
El ataque al incendio en Los Alerces muestra avances, aunque persiste riesgo por puntos calientes
Chubut13/02/2026
REDACCIÓN
La lluvia consolidó tareas y trajo alivio, aunque el combate no se relaja por la magnitud del incendio. Ariel Rodríguez explicó cómo operan los equipos y por qué esperan rebrotes.


El alivio llegó con una palabra que en la cordillera vale más que un parte: controlado. En el Parque Nacional Los Alerces, sin embargo, el intendente Ariel Rodríguez evitó convertir ese término en una promesa total y explicó por qué el escenario todavía exige cautela. Dijo que la superficie afectada es tan grande que el parque no puede afirmar que todo esté contenido, aunque remarcó que el trabajo de recorrida sobre los flancos y el perímetro del fuego deja un panorama de mayor tranquilidad.
La lluvia apareció como un punto de apoyo operativo y humano. Rodríguez señaló que “la lluvia la verdad que consolidó toda la tarea que se venía realizando” y permitió dar descanso a parte del personal, mientras los jefes se dedicaban a recorrer el área y planificar la vuelta al trabajo en terreno. El objetivo inmediato, explicó, es entender con qué condiciones se reingresa después de un cambio climático que enfría sectores pero no garantiza el final.
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En esa misma respuesta dejó planteada una idea central para lo que viene: el incendio puede reactivarse sin aviso cuando el clima cambie. “No sería una sorpresa que levante puntos calientes”, advirtió, al hablar de la magnitud del evento y de la sequía previa que alimentó el fuego. Según explicó, el riesgo aumenta si sube la temperatura o si aparece viento, por lo que el control se sostiene con vigilancia permanente y ataques rápidos cuando aparecen focos nuevos.
Rodríguez explicó que el fuego no siempre se muestra en superficie y que esa característica obliga a una búsqueda paciente, casi quirúrgica. Describió el “colchón” de materia orgánica en bosques centenarios y el suelo con arena volcánica como un escenario donde las llamas pueden avanzar por debajo, incluso a través de raíces. En esa lógica, los pozos humeantes y los puntos calientes pueden reaparecer sin que haya señales evidentes desde arriba, y por eso la recorrida del terreno sigue siendo decisiva.
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La entrevista también permitió asomarse al detrás de escena de un operativo de gran escala. Rodríguez relató que la respuesta se organiza a través de una estructura de comando, con un comandante del incidente y áreas específicas que ordenan comunicaciones, operaciones, enlace, planificación, logística y finanzas. Según dijo, el objetivo final de esa estructura es sostener al combatiente en la línea, no solo con comida y alojamiento, sino con una red completa que incluye salud física, acompañamiento psicológico y tareas de recuperación.
En ese punto, el intendente destacó que la asistencia no se reduce a recursos materiales, sino a presencia humana constante. Mencionó masajes, colirios, limpieza de hollín y espacios de contención, y contó que incluso tuvieron encuentros virtuales con profesionales en un conversatorio. La descripción buscó mostrar que el combate contra el fuego exige una retaguardia organizada, porque sostener la fuerza de trabajo es parte del operativo tanto como apagar focos.
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Rodríguez remarcó, además, que durante el operativo no se trabajó con divisiones internas entre brigadistas y bomberos, sino con una lógica de equipo. “Trabajamos todos mancomunados”, sostuvo, y lo vinculó con la magnitud del evento y la necesidad de una respuesta coordinada. En el mismo tramo agradeció a los refuerzos que llegaron desde distintos puntos del país y destacó la rotación del personal como una herramienta para sostener el esfuerzo sin romper al equipo.
El intendente enumeró la procedencia de los brigadistas y bomberos que llegaron para reforzar el combate, con contingentes de varias provincias y también de Chile. Explicó que cada 15 días se hicieron recambios, en algunos casos a través de la Fuerza Aérea y coordinaciones de organismos nacionales. También mencionó la llegada de vehículos especiales, como los camiones, y el trabajo nocturno de autobombas locales para cubrir seguridad mientras descansaba el personal de combate.
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El tramo más emotivo de la charla apareció cuando describió la red de solidaridad que se armó fuera del parque. Rodríguez habló de colectas para conseguir borceguíes, ropa, colirios y agua, y contó que hubo voluntarias cosiendo prendas rotas para brigadistas que volvían de la montaña. Relató un caso concreto para dimensionar el impacto: equipos del norte del país llegaron antes de la lluvia y la nevada, y el abrigo reunido en donaciones se volvió una necesidad inmediata.
También mencionó el rol de instituciones educativas y de comunidades cercanas, con ejemplos puntuales de logística cotidiana. Contó que una escuela de Villa Futalaufquén, incluso sin iniciar clases, organizó la preparación de viandas con su equipo directivo y docente. Ese detalle, señaló, refleja un compromiso comunitario que sostiene al operativo y que apunta a un objetivo compartido: frenar el incendio y volver a disfrutar del parque.
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La entrevista cerró con un mensaje que mezcla alivio y vigilancia, sin triunfalismos. Rodríguez insistió en que el trabajo dejó sectores fríos y más seguros, pero que el tamaño del incendio obliga a seguir controlando y recorriendo el perímetro para anticipar reactivaciones. En esa tensión se mueve el día a día en Los Alerces: la calma que trae la lluvia, y la obligación de no confiarse cuando el bosque todavía guarda calor debajo del suelo.







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