
La fruta andina que bajó marcadores inflamatorios y abrió una pista para el intestino
PODCASTS Radio Francia Internacional02/02/2026
REDACCIÓN
En el podcast “Salud y Bienestar” de Radio Francia Internacional, investigadores de la Universidad de Chile explicaron un estudio con uchuva: en laboratorio bajó citoquinas asociadas a EII y piden más pruebas.
La uchuva, también conocida como golden berry o cereza del Perú, volvió a aparecer en el radar científico no por moda sino por resultados de laboratorio, según se contó en el podcast “Salud y Bienestar” de Radio Francia Internacional. Un equipo de la Universidad de Chile investigó su potencial antiinflamatorio con un enfoque que buscó acercarse a lo que ocurriría tras el consumo real del fruto. La conclusión, por ahora, no habla de cura ni de tratamiento directo: habla de evidencia in vitro y de una base para seguir.
La investigación se concentró en la fruta Physalis peruviana, una baya amarilla tirando a naranja, envuelta en un cáliz, que en distintos países recibe nombres como uchuva, uvilla o aguaymanto. Los experimentos se realizaron en el Laboratorio de Micronutrientes del INTA, el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos. El trabajo se publicó en la revista Journal of the American Nutrition Association, un dato que ubica la discusión fuera del rumor y dentro de la circulación académica.


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Uno de los puntos que le da singularidad al estudio es el método elegido. En lugar de trabajar solo con compuestos aislados o extractos químicos tradicionales, el equipo preparó un extracto a partir de una digestión in vitro, con la idea de simular el paso por el tracto gastrointestinal. Esa decisión no es un detalle, porque cambia qué compuestos quedan disponibles y cómo podrían actuar en el intestino.
El profesor Miguel Arredondo, director del laboratorio, explicó que partían de antecedentes previos pero necesitaban comprobar efectividad y composición real. Dijo: “teníamos antecedentes de que esta fruta tenía características de poseer elementos compuestos antiinflamatorios, pero necesitábamos determinar si realmente eso era efectivo”. También señaló una dificultad frecuente en alimentos naturales: “todo depende del sol, del agua, de la tierra”, y por eso los componentes pueden variar según la zona de cultivo.
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La nutricionista Daniela Moya, primera autora del estudio, detalló que el fruto ya había sido estudiado de forma parcial, sobre todo aislando compuestos con enfoque farmacológico. En sus palabras, se habían observado efectos antiinflamatorios, regulación de glicemia, antioxidantes y antimicrobianos, pero faltaba probar el fruto “propiamente tal” bajo un modelo que simule consumo. En ese sentido, el nuevo enfoque buscó imitar condiciones reales de digestión y luego evaluar efectos celulares.
El procedimiento incluyó homogenizar la pulpa y someterla a fases oral, gástrica e intestinal con ajustes de pH y enzimas específicas, para generar el extracto. Luego se trabajó con grupos de control y con un estímulo inflamatorio, porque el objetivo era medir si el extracto lograba reducir marcadores elevados en un contexto de inflamación. Moya lo explicó como una secuencia lógica: primero se induce inflamación en células y después se observa si el extracto revierte parte del proceso.
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Los resultados se midieron a través de citoquinas y quimiocinas proinflamatorias asociadas a la inflamación intestinal. El estudio observó una disminución de marcadores como interleuquina 8 e interleuquina 18, y también de una proteína quimiotradiente que recluta monocitos al sitio inflamado, lo que puede exacerbar daño. En el relato del podcast, el foco estuvo en que esos marcadores suelen aparecer elevados en enfermedad inflamatoria intestinal (EII) y se vinculan con daño en la mucosa.
Otro hallazgo interesante fue que no aparecieron intactos los compuestos “clásicos” descritos en literatura, algo que el equipo consideró esperable. Moya señaló que esos compuestos pudieron degradarse por el pH y las enzimas digestivas, y aun así se encontraron otros elementos bioactivos. En el extracto detectaron, por ejemplo, glucósidos, cumarinas, terpenos y derivados de indoles, mencionados como posibles responsables del efecto antiinflamatorio observado.
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En ese punto, los investigadores insistieron en la prudencia sobre el alcance real del hallazgo. Moya fue clara al describir cuál es el escalón siguiente: después de estudios in vitro deben venir modelos animales, para evaluar bioabsorción y biodisponibilidad, y recién luego ensayos clínicos en humanos. La autora definió el trabajo como “la primera aproximación” para pensar a la uchuva como complemento potencial en el abordaje de EII.
El estudio se enfocó específicamente en enfermedades inflamatorias intestinales como la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa, aunque en el audio se mencionó la posibilidad de explorar otras patologías vinculadas a inflamación crónica. El mensaje de fondo no fue “coman uchuva” sino “acá hay una pista que merece investigación”. En tiempos donde la nutrición se llena de promesas rápidas, el valor de este trabajo está en su método y en su límite: muestra un efecto en laboratorio y abre preguntas, no certezas clínicas.
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Sobre el consumo, el podcast menciona que el estudio trabajó con una equivalencia de 50 gramos, estimada en diez a doce bayas como referencia experimental, sin presentarlo como recomendación médica. Ese dato sirve para dimensionar qué cantidad se usó en el modelo, no para trasladarlo automáticamente a la vida cotidiana. La investigación, en definitiva, deja un primer resultado y una tarea pendiente: pasar del laboratorio al cuerpo humano con pruebas que todavía no están hechas.
Material publicado por gentileza Radio Francia Internacional
















