Perros asilvestrados mataron a 30 llamas en Tierra del Fuego y crece el temor

Actualidad14/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

En el “Corazón de la Isla”, una jauría mató todo el plantel de Rancho El Paraíso. El productor Geovanni Rojas advirtió que el problema se repite y también puede llegar a personas.

Perros atacaron a llamas en Tierra del Fuego. Foto Crítica Sur
Perros atacaron a llamas en Tierra del Fuego. Foto Crítica Sur

En Tierra del Fuego, los perros asilvestrados dejaron de ser un problema “de campo” para convertirse en una amenaza cotidiana que redefine la vida rural y empuja a los productores a vivir en guardia. La ausencia de grandes predadores como el puma los ubicó, según describen en la provincia, en la cima de la pirámide y con eso se multiplicaron los ataques, no solo sobre ganado sino también sobre fauna silvestre. En ese escenario, un episodio reciente volvió a exponer el nivel de daño que pueden provocar en pocas horas.

El caso ocurrió en la zona conocida como “Corazón de la Isla”, donde una jauría entró a un potrero y mató 30 llamas, el total del plantel de Rancho El Paraíso, un establecimiento de 300 hectáreas que buscaba sostener un proyecto productivo con perfil turístico. La escena, según reconstruyó el propietario, fue la de un ataque sin margen de recuperación, con animales dispersos por el campo y sin posibilidad de salvar ninguno. Para el emprendimiento, la pérdida fue completa.


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El productor Geovanni Rojas relacionó lo ocurrido con una seguidilla de episodios que ya venía soportando y que también incluyó ovinos. “Hace tiempo venimos sufriendo el tema de los perros, ahora fue masivo, en el invierno me mataron 86 entre ovejas y corderos y también me mataron crías de llamas”, relató. Contó que llevó los animales cerca de la casa buscando protegerlos y que, cuando creyó que el riesgo bajaba, volvió a los potreros, pero el ataque arrasó con todo. “Las que quedaron las traje cerca de la casa, ya grandes las llevé a los potreros, pero arrasaron con todas”, agregó.

El aviso, dijo, le llegó cuando estaba a 120 kilómetros del establecimiento, camino a Río Grande, por el llamado de un vecino que vio una llama herida en un alambrado. Volvió y se encontró con el lote destruido, sin un solo ejemplar vivo y con la sensación de que, si hubiera tenido más animales, el resultado habría sido el mismo. “Al regresar me quería morir, era una masacre, todas tiradas por todos lados, las 30 estaban muertas, la pérdida fue total”, expresó. En su campo, hoy le quedaron 30 vacunos, además de potrancas, caballos y un burro.


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Rojas aseguró que el drama queda muchas veces oculto, no porque no exista, sino porque no siempre se denuncia ni se cuenta en público. “Hay muchas personas que no cuentan lo que ellos sufren. Creo que es conveniente que se sepa”, afirmó, y sostuvo que el silencio termina favoreciendo la inacción. En esa misma línea, advirtió que la falta de respuestas oficiales agrava la sensación de abandono: “Ninguna autoridad me llamó, no hay conciencia del nivel de riesgo que se vive en los campos”.

La preocupación del productor no se limita a lo económico ni a la continuidad del emprendimiento: también pone el foco en el peligro para quienes viven o transitan zonas rurales. En un contexto donde mucha gente sale al campo a caminar o andar en bicicleta, planteó que el comportamiento de las jaurías puede escalar. “En este momento mucha gente sale al campo… Hay que terminar con los perros. Cuando se sientan amenazados van a atacar”, advirtió. Y completó con una frase que resume el temor de fondo: “Van a atacar a alguna persona y va a ser demasiado tarde”.


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La provincia ya venía registrando ataques intensos sobre otros animales y el episodio de Rancho El Paraíso se sumó a un antecedente reciente: la matanza en la Escuela Agrotécnica de Río Grande “Nuestra Señora de la Candelaria”, donde una jauría dejó más de 100 ovejas muertas y decenas de ejemplares heridos de gravedad. En ambos casos, el patrón fue similar: irrupciones repentinas, agresividad sostenida y daños que se cuentan en decenas. Esa repetición alimenta la idea de que no se trata de hechos aislados, sino de una dinámica instalada hace años.

Además del impacto productivo, especialistas advierten que las jaurías afectan la biodiversidad y presionan sobre especies silvestres. En la isla, los perros desplazaron a predadores como el zorro colorado —mencionado como especie en peligro— y también atacan guanacos y cauquenes que anidan en el suelo. Con generaciones nacidas lejos del contacto humano, el comportamiento asilvestrado se vuelve persistente y difícil de reconducir. El problema, en palabras de productores, ya no se discute como una rareza sino como una amenaza constante.


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Un dato que dimensiona ese avance surge de un relevamiento científico citado en la provincia: el biólogo Emiliano Arona registró en su investigación doctoral que el área afectada por perros asilvestrados en la superficie destinada a producción animal pasó de 2,5% en 1990 a 69,3% en 2012-2013. Ese salto no solo describe la expansión territorial del fenómeno, también explica por qué algunos campos modificaron su forma de producir y por qué crece la presión para encontrar un control efectivo. Con números así, el riesgo deja de ser episódico y se vuelve estructural.

En medio del golpe, Rojas dijo que no baja los brazos, aunque reconoce que el escenario es incierto por la posibilidad de nuevos ataques. “Yo voy a seguir luchando para ver si puedo conseguir otras llamas”, sostuvo, mientras refuerza cercos y recorridas para proteger la casa y los animales que le quedan. También dejó expuesta una pregunta que recorre muchos establecimientos fueguinos: “No sé a quién le corresponde controlar todo esto”. La respuesta, por ahora, sigue abierta, y cada nuevo ataque vuelve a correr el límite de lo tolerable.

Fuente: LA NACION.

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