
El debate volvió a encenderse por el crimen de un alumno en Santa Fe, pero también por señales previas, redes digitales y fallas adultas que llegan antes del aula.

Una escena alcanzó para volver a poner el tema sobre la mesa con toda su crudeza: un estudiante de 15 años ingresó armado a una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, disparó contra sus compañeros, mató a un chico de 13 años y dejó a varios alumnos heridos. A partir de ese caso, la licenciada Viviana D’Amico propuso correr la mirada del episodio aislado y revisar qué tipo de violencia está entrando a la escuela desde mucho antes de que aparezca un arma dentro de un aula. La pregunta que ordenó la reflexión no buscó un título efectista, sino un punto de partida incómodo: “¿Violencia escolar o violencia social que atraviesa la escuela?”.
La discusión no quedó encerrada en Santa Fe ni en una lectura simplificada del hecho. Durante la entrevista en #MODO17, por #LA17, D’Amico enlazó el caso con un libro reciente, Desenredar el conflicto, Educación y mediación en movimiento, del licenciado Ricardo D’Amico, y desde ahí abrió una serie de interrogantes sobre prevención, protocolos, vínculos y responsabilidad adulta. La preocupación central no pasó solo por el desenlace trágico, sino por el trayecto previo que una comunidad muchas veces no logra leer a tiempo.


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Ese punto previo apareció con fuerza cuando la docente planteó una pregunta directa sobre el origen del riesgo: “¿Cómo llega un alumno a tener una arma en su mano? ¿Por qué la lleva a la escuela? ¿Esto pasa afuera, pasa ahí adentro? ¿Hay protocolos? ¿Se puede prevenir?”. El planteo no se agotó en el acceso material a un arma, sino que fue más allá y buscó entender qué redes, consumos y climas sociales preparan el terreno para que una conducta extrema se vuelva posible. Allí empezó a tomar espesor una idea que atravesó toda la charla: los hechos graves no irrumpen como un rayo aislado, sino que se forman en un proceso.
En esa línea, Ricardo D’Amico marcó que en el caso de Santa Fe aparecieron elementos que rompieron con varios estereotipos rápidos. Dijo que el chico involucrado era visto como “muy buen alumno”, que incluso había sido nombrado “mejor compañero”, y que no surgían signos evidentes de acoso o violencia escolar dirigidos contra él. Ese dato volvió todavía más compleja la lectura, porque obligó a revisar la idea de que todos estos episodios siempre dejan huellas fáciles de detectar dentro de la escuela.
El primer factor que el autor colocó en el centro del análisis fue el universo digital. Para él, en este caso aparece “la influencia de las redes y la construcción de sentido”, con entramados donde se promueven, legitiman o incentivan acciones violentas que muchas veces escapan a la mirada adulta. La definición fue precisa cuando señaló que se trata de espacios “donde de vuelta la escuela y la familia no llegan”, una observación que desplaza la discusión desde el aula hacia territorios culturales y tecnológicos donde también se moldea la subjetividad adolescente.
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La segunda dimensión que surgió fue el vínculo de chicos y adolescentes con las armas, un asunto que D’Amico no trató como una relación automática con la violencia escolar, pero sí como un factor de riesgo cuando falta mediación adulta. En la entrevista se recordó, además, un caso ocurrido en la propia ciudad, donde un niño fue a la escuela con dos armas, un cuchillo y un aire comprimido, y la situación no escaló porque otra compañera escuchó lo que iba a pasar, se lo dijo a su madre y esa mujer avisó a la institución. El episodio local quedó unido al caso santafesino por una misma alerta: la prevención muchas veces depende de señales que circulan alrededor del hecho central y que solo cobran valor cuando alguien decide intervenir.
En esa trama, la figura del espectador ocupó un lugar decisivo. Ricardo D’Amico advirtió que “la mayoría de los estudiantes no agrede, pero tampoco interviene”, y sostuvo que esa pasividad, lejos de ser neutra, termina reforzando la situación de violencia. La observación no buscó convertir la denuncia en un gesto heroico vacío, sino instalar una pregunta incómoda sobre cómo construir compromiso en quienes ven, escuchan o saben algo antes de que el daño se concrete.
La reflexión también se apoyó en la experiencia de Viviana D’Amico dentro del sistema educativo. Al recordar una situación de los años noventa en la que un alumno llevó un rifle de aire comprimido al recreo, reconoció que la respuesta institucional de entonces fue limitada y se resolvió desde la sanción, aun cuando el problema excedía por completo esa lógica. Su conclusión dejó una lectura de fondo sobre estos hechos: “cuando hay un caso así, la verdad que acá no hay un víctima y un victimario. El que hace eso es víctima también”, una afirmación que no borra la gravedad del daño ni la necesidad de pena, pero sí obliga a revisar qué se mira antes, durante y después.
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El cierre del análisis se corrió todavía más del hecho puntual y se apoyó en una lectura social amplia. Ricardo D’Amico habló de “una sociedad completamente deshumanizante”, con escasa tolerancia frente al que piensa distinto, y sostuvo que la escuela no funciona como una isla separada de ese clima, sino como una caja de resonancia donde impactan discursos, fragmentaciones y frustraciones colectivas. Por eso incorporó una idea de Bourdieu para señalar que cuando una sociedad pierde noción de futuro y los jóvenes no logran proyectarse, los lazos se debilitan y crece la posibilidad de conductas violentas.
Desde esa perspectiva, la salida no apareció planteada como una receta única ni como una consigna de ocasión. En la entrevista quedaron sobre la mesa herramientas concretas como la mediación, la educación emocional, los grupos de alumnos mediadores, el trabajo cooperativo y las prácticas corporales compartidas, además de una revisión más exigente del rol de padres, docentes e instituciones. La discusión, entonces, ya no pasa solo por preguntarse qué ocurrió cuando apareció un arma dentro de una escuela, sino por asumir qué adultos faltaron, qué señales no se leyeron y qué horizonte colectivo se les está ofreciendo hoy a los chicos antes de que todo llegue demasiado lejos.















