
La pobreza infantil cayó desde el pico de 2024, pero el informe advierte que la asistencia no alcanza
Actualidad19/04/2026
REDACCIÓNUn relevamiento de Libertad y Progreso marcó una baja de casi 25 puntos en menores de 14 años entre junio de 2024 y diciembre de 2025, aunque alertó por la persistencia de la pobreza estructural.

Más de cuatro de cada diez chicos seguían siendo pobres a fines de 2025, aun después de una baja importante respecto del peor momento registrado a mediados de 2024. Ese es el punto de partida que deja el informe de la Fundación Libertad y Progreso, que ubicó la pobreza entre los menores de 14 años en 41,3% en diciembre del año pasado, luego de haber tocado un máximo de 66,1% en junio de 2024. La mejora es significativa en términos estadísticos, pero el propio trabajo advierte que el alivio no resuelve por sí solo el problema de fondo.
La caída relevada fue de 24,8 puntos porcentuales, una diferencia que el documento presenta como una señal positiva dentro de un cuadro social todavía muy delicado. El informe fue elaborado con base en datos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC y toma como eje la evolución de la pobreza infantil en la Argentina. La lectura que propone no se queda en el descenso del indicador, sino que intenta mirar qué pasa con las condiciones que sostienen o revierten esa mejora en el tiempo.


Uno de los datos que el trabajo remarca con más fuerza aparece en la primera infancia. Allí señala que la pobreza baja a 19,4% entre los menores de 5 años, un valor considerablemente menor al observado en el grupo más amplio de chicos y adolescentes. Para la fundación, ese dato resulta especialmente relevante porque en esa etapa se juega una parte decisiva del desarrollo futuro.
El informe explica que durante esos primeros años se define mucho más que la satisfacción inmediata de necesidades básicas. Sostiene que una nutrición adecuada, el acceso a cuidados de salud y el desarrollo de habilidades socioemocionales tienen un peso determinante sobre las oportunidades futuras. Por eso, la mejora en esa franja etaria no es leída sólo como una baja de la pobreza presente, sino como una posible ventaja sobre trayectorias educativas y laborales posteriores.
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Desde esa perspectiva, el documento insiste en que la primera infancia no debe ser entendida como un tramo más de la política social. La describe como un momento de “extraordinaria plasticidad cerebral”, en el que cada experiencia influye sobre el desarrollo cognitivo, emocional y social. En esa etapa, según plantea, se empieza a formar el piso sobre el que más adelante puede construirse una trayectoria educativa exitosa o, en sentido inverso, profundizarse la desigualdad.
Aun así, el trabajo no presenta una mirada triunfalista sobre la situación social. Destaca que alrededor de 4,1 millones de niños y adolescentes reciben la Asignación Universal por Hijo, una cifra que para la fundación evidencia que todavía existe una proporción muy alta de hogares que dependen de esa prestación o de la Tarjeta Alimentar para cubrir necesidades básicas. La asistencia aparece, entonces, como un sostén imprescindible, pero también como una muestra de la fragilidad persistente.
En ese punto aparece una de las advertencias centrales del informe. La fundación reconoce que esa ayuda resulta clave para descomprimir la urgencia del presente, pero remarca que “no alcanza por sí sola para quebrar las dinámicas estructurales de la pobreza”. Con esa frase, el trabajo intenta correr la discusión de la sola transferencia de ingresos hacia un debate más amplio sobre educación, salud y formación.
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El documento plantea que las condicionalidades vinculadas con la escolaridad, los controles sanitarios y la formación laboral cumplen un papel central en cualquier estrategia que busque algo más que contener la emergencia. Según su enfoque, esas herramientas permiten acumular capital humano y fortalecer capacidades que más adelante pueden ampliar oportunidades reales. El planteo apunta a romper la reproducción intergeneracional de la pobreza y no sólo a morigerar sus efectos inmediatos.
Por eso, el cierre del informe no pone el acento únicamente en la caída del indicador, sino en el tipo de respuesta que esa baja exige para sostenerse. La fundación subraya que “invertir en capital humano durante los primeros años sigue siendo decisiva para construir autonomía y ampliar las oportunidades futuras”. Y remata con otra definición que ordena todo el enfoque del trabajo: “no se trata solo de atender las necesidades básicas del presente, sino de generar las condiciones para salir de la pobreza estructural y asegurar que cada niño pueda desplegar al máximo su potencial y sus oportunidades de desarrollo”.
La foto final, entonces, mezcla dos planos que conviven sin anularse. Por un lado, una baja fuerte de la pobreza infantil desde el peor momento de 2024; por otro, una estructura social donde millones de chicos todavía dependen de transferencias para comer y crecer. La mejora existe, pero el propio informe marca su límite: sin un trabajo sostenido sobre educación, salud y formación, el descenso del indicador puede quedarse en alivio transitorio y no en una salida duradera.














