Un estudio vinculó la exposición al humo de incendios forestales con un mayor riesgo de sufrir un ACV

Actualidad01/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
incendio en Epuyén
incendio en Epuyén

Un estudio asoció el humo de incendios con 17.000 ACV anuales en EE.UU. y advirtió que no hay “umbral seguro” para la exposición recurrente.

El verano de incendios suele medirse por hectáreas, columnas de humo y rutas cortadas, pero la ciencia empieza a mostrar otra cuenta, más silenciosa y difícil de seguir en tiempo real. Un estudio publicado en el European Heart Journal vinculó la exposición a partículas finas del humo con alrededor de 17.000 accidentes cerebrovasculares por año en Estados Unidos. No habla de casos aislados ni de un pico puntual: habla de un riesgo que se repite y se acumula.

La investigación fue liderada por Yang Liu, profesor de la Rollins School of Public Health de Emory University, y parte de una inquietud que la medicina ya no puede explicar solo con lo conocido. “El accidente cerebrovascular es una de las principales causas de discapacidad y muerte en todo el mundo, y su frecuencia sigue aumentando. Los factores de riesgo tradicionales como la hipertensión y la diabetes no explican completamente esta tendencia”, planteó Liu. Ese punto abre una agenda nueva: mirar el aire como factor de riesgo cerebral.


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El equipo analizó datos de unos 25 millones de personas mayores de 65 años cubiertas por Medicare entre 2007 y 2018. En ese período, cerca de 2,9 millones sufrieron un accidente cerebrovascular, un volumen que permite detectar patrones con mayor robustez estadística. Para estimar la exposición individual al material particulado fino PM2.5, los investigadores combinaron inteligencia artificial con registros ambientales y lograron una precisión que, según el texto, no se había alcanzado antes en este tipo de estudios.

El hallazgo más fuerte aparece cuando se compara el humo de incendios con otras fuentes habituales de contaminación. Por cada aumento de 1 microgramo por metro cúbico (µg/m³) de PM2.5 proveniente de incendios forestales, el riesgo de ACV sube 1,3%. En contraste, el mismo incremento de PM2.5 generado por tránsito o plantas eléctricas se asoció a un aumento del 0,7%, casi la mitad.


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Liu fue explícito al interpretar esa diferencia: “Esto sugiere que el humo de incendios forestales puede ser incluso más dañino para el cerebro y los vasos sanguíneos que la contaminación proveniente de otras fuentes”. El argumento no se apoya en una intuición, sino en la composición del humo, que puede contener compuestos capaces de disparar inflamación y estrés oxidativo, dañando vasos sanguíneos y favoreciendo la formación de coágulos. La amenaza no siempre se percibe porque el daño no se ve en el momento.

En esa misma línea, la científica especializada en salud ambiental Jennifer Stowell, de la University of Maryland, explicó por qué el humo de incendios puede resultar especialmente agresivo. “Hay mucha materia orgánica, productos químicos y partículas que normalmente no vemos en la contaminación del tráfico o la industria, y que pueden liberarse durante un incendio. Esto es especialmente cierto si se queman estructuras hechas por el hombre, lo que genera emisiones sintéticas altamente tóxicas que normalmente no respiramos”, señaló. Esa frase desplaza el foco: no se trata solo de bosque, también de lo que arde cuando el fuego alcanza áreas construidas.


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El estudio también pone sobre la mesa un problema incómodo para la gestión de riesgos: no existe un nivel seguro de exposición al humo. “Nuestros resultados también sugieren que no existe un umbral seguro aparente para la exposición al humo. Eso significa que incluso el humo recurrente y ‘moderado’ podría tener consecuencias, no solo los eventos extremos”, remarcó Liu. El mensaje es claro: no alcanza con mirar solo los días “rojos” del índice de calidad de aire.

Las poblaciones rurales y suburbanas aparecen como especialmente expuestas, por su cercanía a las zonas donde se inician incendios con mayor frecuencia. A ese riesgo se suma una dimensión social que suele quedar fuera de los modelos: la evacuación y la interrupción de la atención médica durante estos episodios pueden agravar el escenario. “Las personas que viven cerca de incendios forestales pueden experimentar el estrés de tener que evacuar su hogar, lo que también puede interrumpir su atención médica habitual”, detalló el investigador.


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Desde el estudio, el llamado no se limita a una recomendación individual, aunque también la incluye. Liu mencionó conductas preventivas como usar filtrado de aire en interiores y limitar la actividad física al aire libre cuando el humo se intensifica. “Las conductas preventivas, como encender sistemas de filtrado de aire en interiores y limitar la actividad física al aire libre en días de mucho humo, no son solo una cuestión de comodidad, también pueden ayudar a prevenir un accidente cerebrovascular”, sostuvo, ubicando la prevención en un plano sanitario y no meramente “de bienestar”.

El trabajo también empuja una discusión política sobre infraestructura de cuidado durante emergencias ambientales. Propone mejorar refugios con aire limpio y garantizar acceso a medicación y atención médica en zonas afectadas, porque el riesgo no depende solo de respirar humo, sino del contexto de vulnerabilidad que se arma alrededor. En ese punto, la evidencia científica empieza a traducirse en criterios de gestión pública.


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El editorial que acompaña el estudio, a cargo de Kai Chen y su equipo en la Yale School of Public Health, refuerza una idea de largo plazo: “El humo de incendios forestales se ha convertido en una fuente cada vez más importante de partículas finas debido a que el cambio climático impulsa incendios más frecuentes e intensos en los últimos años”. La consecuencia de esa lectura es directa: el humo pasa a ser un factor de riesgo persistente, no una excepción estacional.

Incluso dentro de los límites del propio estudio, la cifra podría estar por debajo del problema real. La investigación se centró en personas con cobertura tradicional de Medicare y dejó afuera a quienes tienen seguros privados, un grupo que representa más del 40% de los adultos mayores en Estados Unidos. Liu lo reconoció sin rodeos: “Creo que la verdadera magnitud del problema es mucho, mucho mayor que la que mostramos en este estudio”. En esa frase queda condensada la advertencia: el humo no termina cuando se apaga el fuego, y el impacto sobre el cerebro empieza a dimensionarse recién ahora.

Fuente: Infobae.

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