Los árboles más viejos de España revelan que las tormentas actuales no tienen precedentes

Actualidad12/02/2026Sergio BustosSergio Bustos
arboles españa
Huellas en los árboles de España.

Mucho antes de que existieran estaciones meteorológicas, gráficos digitales o satélites, algunos árboles ya estaban registrando el clima. Año tras año, sin ruido y sin testigos humanos, fueron guardando en su madera la memoria de las lluvias, las sequías y los ciclos que marcaron la vida en el Mediterráneo. Hoy, ese archivo natural lanza una advertencia difícil de ignorar.

Un estudio publicado en la revista científica Climate of the Past reconstruyó 520 años de precipitaciones en el Mediterráneo occidental, utilizando los anillos de crecimiento de pinos centenarios del este de la península ibérica. El resultado rompe con cualquier idea de normalidad: las tormentas y sequías de las últimas décadas no se parecen a nada registrado desde comienzos del siglo XVI.

La investigación se apoyó en un principio simple pero poderoso. Cada anillo anual refleja cuánto creció el árbol, y en zonas de montaña mediterránea ese crecimiento depende en gran medida del agua disponible. Años húmedos dejan marcas más anchas; años secos, anillos finos y comprimidos. Esa relación directa convierte a los árboles en verdaderos archivos climáticos.


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El equipo liderado por Marcos Marín-Martín analizó 173 series de anillos pertenecientes a 103 pinos silvestres y pinos negros, ubicados en cinco zonas de la provincia de Teruel, entre los 1.300 y 2.000 metros de altura. Algunos ejemplares superan los 500 años de edad, lo que permitió construir una cronología continua desde 1505 hasta 2024.

Lejos de limitarse a observar tendencias generales, los investigadores identificaron cuál es el período del año que mejor explica el crecimiento de estos árboles. Se trata de una ventana de 320 días, desde mediados de agosto hasta fines de junio, que integra lluvias de otoño, invierno y primavera, fundamentales para recargar el suelo y sostener la vegetación.

Este enfoque permite ir más allá de los registros meteorológicos clásicos, que en España rara vez superan los 150 años. Sin ese contexto extendido, muchos eventos actuales se analizan sin saber si son realmente excepcionales o parte de un ciclo más amplio.


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Al mirar cinco siglos completos, el estudio muestra que el Mediterráneo siempre alternó períodos secos y húmedos, algunos prolongados durante décadas. Sin embargo, lo que cambia de manera drástica en el presente es la concentración y la intensidad de los extremos. El artículo lo resume al señalar que “la reconstrucción revela un aumento en la frecuencia e intensidad de los extremos hidroclimáticos (…) en comparación con la línea base a largo plazo”.

No se trata solo de sequías más duras o tormentas más fuertes, sino de la velocidad con la que se suceden. Años de lluvias intensas pueden ser seguidos rápidamente por períodos prolongados de escasez, rompiendo patrones que se mantuvieron relativamente estables durante siglos.

El análisis estadístico muestra que el siglo XIX fue, paradójicamente, uno de los más estables desde el punto de vista climático. Esa estabilidad comienza a erosionarse durante el siglo XX y se acelera con claridad después de 1975, cuando la variabilidad alcanza valores que los autores describen como “sin precedentes en los últimos 520 años”.


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En términos concretos, el siglo XXI ya acumula ocho eventos extremos en apenas 24 años analizados, incluyendo episodios que antes aparecían una o dos veces por siglo. Esto se traduce en mayor riesgo de inundaciones, erosión, pérdida de suelo fértil y estrés hídrico para ecosistemas y comunidades humanas.

Para reforzar la reconstrucción, los investigadores compararon los datos de los árboles con registros históricos de rogativas, ceremonias religiosas documentadas que se realizaban para pedir lluvias o frenar precipitaciones excesivas. La coincidencia entre ambos registros es notable, especialmente en períodos históricamente inestables como fines del siglo XVIII.

Esa concordancia sugiere que los extremos detectados en la madera no son abstracciones estadísticas, sino fenómenos que impactaron de lleno en la vida cotidiana de las sociedades que los atravesaron. Los árboles y las personas, desde lugares distintos, estaban reaccionando al mismo clima.

El estudio advierte que el Mediterráneo es una región especialmente sensible, donde pequeños cambios atmosféricos generan efectos desproporcionados. El calentamiento global actúa como un amplificador sobre un sistema ya frágil, empujándolo hacia un régimen más errático y menos predecible.

Los árboles no hacen pronósticos, pero su memoria deja un mensaje claro. El clima que hoy atraviesa el Mediterráneo occidental se mueve fuera del rango que moldeó paisajes, economías y formas de vida durante más de quinientos años. El pasado, esta vez, ya no alcanza para explicar el presente.

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