto Vaca Muerta Oil Sur (VMOS), que unirá Allen con Punta Colorada, en el golfo San Matías. Con una inversión que se estima en torno a los 3.000 millones de dólares, la obra se construye por tramos y ya superó la mitad de avance físico según los últimos reportes técnicos. La primera etapa tiene como horizonte diciembre de 2026, fecha que el propio gobierno provincial señala como punto de partida para que el petróleo neuquino salga por primera vez al Atlántico rionegrino.


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En Punta Colorada la postal ya cambió: donde antes solo había costa y pedreros hoy se levantan estructuras metálicas, bases de hormigón y naves logísticas. Allí se construye la terminal petrolera que será el punto final del VMOS y el inicio del circuito marítimo. El proyecto contempla seis grandes tanques de almacenamiento con una capacidad conjunta de alrededor de 720 millones de litros de crudo, además de muelles y sistemas de carga directa a buques. La escena condensa el objetivo: transformar a Río Negro en la salida natural del shale oil que se extrae cientos de kilómetros tierra adentro.
La provincia busca que ese corredor no dependa solo del petróleo. En paralelo, avanzan proyectos de gas natural licuado (GNL) que usan el mismo punto geográfico como plataforma de exportación. La idea matriz es montar plantas flotantes de licuefacción (FLNG) frente a Punta Colorada, alimentadas por un gasoducto dedicado que se conectaría con la red troncal de transporte de gas. En una primera etapa se habla de una producción cercana a los 2 millones de toneladas anuales de GNL, con margen para ampliaciones futuras si el mercado internacional responde.
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Este esquema flotante tiene una particularidad: el gas se procesa y se licúa a bordo, en unidades que funcionan como “plantas industriales” sobre el mar. Eso acorta los tiempos de obra en tierra, reduce el impacto de grandes instalaciones costeras y permite ajustar la capacidad con módulos que se pueden sumar o retirar según la demanda. En la práctica, Río Negro busca posicionarse en el negocio global del GNL sin esperar una mega planta terrestre tradicional, que requiere plazos más largos y discusiones ambientales y urbanas más complejas.
Mientras las fotos que circulan muestran caños, tanques y barcos, la otra cara del mapa está en los yacimientos maduros que llevan décadas produciendo en el Alto Valle y el norte provincial. Esos campos, sostenidos por hidrocarburos convencionales, siguen generando empleo y actividad en localidades que no siempre aparecen en los anuncios de grandes inversiones. El riesgo es que la atención exclusiva sobre el shale termine dejando en segundo plano pozos que aún pueden aportar producción si reciben capital y tecnología.
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Para evitar ese desbalance, Río Negro aprobó en febrero de 2026 el Programa Provincial de Incentivos a la Producción Convencional, a través del Decreto 136/26. El plan apunta a reactivar pozos que dejaron de producir, sumar nuevas intervenciones en áreas maduras y sostener el entramado de empresas de servicios que dependen de esa actividad. La premisa es clara: no hay “corredor al Atlántico” sostenible si en el interior de la provincia se apagan las luces de los campos convencionales.
El incentivo central del programa está en las regalías. La provincia ofrece una reducción al 6% sobre la producción incremental durante diez años, siempre y cuando las operadoras presenten un plan de inversión nuevo, validado técnicamente, y cumplan metas verificables. Esa producción extra también puede quedar eximida del aporte complementario del 3% que se cobra sobre el volumen base, lo que mejora la ecuación económica de los proyectos. El mensaje político es directo: el Estado está dispuesto a resignar recaudación a cambio de más actividad, trabajo y continuidad operativa.
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La mirada oficial se completa con otro elemento: el control. Para acceder a los beneficios, las empresas deben definir una “curva de producción básica” auditada externamente, que marque el comportamiento esperado de los yacimientos sin nuevas inversiones. Solo lo que se produzca por encima de esa curva puede recibir el tratamiento fiscal diferencial. El esquema busca evitar que una mejora transitoria en los precios internacionales se confunda con “producción incremental” y garantiza que el incentivo premie efectivamente la inversión adicional.
En este contexto, el corredor energético al Atlántico funciona como eje articulador entre mundos que suelen verse separados. De un lado, los grandes proyectos de infraestructura, las cifras en dólares y la salida al mercado global de petróleo y GNL. Del otro, las áreas maduras, las pymes de servicios y las localidades que viven de la producción convencional. La apuesta de Río Negro es que el nuevo oleoducto, la terminal de Punta Colorada y las unidades flotantes de GNL arrastren demanda de logística, insumos y mano de obra desde el interior, y que los beneficios fiscales mantengan viva la base productiva que sostiene esa red.
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Así, la costa atlántica rionegrina deja de ser solo un paisaje y se convierte en pieza estratégica de la matriz energética argentina. Lo que ocurra en los próximos años con el VMOS, las obras portuarias, los proyectos de GNL y el programa de incentivos a los convencionales definirá si Río Negro consolida ese rol.

















