El clarete vuelve a escena y gana lugar entre los vinos livianos del verano

Actualidad07/01/2026Sergio BustosSergio Bustos
clarete vino
Vuelve el vino clarete.

El mundo del vino suele ordenarse por colores, aunque esa clasificación deja afuera estilos que no encajan con precisión en blancos, rosados o tintos. En ese terreno intermedio reaparece el clarete, un vino de tono atenuado y estructura liviana que en los últimos años volvió a ganar espacio en las góndolas locales.

Desde el punto de vista normativo, la legislación argentina encuadra a los claretes dentro de los rosados. Sin embargo, en la práctica, el término describe un abanico más amplio que incluye desde tintos muy ligeros hasta rosados intensos, siempre con un perfil visual y gustativo más sutil que el de los tintos tradicionales.

El nombre tiene raíces históricas. Remite a los vinos que Burdeos exportaba a Inglaterra durante la Edad Media, conocidos como “claret” por su color pálido en comparación con los vinos más oscuros del Mediterráneo. Esa referencia sigue vigente para definir vinos de menor intensidad cromática.


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En términos de elaboración, el clarete se distingue por la fermentación conjunta de uvas tintas y blancas. Ese proceso no solo define el color, sino que también modifica el perfil sensorial. Aunque las proporciones varían según el productor, la uva tinta suele marcar el paladar, mientras que la blanca aporta matices aromáticos.

En la escena argentina reciente, comenzaron a aparecer con mayor frecuencia claretes identificados como tales. Muchos de ellos combinan Malbec y Torrontés, una dupla poco habitual en otros estilos, que genera vinos con aromas florales y una estructura suave, lejos del esquema clásico del tinto robusto.

El atractivo actual del clarete se apoya en varias características compartidas. Son vinos ligeros, con taninos apenas perceptibles y una expresión aromática que resulta distinta a la de los tintos jóvenes. En los casos donde interviene el Torrontés, aparecen notas florales como rosas blancas o jazmín, poco comunes en vinos de base tinta.


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Ese perfil liviano también amplía sus posibilidades en la mesa. Servidos refrescados, los claretes funcionan con comidas informales y platos de verano, desde una picada hasta preparaciones simples, sin que el vino domine al conjunto ni resulte pesado.

Dentro de la oferta local, distintas bodegas propusieron interpretaciones propias del estilo. Hay claretes elaborados como vinos naturales, otros con paso breve por barrica y algunos que se ubican más cerca del rosado o del tinto, según su estructura y su expresión aromática.

El consumo también plantea una discusión habitual: la temperatura. El clarete no se sirve helado como un blanco, pero tampoco a temperatura ambiente. El punto ideal se ubica entre 10 y 12 grados, una franja que realza la frescura sin apagar aromas ni endurecer el paladar.

En ese equilibrio entre historia, técnica y nuevas lecturas, el clarete vuelve a ocupar un lugar definido. Sin pretender encasillarse, se consolida como una alternativa para quienes buscan vinos frescos, versátiles y con identidad propia dentro del mapa vitivinícola argentino.

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