Lo que hallaron bajo el Alerce Abuelo cambió la forma de mirar el bosque

Actualidad25/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Un estudio en Chile encontró bajo uno de los árboles más antiguos del planeta una red fúngica extraordinaria que sostiene vida, nutrientes y capacidad de resistencia.

Alerce Abuelo. Foto El Planeta Urbano
Alerce Abuelo. Foto El Planeta Urbano

Proteger un alerce milenario ya no implica solamente conservar un tronco monumental o una postal única del bosque templado lluvioso. Un estudio realizado en la cordillera costera del sur de Chile mostró que, debajo de esos gigantes, existe un sistema biológico de enorme valor que hasta ahora no había sido medido con esta precisión. Lo que apareció bajo las raíces del Alerce Abuelo obliga a correr la mirada desde la copa hacia el suelo y, más precisamente, hacia todo lo que vive en silencio alrededor de sus raíces.

La investigación, publicada en la revista Biodiversity and Conservation y liderada por un equipo internacional, puso el foco sobre ese ejemplar emblemático de Fitzroya cupressoides, una especie que también existe en la Argentina y que figura entre los árboles más longevos del mundo. El Alerce Abuelo supera los 2400 años y, según el trabajo, no solo sobrevivió durante siglos por su estructura o por las condiciones del ambiente, sino también por la compleja comunidad subterránea que lo acompaña. En ese punto aparece el hallazgo más fuerte del estudio: bajo ese árbol no hay únicamente tierra y raíces, sino una red fúngica excepcionalmente rica.


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Los investigadores identificaron al menos 361 tipos únicos de hongos en las muestras tomadas bajo ese ejemplar, una cifra que supera en 2,26 veces la riqueza fúngica promedio detectada en el resto del bosque. Ese dato no fue leído como una rareza estadística ni como una curiosidad aislada, sino como una señal concreta de que los árboles más antiguos y de mayor diámetro funcionan como verdaderas “islas de biodiversidad” subterránea. Dicho de otro modo, cuanto más viejo y robusto es el árbol, mayor parece ser su capacidad para sostener y acumular comunidades microbianas especializadas.

La relación entre el alerce y esos hongos no resulta decorativa ni secundaria para el funcionamiento del ecosistema. Muchos de esos organismos, en especial los micorrícicos arbusculares, penetran las células de las raíces y construyen una asociación simbiótica con el árbol: entregan nutrientes, como fósforo, a cambio de carbono. Esa cooperación silenciosa permite entender por qué estos gigantes lograron mantenerse en pie durante tantos siglos en un ambiente exigente y con condiciones de suelo poco favorables.


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El estudio también detectó un patrón que ayuda a explicar esa dependencia. En los suelos más pobres y ácidos de la cordillera de la costa chilena, donde el fósforo disponible resulta muy bajo, los científicos observaron una mayor riqueza de hongos. La lectura que hicieron de ese dato es potente, porque sugiere que la escasez extrema no debilitó el sistema, sino que empujó una especialización evolutiva cada vez más fina entre el árbol y su comunidad fúngica.

A medida que el alerce envejece, según plantea la investigación, también crece su capacidad de reunir y seleccionar microbios adaptados a ese entorno hostil. Por eso el hallazgo no se limita al Alerce Abuelo como individuo excepcional, sino que ofrece una pista sobre el modo en que los árboles monumentales se convierten en reservorios biológicos del bosque entero. Lo que el estudio deja ver es que la longevidad no se sostiene solamente en la madera o en la resistencia del tronco, sino en una alianza subterránea que trabaja durante siglos.


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Ese entramado invisible también cumple funciones que exceden la nutrición del árbol. Los hongos forman parte de procesos esenciales para el almacenamiento de carbono y para la regulación del ciclo de nutrientes, dos dimensiones directamente vinculadas con la estabilidad del bosque y con su respuesta frente al cambio climático. Sin esa red, advierten los investigadores, la capacidad de recuperación frente a incendios o sequías quedaría severamente debilitada, con efectos que irían mucho más allá de un solo ejemplar.

Ahí aparece la urgencia conservacionista que atraviesa todo el trabajo. El alerce está catalogado como especie en peligro de extinción y enfrenta amenazas como la destrucción de hábitat para obras de infraestructura y la intensificación de los incendios forestales. En ese contexto, el estudio insiste en que perder un árbol de gran diámetro no significa solo borrar un organismo singular del paisaje, sino también afectar el entramado biológico que ese árbol sostiene bajo tierra y que funciona como base de regeneración para el bosque.


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Por eso, una de las advertencias más concretas del artículo científico apunta a los planes de manejo y restauración forestal, que históricamente pusieron el foco casi exclusivamente en lo visible. Los autores reclaman incorporar a los hongos y a otros organismos subterráneos dentro de esas estrategias y remarcan que preservar selectivamente árboles monumentales resulta esencial para mantener reservas de esporas y micelios. La advertencia del estudio es directa: “La pérdida de biodiversidad, especialmente de los hongos del suelo, puede afectar gravemente el funcionamiento de los bosques”.

El hallazgo, en definitiva, cambia la forma de entender qué significa conservar uno de los árboles más antiguos del planeta. Ya no se trata solo de cuidar una especie emblemática o una reliquia biológica de más de dos milenios, sino de preservar una red compleja que sostiene nutrientes, carbono, resiliencia y continuidad ecológica. Debajo del Alerce Abuelo, la ciencia encontró mucho más que raíces: encontró una parte decisiva del futuro del bosque.

Fuente: LA NACION.

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