
El enero más seco de los últimos 25 años dejó a la Patagonia con alto riesgo de incendios
Actualidad11/02/2026
REDACCIÓN
Un informe de World Weather Attribution liga la aridez récord a las emisiones y muestra cómo crecen las condiciones para incendios extremos en el norte patagónico.


La Patagonia volvió a mirar el cielo con preocupación, pero esta vez el problema no llegó por una tormenta sino por su ausencia. El norte patagónico atravesó el enero más seco de los últimos 25 años y ese dato, lejos de quedar en una estadística, se convirtió en una pieza central para entender los incendios que todavía presionan sobre la comarca andina y también sobre los bosques del sur de Chile. Un estudio de World Weather Attribution (WWA) lo describe como una “crisis de aridez” y pide que esa nueva condición entre de lleno en las estrategias de manejo del fuego.
El trabajo sostiene que el clima actual deja a la región en un escenario más seco que el que existiría “sin emisiones de combustibles fósiles”. La comparación busca dimensionar el peso de los gases de efecto invernadero en la dinámica reciente, con un lenguaje directo y apoyado en modelos. En números, el estudio plantea que la Patagonia argentina resulta 20% más seca y la chilena 25% más seca bajo el escenario actual.
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Esa diferencia, que puede parecer abstracta, se traduce en daños medibles y en pérdidas que ya se cuentan en hectáreas. El texto recuerda que solo el 6 de enero el fuego consumió 1800 hectáreas de bosque en Chubut y lo compara con una imagen urbana para que se entienda la escala: sería como ver todo Palermo y un poco más reducido a cenizas en menos de un día. Para WWA, el aporte humano aparece detrás de esa facilidad con la que el incendio gana terreno.
En el territorio, el diagnóstico no se discute solo en laboratorios, también se conversa en los cuarteles y en las reuniones locales. Entre brigadistas, científicos y dirigentes aparece un consenso alrededor de una “sequía prolongada” que cubre la región desde hace una década. Ese telón de fondo, sostiene el informe, empuja lo que muchos ya llaman “incendios de nueva generación”, con velocidades y comportamientos que complican cualquier respuesta tradicional.
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El problema no pasa únicamente por el avance rápido de las llamas, sino por el modo en que el fuego empieza a generar su propio clima. El texto describe incendios que se expanden en minutos, consumen hectáreas enteras y forman pirocúmulos, esas nubes secas y extremadamente calientes que guardan vientos intensos. En ese contexto, los cambios repentinos de viento alteran el frente ígneo, retroalimentan la combustión y vuelven más difícil el trabajo en terreno.
Entre las causas, el informe no corre el foco de la responsabilidad humana, pero sí advierte sobre un factor que suele aparecer tarde en la conversación pública. Los rayos representan una porción menor de los casos —alrededor del 5%—, aunque complican por su imprevisibilidad y por caer en lugares de acceso difícil para brigadistas, bomberos o aviones hidrantes. El texto suma además un dato de un estudio del Conicet del año pasado: una mayor incidencia de tormentas eléctricas en la región, con atribución del 50% de la superficie quemada en los últimos diez años.
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Para sostener sus conclusiones, WWA trabaja con una metodología que combina observación y simulación. El informe toma datos de estaciones meteorológicas del norte patagónico y los corre en el índice de Clima de Incendios, un programa que cruza temperatura, velocidad del viento y baja humedad para medir condiciones favorables a incendios. Luego compara ese clima actual con un escenario preindustrial, una suerte de “mundo sin emisiones” para estimar cuánto cambia la probabilidad de eventos extremos.
En esa lectura, WWA también menciona a La Niña y al Modo Anular del Sur como factores que contribuyen a la sequedad, pero los ubica en un plano secundario frente al peso antrópico. La conclusión apunta a un salto de riesgo que impacta en la planificación: en la Argentina, y en particular en el norte patagónico, resulta 2,5 veces más probable que se den condiciones propicias para incendios de cinco días por efecto de las emisiones de gases de efecto invernadero. En otras palabras, el problema deja de ser excepcional y empieza a parecerse a una rutina climática.
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El texto también pone el foco en cómo se financia la respuesta y qué lugar ocupa la prevención. Según un análisis presupuestario de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), para este año figura una caída del 51,85% del presupuesto del Servicio Nacional de Manejo del Fuego respecto de 2025, mientras que en Parques Nacionales proyecta un incremento real del 25,68% frente a este año, aunque con una caída acumulada del 26,3% en relación con 2023. Hasta el 2 de febrero, el gasto nacional destinado a emergencias ígneas no superó el 5%, con desembolsos concentrados el 30 de enero, veinte días después de los primeros incendios en la Patagonia, y con un dato de fondo que se repite: la mayor parte del dinero aparece cuando el incendio ya está encima.
Fuente: LA NACION.
















