Beirut escucha el diálogo con Israel entre rechazo, cansancio y deseos de paz

PODCASTS Radio Francia Internacional17/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Un podcast de RFI retrató una ciudad partida ante el contacto directo entre Israel y Líbano: del rechazo frontal al deseo de una paz posible.

Restos de un edificio en Beirut. Foto Radio LV11
Restos de un edificio en Beirut. Foto Radio LV11

Las imágenes del diálogo directo entre representantes de Israel y Líbano no encontraron una recepción uniforme en Beirut. Según el podcast “Enfoque Internacional” de Radio Francia Internacional, la capital libanesa aparece hoy atravesada por miradas opuestas frente a una negociación que, por primera vez en cuatro décadas, sentó a ambos países en conversaciones directas de alto nivel. Lo que surge del recorrido periodístico no es una ciudad alineada detrás de una sola expectativa, sino una sociedad marcada por la guerra, la memoria y la desconfianza.

El dato político del momento es fuerte por sí mismo. Israel y Líbano retomaron un canal de diálogo inédito en cuarenta años y eso, en cualquier otro contexto, podría leerse como una señal de alivio. En Beirut, en cambio, la apertura de esa mesa no borró el peso de los bombardeos ni la fractura que dejó la guerra sobre los barrios, las comunidades y las biografías personales.

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En Hamra, barrio de mayoría musulmana sunita, el peluquero Ahmed expresó una incomodidad que, según él, comparte una gran parte del país. “Al 80% de la población libanesa les disgusta. Solo le gusta al otro 20%”, sostuvo al referirse al acercamiento con Israel. La frase no sólo muestra rechazo, también expone una percepción social muy marcada sobre quiénes avalan ese tipo de conversaciones y quiénes las sienten ajenas.


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Ahmed no descarta cualquier contacto, pero sí le pone un límite muy preciso. “A mí me parece bien que se definan las fronteras y que se frene la guerra, pero sin establecer relaciones de paz. No quiero una embajada israelí en Líbano”, dijo. En esa posición conviven dos necesidades que no terminan de resolverse entre sí: bajar la violencia de inmediato y, al mismo tiempo, evitar que la salida diplomática derive en una normalización política más profunda.

A pocas cuadras de allí, el paisaje humano cambia y también cambia el tono de la respuesta. Un grupo de hombres expulsados por la guerra de Bint Jbeil, en el sur del Líbano y a apenas tres kilómetros de Israel, carga con una experiencia mucho más directa del daño. Entre ellos, Mohamed Baydun, referente local de ese municipio, fue terminante: “Por descontado que no. Como persona nacida y crecida en el sur del Líbano, como libanés chiita, esto no me representa, ni a mí ni a mi familia. Mi casa está destruida y no sé si has visto lo que ha ocurrido en Bint Jbeil, pero ahora mi pueblo es como Hiroshima”.


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La guerra, en ese tramo del relato, deja de ser una categoría geopolítica y se vuelve una escena doméstica arrasada. La destrucción del sur pesa sobre cualquier idea de acercamiento y vuelve casi imposible imaginar una negociación como gesto de avance. Baydun lo resumió con una frase que condensa una demanda mínima y brutalmente simple: “Que se queden de su lado de la frontera y que nos dejen en paz. Eso es todo lo que queremos”.

Pero Beirut no habla con una sola voz ni organiza su vínculo con la guerra desde una experiencia homogénea. En Ashrafieh, distrito cristiano de la capital, aparece una postura distinta, menos cerrada a la posibilidad de un entendimiento con Israel. Allí, Edmund sostuvo: “Tenemos que establecer relaciones de paz entre nosotros, pero que no sea entre un fuerte y un débil. Lo que no aceptan que les hagan a ellos, que no nos lo hagan a nosotros”.


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Ese matiz no surge en el vacío. El propio podcast remarca que los bombardeos israelíes evitan por lo general las zonas de mayoría cristiana, una diferencia territorial que también deja huella sobre cómo se piensa la guerra y sobre cuánta distancia existe entre el miedo, la pérdida y la expectativa de convivencia futura. Desde ese lugar, Edmund incluso imagina un intercambio impensable para otros libaneses: recibir turistas israelíes y poder viajar a Jerusalén para conocer las iglesias vinculadas a la vida de Jesús.

Su frase deja ver hasta qué punto la conversación se parte dentro de la misma ciudad. “¿Por qué no? Si tenemos relaciones de paz, ¿por qué no? Me encantaría ir a Jerusalén para ver las iglesias donde estuvo Jesús. Soy cristiano. Ellos se beneficiarían de esto y nosotros también. No está lejos de nosotros, está a solo una hora”, planteó. Ahí la paz deja de aparecer como humillación o amenaza y pasa a ser una oportunidad concreta de circulación, encuentro y apertura.


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Lo que el trabajo de RFI deja en claro es que la discusión sobre Israel no se juega igual en todos los barrios ni en todas las comunidades del Líbano. El peluquero sunita de Hamra, el referente chiita desplazado desde Bint Jbeil y el vecino cristiano de Ashrafieh no están evaluando únicamente una negociación diplomática: están leyendo la guerra desde marcas muy distintas, desde daños desiguales y desde horizontes incompatibles entre sí. Esa diferencia vuelve mucho más difícil construir una legitimidad social compartida para cualquier salida política.

La mesa entre Estados empezó a moverse, pero la calle beirutí todavía no muestra una paz imaginada de la misma manera. Para una parte de la población, el diálogo sólo sirve si detiene la guerra sin abrir otra cosa; para otra, ni siquiera alcanza a representar el dolor acumulado; y para una minoría, puede ser la puerta a un vínculo nuevo. Ahí queda planteado el verdadero límite de esta etapa: el canal diplomático existe, pero su traducción social en Beirut sigue lejos de estar resuelta.

Material publicado por gentileza Radio Francia Internacional

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