La presión alta puede empeorar aunque el paciente haga todo bien

Enfoques29/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Una especialista explicó por qué la hipertensión no depende solo de los hábitos, cómo se controla de verdad y qué señales obligan a revisar el tratamiento.

Presión, tensión, tensiometro foto Freepik
Presión, tensión, tensiometro foto Freepik

La hipertensión arterial no aparece en esta explicación como un problema que se resuelve solo con voluntad o con una rutina más ordenada. La médica Fernanda Montes de Oca, consultada en la nota original, planteó que se trata de una enfermedad progresiva, difícil de revertir por completo y con capacidad de seguir dañando el sistema cardiovascular aun cuando el paciente ya conoce el diagnóstico. Ese punto cambia el enfoque habitual, porque corre la idea de culpa individual y pone el acento en una enfermedad que exige seguimiento real y sostenido.

La dimensión del problema también ayuda a entender por qué el control no puede quedar reducido a una medición aislada. El artículo señala que, según datos citados de la Organización Mundial de la Salud, en 2024 había 1.400 millones de adultos de 30 a 79 años con hipertensión, equivalentes al 33% de la población de ese rango etario, y que solo uno de cada cuatro la tenía bajo control. En esa escala, la presión alta deja de ser un trastorno menor y pasa a formar parte de uno de los frentes más extendidos de riesgo cardiovascular.


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Montes de Oca explicó que el deterioro no se limita a números altos en el tensiómetro, sino que modifica con el tiempo la estructura misma del sistema que regula la circulación. La nota detalla que la hipertensión puede empezar como un problema funcional y después endurecer arterias y venas, algo que complica el paso de la sangre y altera el equilibrio general del organismo. Por eso la especialista remarcó que “la presión arterial no empeora solo porque el paciente ‘no se cuida’”, sino porque la enfermedad cambia el sistema en el que actúa.

Antes de asumir que un tratamiento falla o que el cuadro ya se volvió resistente, la médica pidió mirar un escalón previo que suele pasarse por alto. En la entrevista advirtió que primero hay que descartar la pseudoresistencia, una situación que puede surgir por una mala técnica de medición, por falta de adherencia o por dosis insuficientes de medicación. En ese punto fue precisa: “Para descartar la pseudoresistencia hay que revisar la técnica”, además de confirmar que el fármaco se toma cuando corresponde y en dosis adecuadas.


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Si después de corregir esos errores la presión sigue alta, el análisis cambia y obliga a buscar causas secundarias. La nota menciona alteraciones hormonales como uno de esos caminos posibles y agrega que las guías clínicas actuales ya no privilegian el arranque con un solo medicamento. La explicación de Montes de Oca va en otra dirección: “Ya no se recomienda empezar con un solo fármaco porque ya no es suficiente”, y por eso plantea iniciar con dos drogas en una sola pastilla para actuar sobre mecanismos distintos sin sobrecargar al paciente.

Una parte central de esa mirada está puesta en el endotelio, la capa interna de arterias y venas. La especialista lo describió como un órgano activo, capaz de generar señales inflamatorias y antiinflamatorias y de producir óxido nítrico para favorecer la vasodilatación y el flujo sanguíneo. Cuando esa estructura se lastima, el círculo se vuelve más complejo: el flujo deja de ser ordenado, la turbulencia daña aún más la pared vascular y la presión encuentra un terreno propicio para seguir subiendo.

El otro actor decisivo en esta historia es el riñón, que la médica ubicó dentro de una lógica de compensación que termina agravando el cuadro. Según explicó, cuando percibe que algo falla intenta sostener la perfusión y el suministro de oxígeno, y para eso activa mecanismos hormonales como la liberación de angiotensina II, que provoca vasoconstricción y retención de sodio. Lo que en principio parece una respuesta útil para mantener el flujo termina alimentando el mismo ciclo que eleva la presión y castiga la microvasculatura.


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La nota también separa con claridad dos planos que muchas veces se mezclan: una cosa es decir que la hipertensión no depende solo de los hábitos, y otra muy distinta es restarles importancia. Montes de Oca sostuvo que el ejercicio es una de las intervenciones más eficaces para prevenir hipertensión y bajar cifras en quienes ya la tienen; además señaló al tabaco como el factor modificable de mayor peso, y sumó sobrepeso, estrés, apnea del sueño, enfermedad renal inicial y el uso de ciertos medicamentos, entre ellos antiinflamatorios no esteroideos y anticonceptivos hormonales. El mensaje no es simplista: los hábitos importan, pero no explican por sí solos toda la enfermedad.

En esa misma línea, el control casero tampoco debería resolverse con una única toma rápida y sin método. La especialista aconsejó hacer varias mediciones a lo largo de una semana, en distintos momentos del día, registrar los valores y, la primera vez, medir en ambos brazos. Ese último dato tiene peso clínico propio, porque una diferencia superior a 15 mmHg puede hacer pensar en una enfermedad vascular subyacente que merece otra evaluación.


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La parte más exigente del enfoque aparece al final: entender que no hay una receta idéntica para todos ni una salida instantánea. La propia médica admitió que hay pacientes que logran suspender medicación cuando corrigen causas concretas, como la resistencia a la insulina o el tabaquismo, pero también insistió en que la predisposición genética y la historia individual modifican el pronóstico. Por eso el control de la presión no termina en una pastilla ni en un consejo aislado: necesita explicación médica, seguimiento y un tratamiento capaz de adaptarse a una enfermedad que, una vez instalada, no suele retroceder fácil. 

Fuente: Infobae

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