
Gisèle Pelicot contó cómo descubrió el abuso y por qué tardó años en sospechar de su marido: “Confiaba tanto en él que no podía imaginar que me estuviera manipulando”.

En un despacho policial de Francia, una carpeta abierta sobre un escritorio cambió para siempre la vida de Gisèle Pelicot. Ella creyó que iba a declarar por un episodio menor ligado a su esposo, pero el teniente le mostró imágenes que la obligaron a enfrentarse con una verdad imposible de procesar en el momento: alguien en su propia cama la abusaba mientras estaba inconsciente.
Según relató en una entrevista en París, el abuso comenzó en 2011 y se extendió durante años sin que ella lo supiera, porque su marido Dominique Pelicot la drogaba y convocaba a decenas de hombres para violarla mientras permanecía sedada. La dimensión del caso se conoció recién en 2020, cuando él fue detenido por filmar de forma oculta a mujeres en un supermercado cercano a su casa en el sudeste francés y la policía encontró material audiovisual del abuso.


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En ese punto, la historia deja de ser un expediente y se vuelve una pregunta brutal sobre la confianza. Pelicot explicó por qué no imaginó lo que ocurría: “Confiaba tanto en él que no podía imaginar que me estuviera manipulando”, dijo, al describir una vida familiar que, hacia afuera, parecía estable y tranquila, con hijos, nietos y una casa en el pueblo de Mazan que incluso llamaban “la casa de la felicidad”.
Los primeros signos, sin embargo, aparecieron como síntomas médicos: desmayos, apagones de memoria y lapsus cada vez más frecuentes. Ella dejó de manejar, temió un diagnóstico grave y llegó a pensar en Alzheimer, mientras su marido la acompañaba a consultas y la desalentaba a preocuparse. La escena, contada desde su propia voz, muestra un mecanismo de control que se camuflaba detrás de la rutina cotidiana.
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En 2013, en medio de esos episodios, Pelicot le hizo una pregunta que hoy suena como un relámpago de lucidez. “Doumé”, le dije llamándolo por su apodo, “¿No me estarás drogando, no?”, recordó. Él reaccionó con gritos, se victimizó y logró algo que ella misma subrayó con crudeza: terminó pidiéndole disculpas, y la sospecha quedó enterrada.
El quiebre llegó dos meses después del incidente del supermercado, cuando la policía los citó a la comisaría. Ella entró a una oficina creyendo que hablarían de esas filmaciones, pero el interrogatorio tomó otro rumbo, hasta que el teniente le avisó que lo que iba a escuchar no le iba a gustar. Entonces le mostró una foto y le preguntó: “¿Se reconoce en esta foto?”.
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Pelicot dijo que no se reconoció al principio, porque aparecía con un hombre desconocido abusándola. El oficial insistió y le remarcó detalles del cuarto para confirmar la identidad: era su habitación, sus lámparas, su casa. La situación la empujó a un estado de disociación; ella se negó a ver videos y apenas alcanzó a pedir agua cuando recibió la frase que terminó de derrumbarla: “Su esposo quedó detenido… Señora, usted tiene que saber que la han violado más de 200 veces. Hay 53 personas detenidas”.
El camino hasta su casa, ya sin él, también quedó grabado en su relato. El policía le sugirió que no se quedara sola porque no todos estaban arrestados, y ella llamó a una amiga todavía atrapada en la incredulidad. Recién horas después pudo nombrar lo que le pasaba, y esa palabra —“violación”— apareció en su boca como un acto de aceptación forzada.
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La entrevista también expone la violencia de verse a sí misma en un estado de inconsciencia total. Pelicot describió esa imagen con una frase que eligió para explicar el impacto emocional y físico: “Era una muñeca de trapo”. Contó que se repetía “no era yo” como forma de sostenerse, y admitió que no tener recuerdos pudo haber evitado un desenlace peor.
El material hallado por la policía reveló, además, un modo sistemático de operar: filmaciones guardadas, encuentros organizados por internet y un grupo de hombres de edades diversas que entraban a su dormitorio cuando ella estaba sedada. En el juicio, contó, muchos intentaron minimizar responsabilidades con el argumento de que el “consentimiento” venía del marido, pero las pruebas los dejaron sin margen.
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Pelicot relató que miró a los acusados por primera vez en la sala porque nunca había visto sus rostros mientras era abusada. Sostuvo que algunos intentaron intimidarla con la mirada y que los abogados buscaron humillarla con preguntas, hasta que ella empezó a alzar la voz para frenar esa dinámica. En su reconstrucción, el juicio se volvió una disputa entre la negación y la evidencia.
En el centro de todo, su decisión de narrar aparece ligada a un objetivo que repite como una razón de supervivencia. “Yo escribí el libro porque quería que mi historia les sirviera a los demás”, afirmó, y agregó que esa escritura le permitió “reconstruirse entre las ruinas”. No se presenta como símbolo, sino como alguien que intenta seguir en pie después de una vida atravesada por un abuso sostenido y organizado desde adentro de su propia casa.
Fuente: LA NACION.


















