

Entre hijos que no se independizan y padres que envejecen más, los +50 cargan rutinas imposibles. Crecen la culpa y el desgaste, y falta contención.


La escena se repite con distintos nombres, pero con el mismo nudo en el pecho: personas de entre 40 y 60 años que sostienen el cuidado cotidiano de sus hijos y, al mismo tiempo, el de sus padres mayores. En ese lugar del “medio” conviven con trámites, medicación, turnos médicos, trabajo y cuentas, mientras intentan que la casa funcione como si nada. El problema no se ve a simple vista, pero pesa todos los días y termina pasando factura.
Patricia Ramírez, de 45 años, movió su vida entera para poder estar cerca de sus padres y acompañarlos con más dedicación. Se mudó de Caballito a Lanús, reorganizó traslados y rutinas, y sumó horas de viaje para sostener el mismo esquema familiar. “Me siento bastante agobiada, sobre todo con mis papás, porque no tengo tanto apoyo y todo recae sobre mí”, describió sobre una cotidianeidad donde la atención se reparte entre una hija adolescente, hijos grandes con gastos y padres con necesidades de salud.
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El tablero se complejiza cuando el cuidado no solo es emocional y práctico, sino también económico. Patricia trabaja full time, y además se ocupa de que no falte nada en la casa de su madre, Dolores, que atravesó un cáncer de mama, y de su padre, Sergio, de 70 años, con una condición cardíaca. En esos casos, el “estar” no alcanza: aparece la administración permanente de medicación, trámites, consultas y urgencias. La carga deja de ser una etapa y se vuelve una forma de vida.
La historia de Jorgelina, de 47 años, corre por otra línea, pero desemboca en el mismo agotamiento. Vive en Berisso, tiene dos hijos de 20 y 17 años, y acompaña a su madre, cerca de los 70, con tumor cerebral, EPOC y problemas psiquiátricos que se intensificaron con la edad. “Estoy con anemia y tengo picos de estrés por esta situación”, contó, después de describir jornadas de trabajo de diez horas y una segunda jornada en casa, donde el día parece no terminar.
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Detrás de estos relatos, los especialistas ubican un cambio demográfico que empuja a muchas familias a un esquema de exigencia extrema. La investigadora del Conicet y directora del programa Envejecimiento y Sociedad de Flacso, María Julieta Oddone, lo explicó con una definición que recorta el fondo del problema: “Esta es la primera vez en la historia del mundo donde las sociedades son viejas”. También señaló el impacto de la caída de la natalidad y la suba de la expectativa de vida, con un dato que resume el desbalance: “En el último censo la tasa de reemplazo fue del 1,5 y necesitamos por lo menos 2,1 o 2,5 para que haya un reemplazo generacional.”
Los números del Indec acompañan esa tendencia y corren el horizonte hacia adelante. El documento La transformación de la población argentina marca que la población de 65 años y más pasó del 10,6% en 2010 al 12% en 2022, y estima que para 2040 llegará al 16,4%. En paralelo, la tasa de fecundidad bajó con fuerza: luego de promedios más altos, en 2022 llegó a 1,4. Con menos hijos y más longevidad, se achican las redes familiares disponibles y se agrandan las responsabilidades para quienes quedan “en el medio”.
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En consultorios y terapias aparece otra parte del costo, la que no figura en planillas. El psiquiatra Alejandro Bègue advirtió que muchos cuidadores viven una culpa que les impide poner límites y ordenar responsabilidades sin destruirse por dentro. “Padecen de una culpa compleja por la cual viven como violencia poner límites y administrar responsabilidades sanamente”, señaló. Y lo sintetizó con una frase que describe el rebote emocional: “No se cuidan y como efecto boomerang terminan deprimidos”.
La experiencia de Susan Borinelli muestra cómo ese desgaste convive con el amor y la decisión de sostener a los mayores en casa. Economista de 59 años, alojó a sus padres con su marido y su hijo, organizó cuidadores que rotaban, y siguió trabajando mientras acompañaba el deterioro de salud de su papá. “Es que a veces se me acababa la paciencia, me cansaba y la sensación era que no podía con todo”, recordó sobre esos años. Hoy su madre, Eloísa, de 90, sigue viviendo con ella, y Susan describe una rutina que todavía exige presencia y calma: “Mamá está bárbara, pero no quiere estar sola, tiene olvidos y siente miedo”.
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En el corazón del fenómeno aparece también la persistencia de hijos jóvenes que no logran independizarse, y eso vuelve más pesado el equilibrio familiar. Según datos de la Fundación Tejido Urbano, 4 de cada 10 argentinos de hasta 35 años no logran mudarse solos, y esa dependencia se traduce en apoyo económico y emocional extendido. Pablo, abogado de 57 años, lo describió desde ese doble frente: “Es indudable que este es un tema que se extiende en nuestra generación.” Y sumó otra definición sobre el clima de época que sienten muchos padres: “Nuestros hijos están viviendo un momento de cambios permanentes que les generan mucha incertidumbre”.
El cuidado, además, se reparte de forma desigual y suele recaer sobre mujeres, incluso cuando trabajan fuera de casa. La psicoanalista María Fernanda Rivas señaló que esa asignación tradicional puede frenar trayectorias laborales y deteriorar calidad de vida. Claudia Viascán Castillo, abogada y especialista en gerontología, lo ubicó también como un problema de aprendizaje y de falta de respaldo público. “No basta con querer cuidar, hay que saber hacerlo”, remarcó, y agregó una frase que corre el foco hacia el Estado: “No hay políticas públicas en este sentido.”
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En ese mapa, Eugenio Semino, defensor de la Tercera Edad de la Ciudad de Buenos Aires, puso el fenómeno en términos sociales y cotidianos, lejos de los titulares. “En la Argentina no existe el concepto de cuidados”, dijo, y explicó que el sistema se organiza alrededor de la enfermedad aguda y no del acompañamiento sostenido. Su diagnóstico incorpora una imagen que, en ciudades grandes, ya se ve con frecuencia: “Ya vemos en los grandes centros urbanos el fenómeno de personas muy mayores cuidadas por personas también mayores”.
Algunas respuestas empiezan a moverse, aunque todavía no alcanzan a cubrir la dimensión del problema. En la Ciudad de Buenos Aires, el área de Desarrollo Humano y Hábitat del Ministerio de Salud diseñó un servicio de asesoría integral para orientar a personas mayores y a quienes cuidan, y existen programas como Escucha Activa, que funciona a través del 147 y del 0800 nacional para contención emocional. También se menciona Red Activa, una red de vecinos para acompañar y detectar riesgos como soledad no deseada, abusos o maltratos, mientras que desde el Gobierno nacional se habló de formación y profesionalización en tareas de cuidado, con datos concretos: “Entre 2024 y 2025 participaron en los cursos de formación del sector de los cuidados alrededor de 2500 personas”.
Fuente: LA NACION.


















