Balas que no salieron y bombas fallidas: la increíble historia de los magnicidios en Argentina

Enfoques01/05/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Desde la "Máquina Infernal" contra Rosas hasta el ataque a Cristina Kirchner, la política argentina convive con la violencia. Un repaso por los errores que cambiaron el destino nacional.

Intento de magnicidio Alfonsín Cristina
Intento de magnicidio Alfonsín Cristina

La mecánica de un arma defectuosa decidió más de una vez la continuidad de un gobierno en el país. Fernando André Sabag Montiel gatilló una pistola Bersa frente a Cristina Fernández de Kirchner y el proyectil nunca salió de la recámara. Esa misma suerte protegió a Raúl Alfonsín en San Nicolás cuando Ismael Abdala intentó dispararle en varias oportunidades durante un acto de campaña. Las armas fallan, los hombres dudan y la historia argentina sigue su curso muchas veces por un simple capricho técnico.

Antes de la pólvora defectuosa, la violencia buscaba formas más primitivas pero igual de brutales para eliminar al adversario. Ignacio Monges atacó a Julio Argentino Roca con una piedra voluminosa en plena Plaza de Mayo durante un desfile militar. La herida de siete centímetros llegó hasta el hueso del presidente, quien luego sorprendió a la opinión pública con un indulto para su agresor. El atacante justificó su acción bajo la idea de "salvar la patria" frente a una situación política que juzgaba "insoportable".


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El veneno también formó parte de los planes oscuros para terminar con la máxima autoridad del Estado nacional. Domingo Faustino Sarmiento sobrevivió en 1873 a un ataque de tres sicarios italianos en la esquina de Maipú y Corrientes. Los atacantes portaban balas cargadas con sulfato de estricnina para asegurar la muerte del mandatario sanjuanino en caso de impacto. El trabuco falló, los delincuentes huyeron y el primer intento documentado contra un presidente constitucional quedó registrado como un fracaso rotundo.

Las cajas de regalo y los bultos explosivos marcaron la era de las conspiraciones más sofisticadas del siglo diecinueve. Juan Manuel de Rosas recibió una encomienda modificada que los unitarios exiliados bautizaron como "La Máquina Infernal". La trampa consistía en medallas enviadas desde Dinamarca que ocultaban un artefacto explosivo diseñado para estallar al abrirse. El plan se descubrió antes de llegar a manos del Restaurador y terminó reforzando el apoyo popular hacia su figura en un momento de extrema tensión.


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El anarquismo utilizó los explosivos caseros como su herramienta de protesta más recurrente a principios de la década del mil novecientos. José Figueroa Alcorta vio cómo un joven obrero mosaiquista arrojaba un bulto con dinamita a sus pies al bajar de su vehículo. El dispositivo no detonó de la manera prevista y el atacante, Francisco Solano Regis, logró escapar de la cárcel tiempo después sin dejar rastros. Estos episodios reflejaban un clima social de agitación obrera que la política institucional no lograba contener pacíficamente.

El asesinato de Ramón L. Falcón representa el caso más extremo de esta violencia ideológica que marcó el inicio del siglo pasado. Aunque no ejercía la presidencia, el Jefe de la Policía representaba el orden represivo que derivó en la "Semana Roja". Simón Radowitzky arrojó una bomba contra su carruaje y terminó con la vida del funcionario y su secretario de manera inmediata. Fue una de las pocas veces donde el mecanismo de muerte funcionó con precisión en las calles del centro porteño.


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Los desfiles y actos públicos sirvieron históricamente de escenario para atacantes solitarios que buscaban visibilidad política. Victorino de la Plaza presenció un disparo dirigido a su balcón en la Casa Rosada durante las celebraciones del Centenario de la Independencia. Juan Mandrini, el agresor de 24 años, aseguró después que solo buscaba simular un ataque para protestar por la realidad económica del país. La seguridad capturó al joven entre la multitud que llenaba la Plaza de Mayo bajo el estupor del estruendo del revólver.

Los traslados en vehículos oficiales también fueron momentos de extrema vulnerabilidad para los líderes elegidos por el voto popular. Hipólito Yrigoyen salvó su vida en 1929 cuando un anarquista disparó cinco veces contra su automóvil mientras circulaba por el barrio de La Boca. Las maniobras evasivas del chofer y la respuesta de los custodios terminaron con la muerte del atacante en el lugar del hecho. Este atentado precedió al quiebre institucional que sacaría al líder radical del poder apenas unos meses más tarde.


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La cronología registra un único caso de secuestro y ejecución de un expresidente en el marco de la lucha armada organizada. Pedro Eugenio Aramburu murió en manos de la organización Montoneros en 1970 como respuesta a los fusilamientos ocurridos durante su mandato de facto. Este asesinato instaló una nueva dinámica de violencia política que marcó a fuego la década del setenta en toda la República Argentina. La fragilidad de los líderes ante el fanatismo sigue vigente, recordándonos que el destino de un país suele pender de un gatillo que no suena.

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