Lo que pasa por dentro cuando un hijo termina sosteniendo a sus padres

Otros Temas07/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Especialistas advierten que esa inversión de roles deja marcas duraderas en la autoestima, los vínculos y hasta en el cuerpo de quienes crecieron demasiado temprano.

Niña conteniendo a su madre. Foto Freepik
Niña conteniendo a su madre. Foto Freepik

No siempre se nota desde afuera, pero hay infancias que quedan corridas de su lugar mucho antes de tiempo. En esas historias, el chico no recibe sostén emocional, sino que empieza a ofrecerlo, como si le tocara ordenar el dolor, la angustia o el desborde de los adultos que lo rodean. Cuando un hijo queda atrapado en ese lugar, la herida no se agota en la niñez y suele reaparecer años después en la forma de vínculos desgastantes, culpa, sobrecarga y una dificultad persistente para sentirse suficiente.

Ese fenómeno, conocido como parentalización, atraviesa el eje del texto firmado por Pilar Pose y reúne testimonios y miradas profesionales que apuntan al mismo problema desde distintos ángulos. La cuestión no se limita a una infancia difícil ni a una escena familiar desordenada, sino a una alteración profunda del lugar que cada uno ocupa dentro del vínculo. El resultado suele verse en adultos funcionales hacia afuera, capaces de resolver, contener y responder, pero muy dañados en su mundo emocional.


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La escritora Lolita Campos, que atravesó esa experiencia, lo describe con crudeza desde el propio cuerpo y la propia memoria. “El impacto es absoluto y eterno, la herida es tan profunda que uno siempre tiene que atenderla para asegurarse de que cicatriza bien”, dice, al explicar que ciertas escenas actuales todavía le duelen aunque ya cuente con herramientas para transitarlas. Su imagen de una cirugía traumatológica, con dolores que reaparecen en días de humedad, no funciona como exageración, sino como una forma concreta de decir que hay marcas que no desaparecen solo porque pase el tiempo.

En su relato aparece además otro rasgo que se repite con frecuencia en quienes crecieron así: la invalidación emocional y la búsqueda constante de aprobación. Campos lo pone en palabras desde la experiencia cotidiana, cuando habla del descreimiento de uno mismo y de la necesidad de validación externa incluso en detalles pequeños del día a día. “Uno descree y, por lo tanto, siempre hay una invalidación emocional constante tras el abuso y una búsqueda de la validación externa permanentemente; hasta en cositas mínimas del día a día”, señala, y luego resume: “Creo que la necesidad de validación externa constante sucede cuando no se construyó una propia”.


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La psicóloga Pata Liberati ubica otra consecuencia central de estos recorridos: la sobreadaptación. Según explica, esos chicos suelen crecer acostumbrados a tapar los baches emocionales de sus padres y convierten esa hipermadurez infantil en un modo de estar en el mundo. “En la adultez, estos niños parentalizados suelen ser personas sobreadaptadas”, afirma, y desde allí abre una lectura menos lineal, porque advierte que esa capacidad también puede transformarse en flexibilidad y comprensión si aparece un trabajo terapéutico que permita poner límites sin culpa.

Pero incluso en esa posibilidad de reparación hay una trampa frecuente. Liberati plantea que el gran aprendizaje pasa por decir que no por elección y no por agotamiento, algo que para estas personas suele ser especialmente difícil. Cuando eso no ocurre, la adultez puede quedar atrapada entre dos extremos igual de problemáticos: una sobreexigencia permanente para cuidar a otros o una inmadurez emocional que tampoco logra organizar un lugar propio.


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La especialista Patricia Faur suma una mirada que corre el foco hacia el corazón de la herida y la define como una falta antes que como una pérdida. “Ser hijo parentalizado (hacerse cargo emocionalmente de sus padres o de alguno de ellos) no es gratis. Tiene consecuencias. La primera es que no hay una pérdida, sino una falta”, sostiene. En esa distinción aparece algo decisivo: no se trata solo de extrañar lo que estuvo y se fue, sino de crecer sin haber tenido nunca un sostén suficientemente estable, algo que instala desde temprano la sensación de déficit y de insuficiencia.

Faur también señala que esta sobrecarga no golpea únicamente en el plano psíquico. Cuando un chico debe hacer cosas de grande, queda sometido a una presión prolongada que las neurociencias vinculan con estrés crónico y carga alostática, es decir, un desgaste sostenido que también paga el cuerpo. Esa situación puede volver a la persona más propensa a trastornos de ansiedad, depresión y alteraciones vinculadas con lo endocrino, lo inmunitario y otros efectos del estrés extendido desde la infancia.


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Las secuelas no se detienen ahí, porque muchas veces reaparecen en la forma en que esos adultos aman, eligen y se vinculan. Faur advierte que, sobre todo en mujeres, suele repetirse un patrón en el que terminan maternando a sus parejas, ocupando otra vez el lugar de la persona responsable frente a alguien infantil, adicto o emocionalmente inestable. “En adultos que fueron hijos parentalizados en su niñez, vemos que en los vínculos que entablan, sobre todo mujeres, terminan maternando a sus parejas”, explica, y allí se cierra un círculo doloroso: quien nunca pudo ser niño queda otra vez condenado a cuidar sin ser cuidado.

El texto también muestra que no todas las historias tienen la misma intensidad, aunque compartan una misma lógica de fondo. El caso extremo de Marilyn Monroe, convertida desde muy chica en sostén emocional de una madre con esquizofrenia paranoide, convive en la nota con el testimonio más cercano de Agustina Dandri, que recuerda cómo llegó a consolar a su padre después de la separación de sus padres. Distintas escalas, distintos contextos, una misma inversión de roles: el hijo que toma partido, contiene, amortigua y aprende demasiado pronto que su valor depende de cuánto pueda sostener a otros.


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Esa es, justamente, una de las marcas más persistentes. La hipervigilancia, la baja autoestima, la dificultad para poner límites y una tristeza profunda por la infancia no vivida no aparecen como rasgos aislados, sino como parte de un mismo entramado. La parentalización no convierte a un chico en alguien más maduro en el sentido saludable del término; lo obliga a crecer torcido, con herramientas útiles para sobrevivir, pero también con una cuenta emocional que casi siempre vuelve a cobrarse en la adultez.

Fuente: LA NACION.

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