Importar deja margen hoy, pero erosiona el mercado que esas firmas necesitan

Actualidad18/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Un informe sobre grandes compañías detectó que cada vez más reemplazan producción local por bienes terminados del exterior sin bajar precios al consumidor.

Importaciones, Balanza comercial
Importaciones

Una zapatilla que entra al país con un costo cercano a $27.000 puede terminar exhibida a $100.000. Una cacerola importada por alrededor de $50.000 aparece luego a $384.000 en el mercado doméstico. La foto, repetida en rubros distintos, condensa el nuevo negocio de varias grandes firmas: traer más del exterior, fabricar menos en la Argentina y sostener márgenes altos aun con consumo debilitado.

El cambio no surge de un caso aislado ni de una sola rama de actividad. El informe citado por la fuente, elaborado por Martín Schorr y Gustavo García Zanotti para el IPyPP, tomó como referencia a más de diez empresas de distintos sectores y detectó un mismo patrón: pasar de la producción industrial local y la importación de insumos a la compra de bienes finales terminados. Esa mudanza de estrategia convive, además, con cierres de plantas, suspensiones y despidos que en muchos casos ya habían empezado a asomar en la agenda pública.


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El caso más extremo del relevamiento fue Adidas. Según el informe reproducido por Ámbito, la firma elevó sus importaciones un 257% entre 2023 y 2025 y llevó al país cerca de nueve millones de pares de calzado por u$s140 millones en 2025, contra menos de dos millones de pares y unos u$s33 millones en 2023. En paralelo, el trabajo remarca que el costo unitario importado de una zapatilla casual o deportiva ronda los u$s19, mientras el precio de venta más bajo en la tienda oficial se ubica cerca de los $100.000.

La misma lógica aparece en otros nombres fuertes del consumo masivo. Cencosud, a través de Easy, figura con un salto del 167% en sus compras externas y uno de los productos señalados son las sillas plegables con armazón metálico: el informe les adjudica un costo de importación de alrededor de $4.200, mientras el precio local se ubica en torno a $32.000. La distancia entre lo que cuesta traer el producto y lo que paga el consumidor se convirtió así en una pieza central para leer el negocio más allá del discurso de apertura y competencia.


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El contraste se vuelve todavía más potente cuando entra en escena la industria nacional que durante años construyó marca sobre producción propia. Essen y Lumilagro aparecen en el informe como dos casos emblemáticos: la primera aumentó sus importaciones un 62% y la segunda un 51%, al mismo tiempo que crecían sus compras de productos provenientes de China. En los números relevados, una cacerola importada por Essen ronda los u$s35,5 y un termo del exterior para Lumilagro cuesta cerca de u$s5,8, pero los valores finales al público quedaron muy por encima de esos pisos de importación.

Ese movimiento no quedó restringido a indumentaria u hogar. En la industria automotriz, el propio texto base habla de un desplome de más del 30% en la producción del primer bimestre y de una utilización de la capacidad instalada de apenas 38,9% en febrero, un dato que el INDEC confirmó esta semana. En espejo, los vehículos importados ya representan más del 80% de los patentamientos y BYD consiguió en marzo meterse entre las diez marcas más vendidas del país, una señal nítida del nuevo reparto del mercado.


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El rubro alimentos tampoco quedó afuera de esa reconfiguración. La fuente menciona a Coto, Mondelez y Nestlé como parte de una dinámica donde crecieron las compras externas de panificados y galletas que compiten con producción nacional. Ahí la discusión deja de ser sólo empresaria y toca un nervio cotidiano: importar más no garantiza precios más bajos en góndola, pero sí altera quién produce, quién vende y quién absorbe el costo social de esa sustitución.

El informe marca que este viraje puede sostener rentabilidad en el corto plazo, incluso en un mercado interno golpeado. La cuenta parece sencilla: bajar costos de abastecimiento con bienes terminados, proteger margen y aprovechar marca, red comercial o posicionamiento para seguir vendiendo caro. El problema empieza después, cuando esa misma estrategia erosiona empleo, salarios e ingresos y termina achicando la demanda doméstica sobre la que muchas de esas compañías todavía dependen.


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Ahí está la contradicción más áspera del nuevo esquema. Las empresas encuentran una vía rápida para defender resultados financieros, pero al mismo tiempo debilitan el ecosistema que les compra: menos producción local, menos trabajo, menos ingreso disponible y un mercado más flaco hacia adelante. El costo no aparece de inmediato en el balance trimestral, pero sí puede aparecer en el mediano plazo cuando la misma firma que hoy reemplaza industria por importación descubra que su cliente también quedó más pobre.

La apertura comercial, entonces, no se agota en el debate ideológico entre protección o libre ingreso de mercadería. También reordena la anatomía del negocio y expone qué parte del beneficio se traslada al consumidor y qué parte se captura como margen. El riesgo que deja planteado este informe no es sólo productivo: es que varias grandes compañías puedan ganar hoy vendiendo importado, pero terminen achicando mañana el mercado interno que todavía necesitan para seguir siendo rentables.

Fuente: Ámbito, INDEC.

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