China le respondió a EE.UU. por pruebas nucleares y tensó otro frente global

Actualidad26/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Pekín rechazó las acusaciones sobre ensayos secretos, cargó contra la política atómica de Washington y volvió a poner el foco en quién debe recortar primero su arsenal.

Cruce entre China y Estados Unidos por pruebas nucleares. Imagen creada con IA generativa por #LA17
Cruce entre China y Estados Unidos por pruebas nucleares. Imagen creada con IA generativa por #LA17

El cruce entre China y Estados Unidos por el desarme nuclear sumó este jueves 26 de marzo un nuevo capítulo y dejó al descubierto algo más profundo que una simple réplica diplomática. Pekín aprovechó la última embestida de Washington por supuestas pruebas secretas para devolver la presión y señalar que el verdadero peso del desarme sigue recayendo sobre la principal potencia nuclear occidental. En ese movimiento, la disputa dejó de girar solo alrededor de una acusación puntual y pasó otra vez al terreno más amplio de la estabilidad estratégica global.

La respuesta formal salió de boca de Jiang Bin, vocero del Ministerio de Defensa Nacional de China, que rechazó las afirmaciones estadounidenses como “calumnias infundadas” y reclamó que Washington asuma su “responsabilidad especial y principal” en materia de desarme nuclear. Según la versión difundida por Xinhua, Jiang sostuvo que China mantiene una estrategia nuclear de autodefensa, una política de no primer uso y un compromiso de no emplear ni amenazar con usar armas nucleares contra Estados no nucleares o zonas libres de ese armamento. También afirmó que Pekín conserva sus capacidades nucleares en el nivel mínimo que considera necesario para su seguridad nacional.


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La réplica china no apareció en el vacío, sino después de varias semanas de presión pública de parte de funcionarios estadounidenses. El 6 de febrero, en una conferencia internacional de desarme en Ginebra, el entonces subsecretario de Estado Thomas DiNanno acusó a China de haber realizado una prueba nuclear explosiva en 2020 y de haber intentado ocultarla mediante técnicas destinadas a reducir la huella sísmica. Días después, el 17 de febrero, otro funcionario estadounidense, Christopher Yeaw, aportó nuevos detalles sobre una supuesta explosión subterránea en el sitio de pruebas de Lop Nur, en el oeste chino.

Washington sostiene que ese episodio ocurrió el 22 de junio de 2020 y que los datos sísmicos recogidos en Kazajistán serían consistentes con una detonación subterránea. Sin embargo, esa lectura no quedó fuera de discusión: la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares indicó que no contaba con evidencia suficiente para confirmar con confianza esa acusación, y su director ejecutivo señaló que el sistema internacional de monitoreo no detectó un evento compatible con una prueba nuclear en ese momento. Esa diferencia entre la denuncia política de Estados Unidos y la cautela técnica de los organismos de control es uno de los puntos que hoy siguen trabando cualquier consenso.


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En su respuesta de este jueves, China intentó correr el eje de la discusión y ubicar a Estados Unidos en el centro del problema. Jiang afirmó que Washington persigue una seguridad absoluta, que debilitó consensos internacionales de control de armas y que invirtió fuerte en la modernización de su “tríada nuclear”. En la misma línea, cuestionó el desarrollo del sistema global de defensa antimisiles “Cúpula Dorada”, el despliegue de armas terrestres de alcance intermedio en Asia-Pacífico y la falta de un marco que reemplace al Nuevo START, el último gran tratado que limitaba arsenales estratégicos rusos y estadounidenses.

Ese contexto explica por qué el cruce actual excede la relación bilateral entre Pekín y Washington. El Nuevo START expiró el 5 de febrero de 2026, y Reuters remarcó que esa caída dejó a Estados Unidos y Rusia sin restricciones vinculantes sobre misiles y cabezas nucleares por primera vez desde 1972. A partir de ahí, el escenario internacional quedó mucho más expuesto a lecturas de peor caso, aumentos de arsenales y una carrera de modernización que también incluye a China.


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La pelea también se endureció porque desde Washington volvió a asomar la posibilidad de revisar su propia política de ensayos. El 24 de marzo, Reuters informó que DiNanno no descartó una eventual reanudación de pruebas subterráneas estadounidenses y reiteró en el Congreso las acusaciones contra China y Rusia. En ese debate, expertos en control de armas advirtieron que un regreso de Estados Unidos a los ensayos explosivos podría arrastrar a otras potencias y golpear de lleno al sistema global de no proliferación.

China, por su parte, mantiene otra línea argumental para rechazar la presión estadounidense: insiste en que su arsenal sigue muy por debajo del de Estados Unidos y Rusia, y que por eso no resulta ni justo ni realista exigirle que ingrese ya a una negociación trilateral en igualdad de condiciones. Reuters recordó en febrero que Washington proyecta que China supere las 1.000 ojivas hacia 2030, pero que Pekín sigue argumentando que su fuerza nuclear no está en la misma escala que la de las dos mayores potencias atómicas del planeta. Esa brecha es uno de los núcleos de la discusión que hoy bloquea cualquier nuevo tratado amplio.


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Lo que dejó este nuevo choque es una señal clara: el debate sobre desarme ya no pasa solo por cuántas armas tiene cada uno, sino por quién acepta recortar primero, bajo qué reglas y con qué grado de verificación internacional. China eligió convertir la acusación estadounidense en una contraofensiva política y diplomática, mientras Washington mantiene la presión con denuncias que todavía no lograron consenso técnico. Entre esa desconfianza cruzada, la ausencia de acuerdos y la modernización simultánea de arsenales, el tablero nuclear global quedó otra vez un poco más tenso.

Fuente: NA, Xinhua News, Reuters.

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