
La luna Europa pone una pista nueva y el océano oculto de Júpiter se vuelve más “habitable”
Actualidad01/02/2026
REDACCIÓN
Dos estudios describen cómo energía y nutrientes podrían llegar al océano bajo el hielo de Europa. El foco: sales, radiación y mareas que no se detienen.


Europa, una de las lunas más observadas de Júpiter, vuelve a aparecer en el radar científico por una pregunta que no se agota: si debajo de su hielo existe un océano capaz de sostener vida. La superficie se ve hostil, castigada por radiación, y a más de 600 millones de kilómetros del Sol. Pero la hipótesis interesante no mira hacia arriba, mira hacia adentro.
El punto de partida es conocido, aunque cada vez más sólido: bajo kilómetros de hielo se escondería un océano salado con más agua líquida que todos los océanos terrestres juntos. La dificultad siempre fue explicar cómo un ambiente así podría mantenerse “vivo” en términos químicos, sin luz solar y con una barrera helada que parece sellarlo. Dos líneas recientes de investigación suman piezas a ese rompecabezas sin prometer descubrimientos mágicos.
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Por un lado, geofísicos de Washington State University propusieron un mecanismo para que materiales de la superficie bajen hacia el océano subterráneo. La idea se apoya en un proceso conocido en geología terrestre, la delaminación, adaptado a condiciones extremas mediante simulaciones por computadora. Allí aparece un detalle decisivo: zonas del hielo ricas en sal que se vuelven más densas y menos estables.
El modelo plantea que ese hielo cargado de sales puede separarse lentamente del entorno, hundirse dentro de la corteza y transportar compuestos hacia abajo. Eso le daría una vía concreta a los nutrientes generados en superficie, que hoy se consideran posibles “alimentos” microbianos. El autor principal del estudio, Austin Green, lo explicó con una definición que apunta directo al problema: “Esta es una idea novedosa en la ciencia planetaria, inspirada en una idea bien entendida en las ciencias de la Tierra”.
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La novedad no queda solo en el mecanismo, sino en su persistencia en el tiempo. Las simulaciones sugieren que la delaminación podría repetirse durante períodos geológicos largos, lo que transformaría al proceso en una fuente constante de aporte químico. Ese rasgo importa porque un ecosistema microscópico, si existiera, no depende de un “evento” aislado, sino de continuidad. El trabajo se publicó en The Planetary Science Journal y se conecta con preguntas que ya guían misiones espaciales.
Ahí entra la segunda línea: un informe respaldado por NASA que retoma el criterio clásico de habitabilidad. La discusión se apoya en tres ingredientes: agua líquida, química adecuada y una fuente de energía disponible por mucho tiempo. En esa lectura, Europa encaja mejor que muchos otros mundos del sistema solar, incluso sin ofrecer certezas sobre organismos vivos.
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El informe también aparece enlazado con la misión Europa Clipper, lanzada en 2024, que apunta a estudiar la estructura del hielo, el océano y señales indirectas de intercambio entre superficie y profundidad. La nave busca rastros de composición química y actividad térmica, entre otros indicadores, para evaluar si el “sistema Europa” funciona como un ambiente dinámico. No va a “buscar vida” como en una película, sino a acotar hipótesis con datos medibles.
La explicación de por qué Europa puede sostener un océano líquido también suma una pieza física que se repite en el texto: la flexión de marea. La gravedad de Júpiter estira y comprime a Europa durante su órbita, deforma su interior y genera calor. Ese calor interno podría evitar que el océano se congele por completo y, además, facilitar intercambios entre núcleo rocoso, agua y capa de hielo.
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La evidencia de ese océano, según el texto, se apoya en datos de la sonda Galileo, que detectó señales inducidas por el campo magnético de Júpiter compatibles con un mar salado bajo la superficie. También aparecen observaciones comparativas de imágenes de Juno que sugieren actividad reciente en algunas regiones. A eso se suman miradas del Telescopio Espacial James Webb y menciones sobre detecciones del Telescopio Espacial Hubble vinculadas a señales de material superficial conectado al océano.
En el plano químico, el texto pone el foco en dos fuentes posibles de “ingredientes”: la formación original de la luna y el aporte por impactos de asteroides y cometas. Además, la radiación que castiga la superficie de Europa no solo destruye: también reactiva, porque favorece reacciones que generan compuestos complejos. Si esos compuestos bajan por vías como la delaminación, el océano ganaría diversidad química, un requisito básico para pensar en procesos sostenidos.
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La energía, tercer ingrediente, aparece ligada a reacciones químicas y a la posibilidad de oxígeno generado por radiación en superficie. Si parte de ese oxígeno llegara al océano, podría participar en reacciones con liberación de energía aprovechable por microorganismos. El texto también abre otra ventana: el contacto entre el océano y el lecho marino rocoso, con chances de actividad hidrotermal, una analogía tomada de ambientes terrestres que funcionan sin luz solar.
En el informe se cita además a expertos de Agencia Espacial Europea, con una formulación que resume por qué el caso Europa concentra expectativas: “La luna helada de Júpiter, Europa, podría contener estos componentes esenciales y ser tan antigua como la Tierra. La NASA envía la sonda Europa Clipper para realizar una exploración detallada de Europa e investigar si esta luna helada, con su océano subterráneo, tiene la capacidad de albergar vida. Comprender la habitabilidad de Europa ayudará a los científicos a comprender mejor el potencial de encontrar vida más allá de nuestro planeta y nos guiará en nuestra búsqueda”. El mensaje, más que prometer vida, explica por qué vale mirar.
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Con estos avances, la ciencia no anuncia hallazgos de organismos, pero sí reduce incertidumbres clave: cómo se moverían nutrientes, de dónde vendría la energía y por qué el océano podría mantenerse activo por millones de años. Europa aparece menos como una bola quieta de hielo y más como un sistema con ciclos. Y en esa diferencia se juega buena parte de la búsqueda moderna de condiciones para la vida fuera de la Tierra.
Fuente: Infobae.


















