
Un vino rionegrino pasó de la noche al fondo del mar y volvió distinto
Turismo12/02/2026
Sergio Bustos
De los viñedos iluminados por faroles en una noche helada de marzo al lecho marino del Golfo San Matías. Ese fue el recorrido del Cabernet Franc 2022 de Flor del Prado, una pequeña bodega de Cipolletti que decidió sumar el océano a su identidad artesanal. Este fin de semana, en Las Grutas, se extrajeron las primeras botellas criadas bajo el mar en una experiencia inédita para la vitivinicultura argentina.
La iniciativa se desarrolló en el marco del programa Cavas Submarinas de Río Negro, impulsado por la Dirección de Vitivinicultura provincial. En total participaron 23 bodegas que integran la Ruta del Vino rionegrina, desde Río Colorado hasta Sargento Vidal. Cada una aportó alrededor de 60 botellas para esta experiencia, entre tintos, blancos, espumantes y vinos jóvenes y añejados.
En el caso de Flor del Prado, se sumergieron 42 botellas de su Cabernet Franc cosecha 2022. Las piezas fueron lacradas para evitar filtraciones y laqueadas para conservar las etiquetas antes de ser depositadas en tres jaulas de acero inoxidable. En julio de 2025, esas jaulas descendieron a 10 metros de profundidad, en una zona de baja turbulencia frente a la costa de Las Grutas.


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El sistema de añejamiento se apoya en condiciones naturales particulares. Temperaturas constantes que no superan los 19 grados, presión estable, escasa luz y el movimiento suave del agua conforman un entorno diferente al de cualquier cava tradicional. Desde la Dirección de Vitivinicultura señalaron que “Las condiciones naturales del ambiente marino influyen en la evolución y las características del vino, abriendo nuevas posibilidades de diferenciación y valor agregado”.
La experiencia no solo busca explorar matices enológicos, sino también potenciar el turismo. La provincia proyecta integrar excursiones, buceo, visitas a la cava submarina y degustaciones en restaurantes locales, generando una propuesta que combine paisaje, mar y vino. La idea toma como antecedente el trabajo previo de Bodega Wapisa, que marcó un precedente en el país.
La extracción de las botellas fue un espectáculo en sí mismo. Embarcados en gomones, representantes de cada bodega navegaron hasta el punto señalado, mientras un equipo de buzos de la organización Cota Cero emergía con las jaulas desde el fondo. Las botellas salieron cubiertas de musgos y algas, con huellas del fondeo marino adheridas al vidrio.
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Cada productor buscaba reconocer sus piezas por el color del lacre. La escena combinó expectativa, emoción y curiosidad por descubrir qué había ocurrido en esos seis meses bajo el agua. El análisis técnico llegará después, pero el primer veredicto estuvo en la cata realizada esa misma noche.
Flor del Prado llegó a esta experiencia con una historia propia marcada por la tradición. Todos los años elige la noche más fría de marzo para vendimiar su viñedo. “Encendemos los faroles y afilamos las tijeras. Iluminados por ese fuego, recorremos hilera por hilera y levantamos racimo por racimo en su momento justo, con la frescura intacta para convertirse en la esencia de un vino nacido en la penumbra”, cuenta Luciano Fernández, titular de la bodega.
Esa cosecha nocturna, que reúne al equipo en un ritual bajo las estrellas, es parte de su identidad. Con esa misma lógica artesanal, el Cabernet Franc 2022 pasó del frío de la madrugada al silencio del océano. El resultado ahora combina dos territorios: el viñedo del Alto Valle y las profundidades del Golfo San Matías.
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El sábado por la noche, tras la extracción, se realizó la primera degustación pública de los vinos de la cava submarina. Chefs de la costa rionegrina diseñaron un menú especial y cada bodega ofreció sus botellas por copa y por unidad. Más allá de las notas de cata, la experiencia dejó una imagen potente: un vino patagónico que nació en la oscuridad de una vendimia nocturna y regresó a la superficie con la marca del mar.















