
El continente blanco dejó de ser un destino excepcional: los cruceros, desembarcos y viajes al interior multiplican riesgos ambientales en zonas sensibles.



Más de 122.000 visitantes llegaron a la Antártida durante la temporada 2023-24, una cifra que expone el cambio profundo de un territorio que durante décadas fue visto como el último espacio ajeno a la turistificación masiva. El dato representa un aumento del 1.120% en tres décadas, si se lo compara con los 8.000 pasajeros que desembarcaron en 1993-94. La tendencia vuelve visible una paradoja cada vez más difícil de administrar: el interés por conocer uno de los ambientes más remotos del planeta crece al mismo tiempo que se acumulan advertencias sobre su fragilidad ecológica.
El fenómeno no se limita a la presencia de cruceros en el paisaje antártico. La expansión incluye desembarcos, excursiones en zodiac, kayak, escalada y viajes hacia zonas de campo profundo, con actividades concentradas principalmente en la Península Antártica. Ese volumen de movimiento turístico introduce una presión adicional sobre ecosistemas que ya enfrentan alteraciones vinculadas al deshielo, las corrientes oceánicas y los cambios climáticos.


OTRAS NOTICIAS:
El crucero MV Hondius, promocionado como una experiencia hacia destinos remotos desde Ushuaia, funciona como una postal de esa transformación. La ciudad fue mencionada en la oferta turística como punto de partida hacia el continente blanco, dentro de una tendencia que se consolida con operadores especializados. La Antártida, antes asociada casi exclusivamente a misiones científicas y presencia logística, aparece ahora incorporada a circuitos comerciales de alta demanda internacional.
Las estadísticas de la IAATO, la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártida, muestran la velocidad del crecimiento. En la temporada 2013-14 se registraron 27.700 visitantes con desembarco, mientras que en 2023-24 la cifra llegó a casi 78.900. A ese número se sumaron 43.200 turistas en cruceros sin desembarco, lo que elevó el total de visitantes por encima de los 122.000.
OTRAS NOTICIAS:
Las proyecciones para 2024-25 mantienen el fenómeno en niveles altos. Según los datos disponibles, se esperan 36.769 visitantes sin desembarco y 80.434 con desembarco, una combinación que confirma el peso de los viajes marítimos en la actividad. Aunque no todos pisan suelo antártico, la presencia de cruceros, los trayectos frecuentes y la concentración en sectores sensibles forman parte de la misma presión turística.
El turismo de campo profundo agrega otro componente al escenario. El relevamiento menciona 938 personas que exploran el interior o la Península Antártica, con una mayoría de visitantes estadounidenses, que representan el 44,6% del total de ese segmento. También aparecen turistas de Australia y China, con 8% cada uno, además de británicos, canadienses, alemanes, argentinos y brasileños.
OTRAS NOTICIAS:
El crecimiento futuro inquieta a especialistas por la escala que podría alcanzar la actividad. Un estudio publicado en Journal of Sustainable Tourism advierte que, si se mantiene la tasa anual del 14% registrada entre 1992 y 2024, el número de visitantes podría cuadruplicarse en la próxima década. Bajo ese ritmo, la Antártida podría recibir 452.000 turistas en la temporada 2033-34, una cifra que cambiaría todavía más el vínculo entre conservación y acceso turístico.
Las normas actuales intentan reducir impactos directos sobre la fauna, la flora y los espacios de desembarco. La IAATO exige pautas como no tocar animales, no alimentarlos y no dañar plantas, además de regular la frecuencia, duración y cantidad de visitantes en determinadas actividades. Sin embargo, el cumplimiento de esas reglas no elimina los riesgos asociados a especies invasoras, enfermedades, emisiones de cruceros e impactos acumulativos sobre hábitats vulnerables.
OTRAS NOTICIAS:
Entre las advertencias citadas aparece la introducción de césped en las Islas Shetland del Sur, un ejemplo de cómo una especie ajena puede alterar ambientes extremos. También se menciona la gripe aviar en islas subantárticas, con efectos devastadores sobre focas. A eso se suma la huella de los cruceros, los desembarcos frecuentes y la interacción del turismo con procesos ambientales que ya degradan hábitats y reducen fauna silvestre.
El marco regulatorio tiene como base el Protocolo de Protección Ambiental del Tratado Antártico, vigente desde 1991, que designa la región como “reserva natural”. Ese principio convive con una actividad turística cada vez más sofisticada, más demandada y más diversificada. La tensión se concentra en cómo permitir visitas controladas sin transformar al continente blanco en un destino masivo de difícil gestión ambiental.
OTRAS NOTICIAS:
La especialista Valeria Senigaglia sostiene que hace falta ir más allá de los controles actuales y avanzar hacia un marco turístico integral. Su planteo apunta a preservar el valor de la Antártida para las futuras generaciones, en un contexto donde la regulación por operadores puede resultar insuficiente frente a la velocidad del crecimiento. La discusión pendiente ya no es solo cuántos turistas pueden llegar, sino qué tipo de actividad se permite, en qué zonas y bajo qué límites.
La Antártida quedó frente a una presión que ya no puede medirse solo por la cantidad de barcos o pasajeros. El aumento sostenido de visitantes, la expansión de actividades en zonas sensibles y las proyecciones de crecimiento colocan al continente en una situación de vigilancia permanente. El límite operativo será definir reglas capaces de sostener la curiosidad humana sin comprometer un ambiente que depende, precisamente, de su baja intervención.


















