
Marita Verón cumple 24 años desaparecida y su madre todavía busca una señal
Actualidad03/04/2026
REDACCIÓNEl caso sigue abierto en la memoria social argentina: hubo condenas firmes, pistas que se cayeron y una búsqueda que nunca encontró una respuesta final.

La ausencia de María de los Ángeles “Marita” Verón ya lleva 24 años y el dato más duro no está en el calendario sino en lo que sigue faltando. Hubo juicio, condenas, nombres, tramas de explotación expuestas y una madre que convirtió el dolor en una pelea pública, pero el punto central del caso permanece intacto: Marita no apareció. Esa persistencia de la incógnita vuelve a colocar la historia en un lugar incómodo, porque la causa avanzó sobre responsables penales sin conseguir cerrar la pregunta más decisiva.
Marita tenía 23 años cuando salió de su casa en Tucumán para ir a una consulta médica y nunca regresó. Ese hecho, en apariencia cotidiano en su arranque, terminó convertido con el tiempo en uno de los casos más emblemáticos de la Argentina en materia de trata de personas. Lo que empezó como una desaparición individual se transformó después en una herida pública mucho más amplia.


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La investigación no se agotó en el intento de ubicar a una víctima, sino que permitió exhibir redes de explotación sexual y el funcionamiento de un circuito criminal que durante años operó con enorme capacidad de daño. De allí salió un juicio que en 2014 terminó con condenas de entre 10 y 22 años de prisión para diez acusados por retención y ocultamiento agravado con fines de prostitución. Sin embargo, ese tramo judicial tampoco tuvo un cierre inmediato, porque las penas comenzaron a cumplirse recién en 2017, cuando la sentencia quedó firme.
Esa distancia entre la condena y la respuesta final sobre el paradero de Marita explica por qué el caso sigue abierto en otro plano. La Justicia pudo establecer responsabilidades dentro de una red de captación, traslado y ocultamiento, pero no logró resolver el vacío central que dejó la desaparición. Por eso, cada aniversario reactiva no solo el reclamo de castigo sino también la dimensión más cruda de una búsqueda que no encontró certeza.
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En ese recorrido apareció en los últimos años una de las pistas más impactantes y también más dolorosas. Susana Trimarco recibió información desde Asunción sobre una mujer en situación de abandono extremo, y la posibilidad de que se tratara de su hija volvió a sacudir el caso desde un lugar íntimo antes que judicial. La propia Trimarco describió lo que le dijeron con una frase devastadora: “Anda comiendo de los basureros, supuestamente es mi hija. Estaría en una situación horrorosa”.
La escena se volvió todavía más brutal cuando contó que había recibido una imagen de esa mujer, aunque decidió no difundirla por la crudeza del cuadro. “Es cuero y hueso, está desfigurada. Para mí, como madre, es un puñal en el pecho”, expresó entonces. Esa hipótesis, que por un momento reabrió la posibilidad de una pista concreta, luego quedó descartada al confirmarse que no se trataba de la joven tucumana y que esa mujer murió en Capiatá, donde se dispusieron estudios para determinar su identidad.
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La búsqueda, sin embargo, nunca quedó reducida a expedientes o rumores de último momento. Trimarco la empujó también como una construcción social y política, y de esa insistencia surgió la Fundación María de los Ángeles, desde donde asistió a víctimas de trata y promovió leyes específicas para combatir ese delito. El caso, entonces, no solo dejó una historia sin resolver: también modificó el modo en que la Argentina empezó a mirar y nombrar ciertas formas de explotación.
El mapa de condenas muestra la magnitud del entramado judicial que se logró probar. Daniela Milhein y Alejandro González recibieron 18 años; los hermanos José Fernando Gómez y Gonzalo Gómez, 22 años; Domingo Andrada, policía, fue condenado a 17 años; y Carlos Alberto Luna recibió la misma pena. A la vez, Azucena Márquez fue sentenciada a 15 años, Humberto Derobertis a 12, Paola Gaitán a 10 y Mariana Bustos también a 10 años por su participación en el ocultamiento.
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Esa nómina demuestra que la causa logró identificar actores concretos y niveles distintos de intervención dentro del circuito de explotación. Pero también deja a la vista un límite severo: la existencia de condenados no resolvió el destino de la víctima que dio origen a todo. El caso de Marita, por eso, sigue parado sobre una contradicción feroz entre la verdad judicial alcanzada en parte y la verdad completa que todavía no aparece.
A veinticuatro años de aquella salida de su casa en Tucumán, lo que sobrevive no es solo una consigna de memoria ni un expediente histórico. Sobrevive una madre que no dejó de buscar, una trama criminal que quedó expuesta y una desaparición que no consiguió respuesta final pese al paso del tiempo y a las condenas firmes. El reclamo de justicia sigue en pie, pero el dato más incómodo permanece donde estuvo siempre: nadie pudo decir todavía dónde está Marita Verón.
Fuente: NA.







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