Las historias de ucranianos refugiados en España a cuatro años de la guerra: idioma, trabajo y prejuicios

PODCASTS Radio Francia Internacional24/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

A cuatro años de la guerra, un informe de RFI retrata a ucranianos en España: aprender español, buscar empleo, alquilar vivienda y lidiar con xenofobia.

Ucranianos refugiados en España. Foto EFE/Rodrigo Jiménez/El Confidencial
Ucranianos refugiados en España. Foto EFE/Rodrigo Jiménez/El Confidencial

La historia llega desde el podcast “Enfoque Internacional” de Radio Francia Internacional (RFI), que recorrió Madrid para escuchar a ucranianos que armaron una vida nueva en España mientras la guerra en su país cumple cuatro años. En el informe del corresponsal Juan Cascón aparece un dato que ordena todo lo demás: en España viven cerca de 340.000 ucranianos, y tres de cada cuatro cuentan con protección temporal. El problema, dicen los propios refugiados, es que lo “temporal” muchas veces se vuelve definitivo sin que la integración resulte simple ni pareja.

En ese clima, el idioma funciona como una frontera cotidiana. No se trata solo de aprender vocabulario, sino de conseguir trabajo, alquilar un departamento, sostener vínculos afectivos y esquivar prejuicios. Las voces del informe muestran que el español se transforma en herramienta para sobrevivir, pero también en un espejo: marca acentos, acorta oportunidades y obliga a corregirse todo el tiempo para no quedar afuera.

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Daria salió de Ucrania con 20 años, poco después de que empezara el conflicto, y ahora tiene 24. Su relato rompe con la idea de una estadía provisoria: “Al principio yo estaba pasando bastante mal, al final dejaba toda mi familia ahí. Ahora mismo estoy bastante cómoda en saber que me voy a quedar aquí para siempre”, afirma. En esa frase aparece el costo emocional del exilio y también una decisión que cambia el mapa: no se trata de esperar a volver, sino de aprender a pertenecer.


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Cuando llegó, casi no hablaba español y encontró apoyo para acelerar el aprendizaje. A través de la ayuda de la Cruz Roja, tomó clases y consiguió empleo, y hoy usa el idioma todos los días en el bar donde trabaja. La adaptación también se volvió íntima: su pareja es española y esperan un bebé, un dato que vuelve más urgente el deseo de hablar “bien” y sin trabas.

El vínculo, cuenta Daria, se convirtió en una práctica constante, con paciencia y correcciones que a veces cansan, pero empujan. “Es bastante lindo porque incluso me hace a veces exámenes. A ver, ¿esta palabra qué significa? ¿Qué piensas? Y él es muy paciente. Si yo no entiendo, él me puede repetir dos, tres o cuatro veces, pero yo quiero tener un poquito menos acento por el tema de que como voy a tener una hija, que pueda hablar con ella bastante más fácil y que no aprende el acento ni algunas palabras que pronuncio mal o lo que sea”, relata. En esa búsqueda aparece una tensión silenciosa: hablar para integrarse, pero sin perderse.


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El aprendizaje no queda en lo individual y se mete en las casas enteras. Iegor, de 18 años, vive con sus padres y dos hermanos en Madrid y estudia Administración de Empresas en la universidad. En su familia nadie hablaba español antes de llegar, y él incluso arrastraba otro idioma en la mochila, porque venía con alemán en curso. “De mi familia nadie hablaba español antes de llegar aquí. Yo estudiaba además alemán, pero al llegar a España se me hizo difícil combinar dos idiomas nuevos. Aquí en Madrid actualmente no tengo ningún amigo que sea ucraniano, solo españoles o amigos latinos. Estamos en la uni y si hay una palabra muy específica de economía o cosas así me ayudan, pero en general expresarme no tengo problemas”, explica.

Sin embargo, la integración no siempre se mide por la fluidez. Iegor apunta a un límite que aparece cuando el acento pesa más que el currículum, sobre todo en trabajos temporarios y búsquedas rápidas. “Ya me pasó en Alicante cuando buscaba un trabajo en verano, quizás por el acento o algo”, señala. La frase abre una pregunta incómoda: cuánto de lo que se llama “adaptación” en realidad es una prueba constante impuesta desde afuera.


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El informe también recoge casos donde la xenofobia se cruza con lo más básico: el techo. Margarita contó que sufrió discriminación al buscar un departamento y que la diferencia la marcó el pasaporte de su pareja. “Nos ha ayudado muchísimo que mi pareja es de España porque si yo intentaba alquilar por mi cuenta me costaba mucho más”, recuerda. En esa escena aparece un sistema informal de filtros que no siempre se dice en voz alta, pero se siente en cada llamado que no se responde.

A los 25 años, con cuatro de ellos en España, Margarita describe una vida que avanza entre oportunidades y cansancio mental. Trabaja como modelo y toca en un grupo de música, y con su novio habla en inglés porque le demanda menos esfuerzo, aunque el español mejora de a poco. Lo que más resalta no es la gramática, sino la autoestima: “No me importa mucho qué va a decir la gente de mi nivel de español, pero a mí me importa poder hablar como yo tengo en mi cabeza, presentarme como yo soy”, afirma.


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Detrás de esas voces, el dato duro se vuelve paisaje: cientos de miles de ucranianos ya viven en España y una mayoría entra en esquemas de protección que nacen como transitorios. El paso del tiempo convierte esa condición en algo más estable, pero no siempre con herramientas equivalentes para vivienda, trabajo y redes sociales. En la práctica, el idioma termina funcionando como una llave: abre puertas, pero también expone quién se queda del otro lado.

Lo que muestra el informe de RFI no es una foto única, sino un conjunto de microbatallas de todos los días. La guerra empujó a millones a migrar y España quedó como destino para quienes buscan recomenzar, con hijos por nacer, carreras universitarias en marcha y trabajos que aparecen y se pierden rápido. Entre clases, entrevistas y alquileres frustrados, la integración se define menos por papeles y más por algo difícil de cuantificar: cuánto lugar real existe para el que llega con acento.

Material publicado por gentileza Radio Francia Internacional

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