
La noticia se conoció este viernes y cerró la trayectoria de una intérprete singular, admirada en el teatro alternativo y presente en películas decisivas.

La noticia golpeó este viernes a una zona muy reconocible del teatro argentino: murió Marta Lubos, actriz, directora y docente, a los 82 años, después de una trayectoria que dejó marcas fuertes tanto en la escena como en el cine. La confirmación llegó a través del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (Celcit), que comunicó su fallecimiento en redes sociales durante la mañana. Con ella se apagó una presencia artística de perfil bajo, muy ligada al trabajo sensible sobre los personajes y a una forma de actuar alejada del ruido.
Su recorrido no siguió el camino habitual de una intérprete formada desde muy joven dentro del circuito profesional. Lubos contó que el deseo apareció temprano, pero una mala experiencia la alejó durante años del oficio. “A los 17 años me gustaba y tomé clases, pero tuve una mala experiencia y dejé”, recordó tiempo atrás en diálogo con LA NACION, al explicar por qué su ingreso al mundo actoral quedó suspendido durante dos décadas.


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Ese regreso tardío terminó definiendo buena parte de su identidad artística. A los 38 años, cuando atravesaba un momento familiar atravesado por la enfermedad de dos personas cercanas, decidió reordenar por completo su vida y avanzar hacia lo que realmente quería hacer. “¡Qué frágil que es la vida! Uno cree que siempre hay tiempo y de golpe te das cuenta de que no tenés más chances. Eso me hizo dar cuenta de que ya no quería ir robando cachitos de lo que me gustaba. Quería todo”, explicó sobre ese punto de inflexión.
La decisión no quedó en un impulso aislado ni en una búsqueda pasajera. Un año después se anotó en la escuela de teatro de Alejandra Boero, donde primero estudió y luego comenzó a enseñar, en un trayecto que combinó formación, trabajo y transmisión. Desde ahí armó una carrera muy personal, sostenida más por la constancia y por el rigor que por cualquier lógica de exposición masiva.
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Su presencia en cine la acercó a obras importantes del cine argentino y latinoamericano de las últimas décadas. Integró el elenco de La niña santa de Lucrecia Martel, El pasado de Héctor Babenco, El corredor nocturno junto a Leonardo Sbaraglia y La mirada invisible de Diego Lerman. También participó en títulos como Diarios de motocicleta y Whisky Romeo Zulu, dos películas de 2004 que ampliaron todavía más su visibilidad fuera del ámbito puramente teatral.
En el escenario construyó una trayectoria igual de sólida, aunque quizá más íntimamente asociada a quienes siguen el pulso del teatro argentino. Interpretó a Chéjov bajo dirección de Daniel Veronese en giras por distintos países y trabajó con nombres como Mariana Chaud, Emilio García Wehbi, Mariana Obersztern y Luciano Suardi. También llevó adelante Las troyanas con adaptación y dirección propias, una señal clara de que su trabajo no se agotaba en la actuación, sino que incluía una mirada escénica propia.
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Ese mapa de obras y colaboraciones también mostró una insistencia temática. Lubos atravesó piezas donde lo femenino aparecía con una potencia muy marcada, como Lengua madre sobre fondo blanco, Estaba en mi casa y esperaba que llegara la lluvia, En casa en Kabul y Dínamo. Esa línea le dio continuidad a una búsqueda expresiva en la que los personajes no funcionaban como figuras decorativas, sino como territorios complejos para explorar emociones, vínculos y contradicciones.
La actuación, además, le cambió la vida de una manera que ella misma describió con mucha claridad. Para poder dedicarse de lleno a ese camino, dejó un trabajo estable en el área administrativa del Teatro San Martín, con el respaldo de su propia convicción y de su familia. Más tarde sintetizó lo que encontraba en ese oficio con una frase que también explica buena parte de su sensibilidad artística: “El teatro te permite bucear dentro tuyo, encontrar facetas que nunca pudieron salir a la luz. Uno tiene infinitas formas de ser y la educación y las circunstancias hace que uno desarrolle solo algunas. Fue gracias a esta tarea y vocación que gané más libertad conmigo misma y mayor comprensión del ser humano. Siendo actriz se quiere más a las personas”.
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Con el paso de los años, esa construcción paciente le dio un reconocimiento particular dentro del ambiente teatral, sobre todo en la escena alternativa. Nunca cultivó una figura pública ruidosa, pero sí una relación muy cercana con espectadores que seguían su trabajo con atención. “Ahora entiendo que se me conozca un poco más dentro del teatro off -comentaba con cierta timidez-, pero antes, cuando la gente me reconocía, yo pensaba que era una equivocación. Después, con los años, descubrí que tengo seguidores que van a ver qué es lo que hago. Y eso me da mucha alegría porque entiendo que estoy llegando a determinadas personas a quienes les hace bien mi trabajo”, decía.
También dejó una mirada precisa sobre el oficio y sobre lo que el tiempo podía aportar a una intérprete. “Los años tienen a favor la experiencia que te ayuda, en este caso, a buscar recursos para enriquecer tus personajes”, afirmó en otra de las definiciones que mejor resumen su manera de entender la actuación. En esa frase convivían su llegada tardía al escenario, su aprendizaje persistente y una forma de trabajar donde la edad nunca aparecía como límite, sino como una fuente de profundidad.
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La despedida a Marta Lubos se realizará este viernes de 17 a 21.30 en la sala 1 de la casa velatoria Zucotti Hermanos, en la ciudad de Buenos Aires, según informó su entorno. Madre de dos hijos, docente, directora e intérprete, deja detrás una carrera construida sin apuro, pero con una densidad que el teatro y el cine argentinos reconocen con claridad. Su muerte cierra una trayectoria singular: la de una artista que llegó más tarde que otros, aunque encontró un modo propio y firme de quedarse.
Fuente: LA NACION.


















