La mayoría de las personas con autismo no tiene discapacidad intelectual

Actualidad02/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

El dato rompe una idea todavía muy extendida sobre el TEA y obliga a mirar el diagnóstico con más precisión, menos prejuicio y apoyos mejor pensados.

Autismo. Foto Freepik
Autismo. Foto Freepik

El número incomoda porque tira abajo una simplificación que todavía sigue viva en escuelas, consultorios y ámbitos laborales. Entre el 60% y el 70% de las personas con TEA no presentan discapacidad intelectual, según el material base aportado para esta nota, y ese dato modifica de entrada la manera en que se entiende el autismo, se conversa sobre él y se diseñan los apoyos necesarios. No se trata de una corrección menor de lenguaje: se trata de salir de una lectura uniforme sobre una condición que, por definición, no funciona de manera uniforme.

Este 2 de abril, además, vuelve a poner el tema en primer plano por una razón concreta. La ONU fijó esa fecha como Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo a través de una resolución aprobada en 2007, con la intención de ampliar la conciencia pública y promover inclusión social, educativa y laboral. La conmemoración, en ese marco, no queda reducida a una efeméride sanitaria: funciona como una oportunidad para discutir qué barreras persisten cuando el diagnóstico sigue siendo leído con categorías viejas.


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El texto fuente insiste, con razón, en un punto que suele perderse cuando el debate se vuelve automático. El autismo no aparece ahí como enfermedad, sino como “una condición del neurodesarrollo” que acompaña a la persona a lo largo de la vida y que se expresa con perfiles muy diferentes entre sí. Esa definición coincide con la descripción actual de la OMS, que habla de un grupo diverso de condiciones relacionadas con el desarrollo del cerebro, y con la del NIMH estadounidense, que lo ubica como un trastorno neurológico y del desarrollo que afecta la interacción, la comunicación, el aprendizaje y la conducta.

La consecuencia de ese enfoque es directa: no alcanza con decir “autismo” como si eso resolviera todo lo demás. La propia nota base subraya que cada persona presenta un perfil único de fortalezas, desafíos y necesidades de apoyo, y la especialista Viviana M. Enseñat, del Hospital Británico, lo resume así: “Cada persona con autismo tiene su propio perfil, con formas particulares de comunicarse, aprender y participar en la vida cotidiana”. Cuando esa idea se toma en serio, el centro deja de estar en la etiqueta y pasa a estar en las condiciones concretas que permiten participar, estudiar, trabajar y vincularse.


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Ahí entra el dato del 60% al 70%, que no solo sirve para un título llamativo. También obliga a desmontar la asociación automática entre autismo y compromiso intelectual, una relación que el material fuente discute de manera frontal. Los datos más recientes del CDC en Estados Unidos van en una dirección compatible: entre chicos de 8 años con TEA y con medición cognitiva disponible, 39,6% fue clasificado con discapacidad intelectual, lo que deja a la mayoría fuera de esa condición asociada.

Ese corrimiento estadístico también explica por qué el diagnóstico no siempre aparece en la primera infancia. El texto base aclara que en algunos casos puede darse más tarde, y la OMS señala que las características del autismo pueden detectarse en la niñez temprana, aunque muchas veces el diagnóstico formal llegue bastante después. No hay contradicción entre esas dos afirmaciones: lo que hay es una advertencia sobre la enorme variabilidad del espectro y sobre el costo que tiene seguir esperando un único molde para reconocerlo.


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La médica citada en el material de origen agrega otro punto que baja la discusión a tierra. “La detección precoz y el acceso a apoyos adecuados son fundamentales, ya que favorecen el desarrollo, la participación y la calidad de vida de las personas con autismo y sus familias”, plantea Enseñat, y esa frase desplaza el eje desde la mera identificación hacia las condiciones posteriores de acompañamiento. Detectar antes importa, pero importa todavía más qué hace una sociedad con esa información y cuánto adapta sus entornos para no convertir cada diferencia en una barrera.

En ese terreno aparece uno de los errores más persistentes que también marca el texto fuente: atribuir todo al diagnóstico. La nota advierte que las personas con autismo, como cualquier otra, pueden atravesar experiencias emocionales, médicas, educativas o sociales que no se explican automáticamente por el TEA. Esa aclaración parece básica, pero en la práctica corta con una lógica muy extendida: la de leer cualquier dificultad, malestar o conducta a través de una sola etiqueta y borrar el resto de la experiencia personal.


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Por eso, el problema de fondo no queda en cuánto se sabe del autismo, sino en cómo se usa ese conocimiento. El material base habla de respeto, inclusión y participación como condiciones necesarias para mejorar la calidad de vida, y no como gestos declamativos. Llevado a la vida cotidiana, eso supone escuchar a las personas con autismo, ajustar entornos, flexibilizar formatos y dejar de tratar la diversidad como una excepción incómoda.

La fecha del calendario ayuda a visibilizar el tema, pero no resuelve por sí sola la deuda más concreta. Si la mayoría de las personas con autismo no tiene discapacidad intelectual, entonces la discusión pública, escolar, sanitaria y laboral necesita dejar atrás una imagen única del TEA y empezar a trabajar con perfiles reales, no con estereotipos. Ahí queda hoy el punto pendiente más serio: el conocimiento avanzó más rápido que muchos de los entornos donde las personas con autismo todavía tienen que hacerse lugar.

Fuente: NA, Naciones Unidas, OMS, CDC.

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